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Etiquetas:   La Cosa Pública   -   Sección:   Opinión

Los de la pancarta

Ekain Rico
Álvaro Peña
jueves, 16 de junio de 2005, 01:16 h (CET)
Parece que el Partido Popular le ha cogido el gusto a eso de hacer política desde la pancarta. No es que yo se lo eche en cara, ni mucho menos, pero algo ha debido cambiar en las mentes pensantes del PP, cuando hace bien poco calificaban a quienes nos manifestábamos en su contra como «perros que van ladrando su rencor por las esquinas».

Bueno, siendo sinceros, sí que lo desvaloro. No porque se trate del Partido Popular, ni tampoco en base a las oscuras motivaciones que les llevan a parapetarse detrás de cualquier pancarta que destile aires de rancio, sino porque, en puridad, la calle es de los ciudadanos y no de los políticos. Me explico. Acebes, Zaplana, Rajoy y todos los representantes del pueblo, sean del partido que sean, ya tienen un escenario predeterminado para escenificar sus desencuentros. El Parlamento, con sus tan movidas sesiones, es el lugar en el que nuestros representantes deben actuar. Sin embargo, los ciudadanos, en nuestro derecho a la manifestación, vemos reconocida la posibilidad de hacernos oír cuando creemos que una causa de justicia está siendo desatendida.

Que los políticos utilicen también las manifestaciones, además de desvirtuar la esencia del propio derecho, es hacer trampas al solitario. Pero como parece que, ahora, los populares no tienen ningún reparo en utilizar las prácticas que ellos mismos creían detestables, creo que es necesario analizar el contenido de las convocatorias a las que, gustosamente, han atendido enviando miles de militantes.

En primer lugar, la manifestación de las víctimas del terrorismo. Un ejemplo claro de todo lo que no debe ser un partido en la oposición: desleal, incoherente y dispuesto a poner los muertos encima de la mesa, no para defender a las víctimas cosa que ya hace el propio gobierno, sino para hacer política con aquello que debería estar preservado de cualquier intento de manipulación.

La segunda manifestación, la de Salamanca, sirvió para darnos cuenta de la nostalgia que aún destila la derecha española. En esta ocasión, no sólo mintieron acerca de las intenciones del actual ejecutivo, sino que se manifestaron a favor de que aquellos documentos que vilmente incautó el régimen fascista de Franco, sigan en manos ajenas, consagrando con ello aquel monumento a la revocación de las libertades que es el archivo de Salamanca.

Por si quedaban dudas, la manifestación en contra del matrimonio homosexual a la que ya han anunciado que acudirán encantados, demuestra, una vez más, el compromiso del Partido Popular con las libertades públicas.

En definitiva, el que quiera oír que oiga y el que quiera ver que vea.

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