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Crónicas del futuro (y III)

La línea de tiempo que podemos proyectar al futuro, basándonos en los acontecimientos que hemos vivido y estamos viviendo, parece desembocar en un fin tan inalterable que es posible que estuviera pre-determinado
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 27 de junio de 2012, 08:34 h (CET)
En ocasiones me pregunto en qué medida somos libres. Nacemos con una carga genética que nos determina una complexión física, un color de ojos o de cabello e incluso un carácter muy definido. Conozco personas que no han convivido con su padre o su madre natural, y, sin embargo, tienen muchos de sus tiques, manifiestan el mismo carácter de ese progenitor que no han conocido y hasta adquieren ciertas manías o tendencias propias de esos ancestros que estas personas no conocieron. ¿Por qué una persona nace con un defecto que va condicionar su vida y otra no, o por qué una persona nace para vencer y otra para ser vencido?... ¿Existe el hado, o todo es una simple cuestión genética?... ¿Qué clase de justicia hay en todo ello, pues que de tal forma están condicionadas las vidas desde su alumbramiento?... Desde mi condición de escritor he reflexionado mucho sobre ello, a menudo conformando partes esenciales de las tramas de mis novelas, y como conclusión, sintetizando, puedo afirmar que esta reflexión ha contribuido enormemente a convertirme en un determinista, un creyente de que nacemos con un propósito y con un destino, o, como apunto en alguna de mis novelas, a creer que los dioses determinan el qué y el cuándo, y que los hombres sólo podemos elegir el cómo… y no siempre.

Nacemos, según lo veo, con al menos un don y una tara, y tenemos que aprender a vivir con ello o esforzarnos en aumentar lo uno y combatir o menguar lo otro. Éste es, según lo entiendo, el sentido de la vida. Pero lo creo tanto a nivel individual como a nivel colectivo, de grupo, de país o incluso de especie. Dios, de alguna manera, no juega a los dados. Nada sucede porque sí, ni siquiera una hoja de hierba lo hace donde no debe, sino que todo obedece a ecuaciones, a rígidas formulaciones, algunas de las cuales ya conocemos como por ejemplo por la serie de Fibonacci. Nada es casual, sino que todo obedece un plan superior que, tal vez, todavía no visualice nuestra inteligencia pero que está ahí, tal y como hemos aprendido a verlo en casi todo cuanto nos rodea. La forma y la esencia de las cosas, de todas las cosas, obedecen a fórmulas y a números clave muy específicos, a constantes que con toda razón pueden ser consideradas universales. La pregunta del millón, claro, es si esta rigidez se detiene al llegar a la razón o si es que incluso en la razón y en la consciencia aún no hemos encontrado la fórmula matemática que los determina y las leyes que lo rigen.

Este preámbulo viene a cuento porque lo considero capital para sintetizar en una línea de tiempo cuanto he expuesto en los dos artículos precedentes de esta serie. ¿Somos libres, o estamos predeterminados a que suceda lo que tiene que suceder?... Esta no es una cuestión baladí, ni mucho menos. En “El Autor prodigioso” lo planteo de esta forma: “¿Qué hace que una criatura derive en virtuosa o perversa?... Hay quién sostiene que en ello tiene mucho que ver la genética, esa dictadora que nos fuerza a nacer ya con un pliego de órdenes enroscadas en cada célula; pero, si es así, ¿en qué peca quien obedece a lo está escrito en su ser desde que fuera concebido?..., ¿qué culpa tiene el personaje del papel que el autor le asignó, si lo interpreta bien?... Otros, sin embargo, aducen que es buena o mala por elección propia, por uso de la republicana libertad; pero, si eligió, ¿no será porque tuvo entre qué hacerlo, de lo que se desprende que la libertad misma exige la existencia previa del Bien y del Mal?..., y si estos extremos son imprescindibles, ¿en qué peca quien alimenta algo tan necesario para todos?...”

