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Etiquetas:   Comercios   -   Sección:   Opinión

Cuento de la licencia exprés

ZEN
domingo, 27 de mayo de 2012, 07:27 h (CET)
Erase que se era un país en el que las cosas no iban demasiado bien. Para ser exactos, las cosas iban rematadamente mal.  Los súbditos de este desgraciado país estaba atemorizados porque cada Viernes, el consejo de sabios barbudos que dirigía sus designios subía los impuestos, ordenaba que los niños se hacinaran en las escuelas o recortaba la cantidad de físicos que mantenía sana a la plebe para que fuera más productiva.

Las leyes que aprobaban estos ancianos barbudos estaban hechizadas por los sortilegios y embrujos de una malvada bruja que, aunque tenía un nombre celestial “Ángela”, por su apellido de estirpe se sabía fácilmente a quien obedecía. “Merkel” que en el arcano idioma de los pueblos barbaros del norte quería decir: “la que obedece a los mercados”.

Aquel viernes, sin embargo, la princesa encargada de dar las noticias les dijo a los súbditos que el consejo de ancianos había decidido, por fin, hacer las cosas fáciles. Aprobaba la “Autolicencia exprés”. Un mecanismo que eliminaría el sistema de permisos municipales para abrir un negocio y que ahorraría "mucho tiempo y dinero" a los súbditos que desearan ganarse el pan de sus hijos por su cuenta, sin trabajar para otros.

Pero esta medida sólo afectaría a los pequeños negocios de menos de 300 m2 de superficie. Los restantes negocios, los grandes, aquellos que podrían dar de comer a muchas familias, estos seguirían estando en manos de oscuros funcionarios que alargarían las autorizaciones durante años y años. Haciendo uso de su mini-poder para tramitar los permisos. O de gente sin escrúpulos que pudieran hacer valer su posición de decisión para exigir, a súbditos y extranjeros con dineros y ganas de invertir en el país, comisiones y peajes indebidos.

Moraleja: El maquillaje es algo muy bonito y resultón.
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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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