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Etiquetas:   El arte de la guerra   -   Sección:   Opinión

Nuestro sistema educativo

Santi Benítez
Santi Benítez
jueves, 7 de julio de 2005, 00:11 h (CET)
Si hiciéramos cábalas sobre qué es garantiza el futuro en una sociedad sana, yo diría, sin temor a equivocarme, que corresponde en gran medida a su sistema educativo. Y las sociedades que no lo entienden así pagan un precio generacional demasiado alto.

En nuestro país hemos recorrido un largo camino desde que la educación fue declarada universal de forma efectiva. Ese camino comprende una serie de reformas educativas, bajo mi punto de vista, dirigidas con buena intención hacia una mejora pedagógica del sistema. Sin embargo, es evidente que el sistema presenta deficiencias garrafales que nuestra sociedad paga con una masa de individuos sin esperanzas de un futuro digno. Y eso no es permisible ni aceptable si deseamos un país de ciudadanos sanos que encaren su vida de forma digna.

Hacer un análisis de las deficiencias del sistema no es sencillo. Existen dos grandes pilares sobre los que gira para que su aplicación y funcionamiento sea efectivo: el profesorado y la familia. Estos dos bloques están formados por colectivos que, a su vez, presentan deficiencias de difícil solución.

En el caso de las familias nos encontramos, en la mayoría de los casos, con una pareja de progenitores que trabajan casi todo el día y que les es muy difícil encarar la educación de sus hijos en las pocas horas que pasan con ellos. Si a ello le sumamos la desestructuración familiar, la falta de oportunidades, incluso la falta de espacios vitales reales ante la imposibilidad de acceso a una vivienda digna, tenemos una serie de frustraciones familiares que termina plasmándose en los alumnos.

En el caso del profesorado me voy a dirigir al profesorado de educación primaria ya que me gustaría mucho ampliar este articulo de forma más extendida sobre la educación secundaria.

Yo tengo treinta y seis años. Cuando me presenté a la Selectividad aquellos que no consiguieron la puntuación suficiente para entrar en sus respectivas carreras optaron por estudiar magisterio, para hacerse maestros. Con esto no estoy diciendo que no haya maestros vocacionales ahora mismo dando clases en los colegios de nuestro país, digo que hay gente dando clase que no tenían ni tienen vocación de maestros. Esto plantea un verdadero problema.

Y quiero apoyar lo que digo con un ejemplo real. Ahora mismo tengo una vecina que está amargada porque su hijo, a raíz de una enfermedad, perdió un año completo de clases. Cuando regreso a los estudios, y hablo de un chico de once años en la actualidad, fue puesto en una clase especial en la que el maestro tiene a muy pocos alumnos, no más de diez, a fin de que pueda prestar mayor atención a las deficiencias de los alumnos. Pues resulta que el chico no sabe prácticamente leer y escribir, en el caso de sumar la cosa ya es terrorífica, no es capaz de sumar las monedas que tiene en el bolsillo.

Si tuviera que hacer una elucubración, que no es el caso ya que el muchacho me ha hecho una descripción somera de lo que hacían en clase, sobre las capacidades de esta maestra, yo diría que deberían apartarla de la docencia, por el bien de sus alumnos. ¿Existen controles sobre las capacidades de los maestros para dar clases a nuestros hijos? Si es así no entiendo como un niño de once años es incapaz de leer o escribir.

Decía mi santo abuelo que un profesor no estaba para enseñar nada, un profesor estaba para conseguir que los alumnos pensaran por si mismos. ¿Qué opinaría él de que un chico de once años no sepa leer y escribir? Imagino que pensaría que estamos viviendo en una república bananera en la que no interesa que los futuros ciudadanos sean capaces no ya de pensar por si mismos, simplemente de pensar.

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