El determinismo puede ser una tentación, un recurso de la inteligencia para aceptar la fatalidad, pero también pudiera ocurrir que sea una ley de la que no podemos escapar. Hace muchos años, muchos, cuando siendo muy joven acometí la tarea de escribir mi primera novela… seria, digamos, me afané en encontrar una persona en la que inspirarme como modelo para dar vida al personaje de la Abuela, la cual forma parte de varias de mis novelas. Tenía que ser éste un personaje muy especial, con su pizquitina de sabia, su miguita de brujilla y su chispa de pícara. La encontré –corría el año de 1974- en una casa de Madrid practicando la adivinación por las cartas, cosa que entonces, en plena dictadura, ni estaba bien visto ni era legal tan siquiera. Aprendió esta agudeza tiempo atrás, por las mañas que genera vivir en una ciudad sitiada durante una guerra, y de aquella experiencia le brotó esta habilidad de pitonisa (así se nombra en la Biblia a quienes tienen este don, por estar poseídos por un espíritu Pitón), creo yo que un poco a trasmano. Sin embargo, me satisfizo como modelo para mi personaje, y, por fascinación, la permití que me sacara algunas pesetillas por contarme lo que sería mi porvenir. No voy a entrar en detalles, pero salí de allí con una satisfacción enorme por haber hallado lo que buscaba y con una retahíla de profecías que, curiosamente, andando el tiempo se fueron cumpliendo taz a taz, al menos hasta el momento, maravillándome y forzándome a cavilar cómo podía una mortal asomarse al porvenir de un desconocido a través de un mazo de naipes viejos. Bien podía inferir ciertas cosas de mi condición aparente, proyectando sobre ello un paisaje inventado al modo y manera que yo mismo construyo mis novelas; pero no era posible que supiera el número de hijos que tendría, y menos aún de cuántas mujeres –entonces el divorcio era algo impensable-, y todavía mucho menos en qué condiciones nacerían, tal y como efectivamente sucedió. En fin, que en lo grueso y en lo menudo, dio en el clavo. Hasta el momento, ya digo, porque hay un par de cosillas –y no menores- que aún no se cumplieron pero que, por la trayectoria del resto del vaticinio, deben estar ya en disparadero.

Esta experiencia me marcó lo suficiente como para proyectar el famoso principio “Como es arriba, es abajo”, o dicho en palabras cristianas “Así en la Tierra como en el Cielo”, si este futuro pre-visto no sería posible también vislumbrarlo no para una persona, sino para el género. Una idea que me fascinó, subyugándome durante mucho tiempo. He viajado mucho por el mundo desde entonces, y tuve la ocasión de enamorarme de América o, más concretamente, de Latinoamérica. No sólo dos de mis esposas son de aquellas tierras, sino que tuve la oportunidad de conocer y adentrarme en algunas de aquellas culturas ancestrales y familiarizarme con algunos de sus ritos. Los olmecas, los mayas y los aztecas conocían la rueda, pero no la usaban. La consideraban sagrada porque creían que ella representaba el tiempo. Mediante algunos ritos, como el del peyote, los sacerdotes y chamanes podían ascender por el eje de la eternidad y desde allí contemplar la rueda del tiempo, el pasado, presente y futuro, como un paisaje ya escrito o como los distintos actos de la Divina Comedia. Esto, unido a lo anterior, terminó por instalarme en el determinismo, y todavía se afirmó más este convencimiento cuando por necesidades literarias me ilustré tanto como me fue posible acerca de la fascinante cultura sumeria, de la cual brotaron algunas de mis novelas: sólo somos libres en el cómo, no en el qué ni en el cuándo. En esa misma cultura sumeria, son los dioses los propietarios de las Tablillas del Destino. “Los humanos vienen y van, ésa es la manera en que el destino lo decretó en las Tablillas del Destino”, dice tabilla 10 de la Epopeya de Gilgamesh.

Actualmente vivimos una crisis que sostengo que no es sino ardid, una trampa para que una elite no sólo se apropie de los fondos o recursos de las naciones, sino ideada para establecer uno de los soportes básicos de un venidero (inmediato) imperio mundial bajo un solo gobierno y una sola religión. No se puede imponer algo así sin motivos muy sólidos, y no es suficiente con que los líderes sociales reclamen, como en el caso de España, la desaparición de sus propios países engullidos por macronaciones o que lo pida el mismo Vaticano, tal y como ha sucedido en esta última semana, clamando por un Banco y un Gobierno Mundial. Necesariamente, para que algo así se imponga sin la renuencia y hostilidad de los pueblos, debe haber una catástrofe de dimensión planetaria que justifique el endiosamiento de un Príncipe de la Paz que reúna en torno a sí a todas las naciones. La primera parte de ese plan, el primer soporte de este andamiaje, prácticamente está cumplida y ya casi todas las naciones de Occidente, que es casi como decir del mundo, están en quiebra y en manos de entes que no tienen rostro ni cara: financieros… o “mercados”. Ningún país, hoy, por lo tanto, es dueño de su propio destino. Ahora hace falta, en consecuencia, el acto que encumbre al nuevo regente del nuevo orden, y para ello nada mejor que un vencedor que, además, pacifique el horror que se verificará a fin de conquistar los corazones de los ciudadanos. Un propósito que para culminarlo es imprescindible antes una guerra en la que venza a nivel mundial, de modo que él pueda pacificarla, invistiéndose así en ese Príncipe de la Paz que todos amarían y pudiendo seducir a las naciones no sólo para que le entreguen todo su poder y sus destinos, sino también para que pueda unificar las religiones.

