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Etiquetas:   La Cosa Pública   -   Sección:   Opinión

Que veraniegos

Ekain Rico
Álvaro Peña
lunes, 15 de agosto de 2005, 08:49 h (CET)
Quién no se acuerda de los típicos cuadernillos veraniegos, que nuestros profesores nos mandaban hacer durante las vacaciones estivales con el único propósito, o al menos eso juraría yo, de seguir arruinando nuestra felicidad infantil incluso fuera de los muros del colegio.

Sin embargo, aunque parezca mentira, y con mucho tiempo de por medio, llegas a comprender que aquellos deberes incluso puede que te vinieran bien para no olvidarte de esas complicadísimas sumas de tres cifras y divisiones con decimales que, con tanto esfuerzo, habías llegado a entender durante el curso.

Y si los deberes de verano, al final, ni fueron tan terribles, ni tan desproporcionados, por qué no mandamos a nuestros políticos más rezagados con uno de esos cuadernillos bajo el brazo para que, con ayuda o sin ella, prepare la reválida de septiembre.

¿Se imaginan? Exámenes extraordinarios para repescar a quienes parece que no han aprendido nada a lo largo del curso parlamentario. Por ejemplo, se me ocurre y propongo, que debiera existir una lección con el siguiente título: Aceptar que se es oposición. Clases teóricas y aplicadas.

Y es que, si en toda clase siempre hay un grupito que altera el ritmo diario, que no hace los deberes y que deja mucho que desear en lo que a conocimientos adquiridos se refiere, ese es el grupo del Partido Popular en nuestro Parlamento, con Rajoy a la cabeza.

Los diputados y diputadas del Partido Popular, han venido demostrando durante todo el año cómo no debe hacerse nunca política. La extrema derecha que un día quiso convertirse en el centro, no ha sabido disimular su desasosiego por la pérdida del poder y, sin remordimiento alguno, ha traído el lodo a un hemiciclo que debiera ser escenario de los más elevados debates.

¿Harán sus deberes en verano?
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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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