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Etiquetas:   Arenas movedizas   Herman Tertsch  

Operación Herman Tertsch

El linchamiento del que ha sido objeto el periodista madrileño demuestra la miseria moral, al que ha llegado una parte de esa izquierda que a golpe de pito y con un odio desmesurado ha invadido el perfil de un periodista cuyo único delito ha sido expresarse libremente
Javier Montilla
lunes, 30 de enero de 2012, 07:54 h (CET)
Entre los personajes más inteligentes y más siniestros de los que integraban el círculo más íntimo de Adolf Hitler se encontraba un tipo cojo, provisto de una notable oratoria, que se llamaba Paul Joseph Goebbels. Entre sus principales hazañas dentro del régimen totalitario del III Reich destacó de manera notable lo que se suele denominar- y no en un sentido piadoso-  la propaganda moderna. De hecho, para el líder de la maquinaria de ingeniería social hitleriana, toda propaganda debía ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que iba dirigida. Así cuanto más grande fuese la masa a convencer, más pequeño iba a ser el esfuerzo mental a realizar. No en vano, Goebbels creía que la capacidad receptiva de las masas era limitada, su comprensión escasa y poseían, además, una gran facilidad para olvidar.

Resulta imposible no rememorar este párrafo del Mein Kampf y no encontrar cierto paralelismo -y un muy profundo homenaje póstumo a Goebbels- con lo que acaba de perpetrar cierto humorista venido a menos en el otrora canal afín al zapaterismo. Y es que de escandaloso y vergonzante se puede tildar el que este vocero - y su escriba titiritero- haya apuntado con el dedo a un periodista independiente por ejercer su libertad de expresión. Parece ser que criticar a Garzón para esta izquierda chekista es una infamia. Así que el hecho de que Herman Tertsch haya criticado a Amnistía Internacional por su parsimonia en la condena a la muerte del disidente cubano Wilman Villar mientras defendía apasionadamente al juez estrella Baltasar Garzón, era inaceptable y delito más que suficiente para ser decapitado por la ciberturba. Luego, ante semejante delito cuanto más burda fuese la burla que se hiciera contra Tertsch mejor para la causa. Consecuentemente, debe ser el culmen de la diversión que un medio de comunicación incite a sus espectadores a participar en la Operación Herman Tertsch. O séase, inundar al periodista su cuenta de Twitter de seguidores con la intención de vilipendiarle y de mofarse de él para posteriormente darse todos de baja de golpe.

Esa izquierda sociológica que ha silenciado al máximo la represión de los disidentes cubanos –la izquierda herbívora como la define Carlos Alberto Montaner- o llama delincuentes a los que se oponen al régimen –dícese de la izquierda carnívora- es la mima que da lecciones de ética cuando se habla de investigar los crímenes del franquismo

De este modo, nuestra izquierda regia, la que suele practicar un tuertismo ideológico cuando de víctimas de la Guerra Civil se refiere, se lanza a la calle para pedir justicia por las barbaridades y los horrores que cometió el bando nacional, pero son incapaces de clamar igual justicia para las víctimas de Paracuellos. Es ese mismo tuertismo el que les lleva a mostrarse como los adalides de las libertades, a la par que se callan ante el horror del castrismo o se revelan como censores del lenguaje si el lenguaje no se adapta a sus principios.

Pero el linchamiento del que ha sido objeto el periodista madrileño demuestra la miseria moral, al que ha llegado una parte de esa izquierda que a golpe de pito y con un odio desmesurado ha invadido el perfil de un periodista cuyo único delito ha sido expresarse libremente. Vaya por delante que discrepo abiertamente en ciertos aspectos con Herman Tertsch, cuyas posiciones, a veces antagónicas, son solo el reflejo de una pluralidad más que necesaria. Pero una cosa es discrepar abiertamente y combatir ideológicamente y otra bien diferente llamar a un linchamiento público por no comulgar con las propias ideas. Con todo, creo que la culpa no la tiene en exclusiva el humorista y sus adláteres.

La culpa, en última instancia, la tiene una parte importante de la sociedad que se lleva las manos a la cabeza ante la bazofia de un programa que se vanagloria de llevar a la madre de uno de los implicados en la muerte de la niña Marta del Castillo y calla o se ríe ante el linchamiento sin paliativos a una persona por mostrar su opinión libremente. Nunca un tuertismo sociológico me había producido tanto bochorno.
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