Quien ha leído “Sangre Azul (El Club)” está al tanto de las indicaciones que proporciono para identificar a los miembros de El Club, que son los colores de sus banderas: blanco, rojo y azul. Unos colores que definen los emblemas de las más importantes potencias nucleares del momento: Rusia y EEUU, además de Francia y Gran Bretaña. Claro, algunos podrían aducir que China no pertenece en tal caso a El Club, y se equivocarían, porque también doy como signo indentificativo de pertenencia a El Club la estrella flamígera o de cinco puntas, y China tiene cinco estrellas de cinco puntas en su bandera. Una guerra nuclear, en consecuencia, no sólo no es descartable, sino que diría que es el escenario imprescindible para el advenimiento del Pacificador. Y este segundo soporte básico, en la actualidad está a punto de establecerse. No son pocas, en este sentido, las profecías remotas y no tanto que advierten que Siria (e irán) son las llaves de esa contienda.

Por otra parte, hay algo que las elites saben y que en la Red se rumorea, acaso porque ha habido algunas filtraciones: la presencia de Nibiru. De este cuerpo cósmico que cíclicamente atraviesa las proximidades de la órbita terrestre ellos lo saben casi todo a estas alturas, como cuándo cortará la eclíptica y qué consecuencias comportará, no siendo en absoluto improbable que parte de los escombros y satélites que arrastra caigan a la Tierra, produciendo, además de un cambio de polos temporal (el amanecer por el Occidente, descrito en las profecías), el probable impacto de algunos de esos objetos contra nuestra Tierra, probablemente dando carta de naturaleza al envenenamiento de las aguas (polvo tóxico de la cola de Nibiru) e incluso a la caída de Ajenjo, que en palabras de Parravicini (y aún de Nostradamus) lo haría sobre el extremo sur de Europa (España, más concretamente), hiriendo a la Tierra severamente. Una causa suficiente no sólo para detener la guerra de exterminio que estaría en curso (eliminación de enemigos), sino también para provocar una reflexión colectiva que propiciara el advenimiento real del Nuevo Orden y la imposición del Gobierno Mundial encabezado por el Príncipe de la Paz. Cuadrar el círculo, en fin.

Por los síntomas que estamos viviendo, esta línea de tiempo que he establecido no sólo es coherente como una proyectiva razonable, sino que creo que se están dando todos los elementos para que se verifique de un modo más o menos inmediato. Lo curioso del caso es que estos hechos, a pesar del agnosticismo de descreimiento social actual sobre las religiones y sus profecías o “revelaciones” (Apocalipsis), son no sólo coincidentes, sino que parecen orientarse y absorber esta línea de tiempo sugerida como pre-vista. ¿Es que acaso, Juan, pudo mediante revelación directa divina, como sugieren las Escrituras, o mediante un estado alterado de conciencia, dicho en palabras actuales, ascender por el eje de la eternidad para visualizar el desenlace de la Divina Comedia?... Pues, a la vista de cuanto estamos viviendo, todo hace pensar que sí. Y esto tiene implicaciones no sólo respecto del horror que estamos por vivir, sino también del después y, lo que es más importante, de la vigencia de algo tan vilipendiado, incluso por sus propios sacerdotes, como las religiones.

No tendría sentido, a la vista de lo expuesto, proyectar un más allá de esa línea de tiempo, porque, de dar crédito a esta corroboración, ya ha sido revelada. La firme coherencia y la exacta coincidencia entre esta revelación y cuanto sucede, parece una evidencia incontestable. Así, por más que los políticos, gobiernos o expertos digan esto o aquello sobre la solución de la crisis, bueno sería que cada cual tome sus propias medidas, porque, lejos de amainar la crisis, estamos en los primeros pasos de una vorágine que nos va a arrastrar a paisajes de auténtica pesadilla. Así lo corrobora día a día el estado de las finanzas mundiales, en una crisis que no sólo nadie ha explicado convincentemente y sin culpables, sino porque se tomen las medidas que se tomen, se complica más de día en día. Así, igualmente, tendrían sentido todas esas superinstalaciones secretas que menudean por todo el mundo, a fin de poner a salvo a quienes después de estos sucesos regirían los destinos de la humanidad en un Gobierno Mundial. Y así, también, tendría sentido que aprendiéramos a no ver cuanto ha sucedido en el mundo y actualmente está sucediendo en Siria (e Irán) como cuestiones anecdóticas o propias de la deriva de la casualidad, sino como parte de un plan que tiene un horizonte particularmente macabro, en el que están en el alero no ya el futuro de aquellos pueblos o regiones, sino el de todos, en todos los lugares de la Tierra. Los ángeles del exterminio, con sus trompetas y todo, están por ser liberados.

