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Etiquetas:   Las plumas y los tinteros   -   Sección:   Opinión

El nacionalismo como ejercicio espiritual

Daniel Tercero García
Daniel Tercero
martes, 30 de agosto de 2005, 23:38 h (CET)
Los que no somos nacionalistas (ni de regiones ni de naciones) solemos cometer errores conceptuales, muy a menudo, que juegan a favor de los nacionalistas. Uno de estos errores es, por ejemplo, el aceptar como verdad absoluta la plurinacionalidad de España, otro, el de aceptar la frase: comunidades autónomas con lengua propia, y uno más, de entre los muchos errores que cometemos, es el de ceder ante las pretensiones nacionalistas y pensar que así sus ansias de separatismo quedarán saciadas como si de un animal que se guía por los instintos se tratase.

Vamos por partes. España es una nación plural (Artículos 1.1 y 6 de la Constitución, por lo menos), este concepto además de irrefutable, está reflejado en la Constitución y evidenciado en cada uno de los estatutos de autonomía de las comunidades autónomas. Pero entre los conceptos de una España plural y una plurinacionalidad de España existen diferencias importantes que caben matizar. Una posible plurinacionalidad significaría que en España existen diversas naciones y que todas conforman una nación mayor, cosa que no es cierta; y ateniéndonos a la Constitución, se dice en el artículo segundo que la “Nación española es patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran (…)”, así pues, podemos decir en lugar de un estado plurinacional un estado pluriregional, y acertaríamos más. Sin embargo, una España plural significa que en la nación española existe una pluralidad de regiones, opiniones políticas, religiones, lenguas… y este es el concepto que además de parecerse más al real, es el que debemos defender los que no somos nacionalistas. A todo esto, preguntaría a los que defienden el concepto de plurinacionalidad para España, que si también defienden la pluriculturalidad en Cataluña o el bilingüismo, por ejemplo, porque lo que no se entiende es que España sea plural y Cataluña no.

El segundo de los erróneos conceptos que nos cuelan cada día los nacionalistas –vascos y catalanes, sobre todo- es el concepto de CC.AA. con lengua propia. Como si Murcia o Andalucía no tuviesen lengua propia, como si Galicia sólo tuviese una lengua propia o como si en Cataluña una lengua –el catalán- fuese propia y la otra –el castellano o español- fuese foránea, extranjera o, en argot futbolístico, extra comunitaria. Las lenguas las hablan las personas y no las regiones. En fin, pues que me diga algún defensor de esta idea qué lengua quiere que sea la mía. Porque yo tengo dos lenguas, la catalana y la castellana. Y esto es lo que no quieren que digamos. Porque lo correcto sería decir que hay CC.AA. con dos lenguas propias, tal y como respalda la legalidad vigente (todavía).

Y el tercer error, de los arriba nombrados, es el de ceder ante las pretensiones de los nacionalistas para que de este modo se atenúen los instintos secesionistas de sus ideas. Craso error y fatal concepción de los nacionalistas por parte de los que aceptan esta premisa. Para empezar, no son animales diferentes a nosotros, eso es lo que piensan ellos y lo que les gustaría –popularmente se llama racismo-. Y como que no son diferentes a nadie, ni mejor ni peor, es fácil pensar la manera que tienen para actuar. Reclaman una independencia dependiente, un aire de autogobierno, sabiendo que las cuotas que pueden llegar a conseguir con la legalidad establecida están ya prácticamente al límite, de este modo, claman al cielo cuando no se les concede alguna de sus pretensiones alegando al pasado franquista o retrógrado de los gobernantes de Madrid. Y, si no se les concede tras un pataleo, empiezan a jugar las bazas políticas, beneficiadas por un sistema electoral imperfecto. Tras un segundo fracaso, toman la calle del medio, ¡para chulos ellos!, y se lanzan al ruedo del enfrentamiento y la ilegalidad, ejemplo claro es el de las oficinas de la Generalidad abiertas, todavía, en Varsovia y Casablanca para representar a Cataluña en el extranjero, así, sin más, sin legalidad y porque a Pujol –y ahora a Maragall- se le antojó. Y cuando se tomen medidas contra la ilegalidad de la Generalidad -¿se tomarán?- resonarán los insultos al Gobierno central y a los estamentos jurídico-administrativos que intervengan: fascistas, franquistas… insultos que tanto nos han dicho a los catalanes que no somos nacionalistas en Cataluña, insultos de ida y vuelta, insultos que autodefinen a quien los usa.

Los nacionalismos europeos contemporáneos nacieron antes de la Segunda Guerra Mundial, el vasco y el catalán no son una excepción. El problema que tenemos, en la actualidad, es que los nacionalismos se basan en ideas anteriores a las dos grandes guerras del siglo XX, y los nacionalismos catalán y vasco se han quedado estancados en sus ideas de principios de siglo y finales del XIX, obsoletas, racistas, discriminatorias y en el que su lema principal es ¡mi tierra para mi y los míos! –y yo decido quién es de los míos, por supuesto-. Una idea clara que define al siglo XIX.

El nacionalismo de principios de siglo XXI, el nacionalismo que se sufre en algunas regiones de España, es un nacionalismo espiritual, de fe, las ideas se tienen que poner en práctica porque así lo dicta la fe nacionalista, porque así lo predican sus obispos. Es, en definitiva, un ejercicio espiritual.

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