El hedonismo social que nos caracteriza no es casual, sino el resultado de una siembra perfectamente planificada. Un plan magistral basado en la idiotización generalizada y el bienestar de la población, lo cual propició una aparente certidumbre de progreso irreversible que facultó el que los frikis (en su sentido más peyorativo) ocuparan todos los puestos de dominancia de la sociedad, convirtiéndose en modelos de corrupción moral e ideológica. Gracias a esto, a esta aparente abundancia sobrevenida desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, en que se liberaron los demonios en Hiroshima y Nagashaki (carta XV), se procedió sin oposición al derribo sistemático de las fes, los credos y las ideologías, además de la cultura, el Arte y de cuanto sublime hubiera en el acervo humano, cosificando a las sociedades y a los individuos, e imponiéndoles las cadenas que hoy nos inmovilizan como si fuéramos simples esclavos de las circunstancias.

Reducción de oposición. Visto con cierta perspectiva, incluso esta crisis está sirviendo para disminuir o imposibilitar un escenario sanitario garantista que imposibilite el desarrolo de enfermedades sociales, epidemias y pandemias, al impedirse, con base a criterios de austeridad que impone la inexistente crisis actual, que grandes capas de la sociedad puedan acceder a la sanidad, lo que propicia que en cualquier momento puedan desatarse pestes sociales que esquilmen el número de individuos o que elimine a aquellos más costosos, los pobres y los ancianos.

¿Qué posibilidades estadísticas existen de la casualidad sea tan coincidente con la profecía?... ¿O es que acaso la profecía no es algo así como la genética de la especie y nuestra suerte o fatalidad está pre-definida como los genes de cada quién nos pre-definen el color de los ojos, del cabello o las notas del carácter?... Aún en el caso de los creyentes, ¿acaso Dios no pudo anticipar a quien creyó conveniente algunos datos de su Plan?... No sólo no es algo absurdo, sino que Él mismo dijo que incluso los malos servían al Plan Divino, y queda claro que tanto la economía, como la guerra, como incluso el mismo Vaticano con sus propuestas y todos esos frikis que parecen obrar a lo loco o lo estúpido, convergen en palabras ya advertidas hace ya dos mil años. Cuestión de no tomárselo a broma, en cualquier caso, y tal vez de reconsiderar nuestras propias creencias y actitudes.

De alguna manera estamos enfrentando un panorama global desalentador que no pocos presienten inconscientemente, cual si sus sentidos les alertaran de que hay algo capital que está muy mal y que vamos a mucho peor. Y no se equivocan, según lo entiendo. Tal vez ahí, en ese catastrofismo latente, esté la causa por la que cada vez mayores grupos se asocian en la búsqueda de una supervivencia extrema ante lo que se viene, aunque en mi opinión no es sino una manifestación de desesperación, porque de estar en la línea correcta lo expuesto, todo intento de escapar al resultado pre-visto es inútil. No sucederá finalmente sino lo que tiene que suceder, además que, de alguna manera, es como si ya hubiera sucedido. Por otra parte, al menos en lo particular, no creo que me gustara sobrevivir a los míos, a mis gentes, ni siquiera a mi especie. La vida sí que es un contrato temporal con fecha de caducidad irrevocable. Que lo que tenga que pasar, pues, pase. Antes, sería bueno reconsiderar nuestros credos y nuestra vacuidad. Mientras sucede, acaso lo mejor sería presenciar el espectáculo por ver si se aprende algo, o quién sabe si plantar un árbol. Después, lo que tenga que ser que sea. Esperemos haber acertado en el cómo, ya que en el qué y en el cuándo no tenemos ninguna posibilidad de intervención.

Puedes conocer toda la obra de Ángel Ruiz Cediel: Un autor que no escribe para todos (Sólo para los muy entendidos)
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