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Vaya con el Partido Republicano popular

Los integrantes del movimiento de protesta fiscal tea party insistían en estar convirtiendo al Partido Republicano en un bastión popular contra la institución
E. J. Dionne
lunes, 23 de enero de 2012, 07:52 h (CET)
AIKEN, Carolina del Sur -- . Los social conservadores llevan tiempo aduciendo que valores y moral importan más que el dinero. Pero al final, el ala corporativa y económicamente conservadora del Partido Republicano parece ganar siempre.

Por eso el candidato conservador Mitt Romney tenía tanta confianza en la victoria en las primarias de Carolina del Sur el sábado como para abandonar brevemente el estado el martes para asistir a un acto de recaudación de fondos en Nueva York. ¿Y por qué no? El poder del dinero se ha visto siempre amplificado en esta campaña por los supercomités de acción política liberados por el fallo del Supremo en el caso Citizens United y por la escasa regulación.

No se puede ver el informativo matinal de este estado sin confrontar un intenso bombardeo de anuncios, pagados por los candidatos algunos, financiados otros por los supuestamente independientes comités de acción política PAC. Una clase es idéntica a la otra.

Y la naturaleza de los anuncios muestra la razón de que será un importante revés si Romney pierde aquí. Aunque los rivales de Romney están disparando parte de su munición en su dirección, están gastando una fortuna arrancándose la piel mutuamente. Los partidarios de Rick Perry atacan a Newt Gingrich y a Rick Santorum a la vez. Ron Paul ataca a Gingrich y también a Santorum. Los partidarios de Romney se suman con anuncios contra Gingrich.

Gingrich se desmarca de Santorum y de Perry con elogios vanos en sus discursos, igual que hizo aquí la noche del martes sosteniendo que "el único voto eficaz para detener a Mitt Romney es el depositado a Newt Gingrich". Y desde luego, a juzgar por los sondeos y los mentideros, parece que Gingrich es la única opción cuyo impulso le concede al menos una oportunidad remota de alcanzar a Romney. Pero Santorum y Perry no se rinden, razón de que Romney pudiera permitirse su excursión a Manhattan.

"La gente ha considerado la victoria de Romney como una conclusión sabida y conocida", dice Joel Sawyer, un consultor electoral Republicano que respaldaba a Jon Huntsman y que ahora es neutral. "Lo considero una estrategia fundamentalmente errónea. Una cifra muy significativa de Republicanos buscan una alternativa, pero lo que han hecho los rivales de Romney es debilitarse mutuamente".

Bob McAlister, que formó parte de la administración como antiguo jefe de gabinete del gobernador Republicano Carroll Campbell, decía que una victoria de Romney dará lugar a un cisma conservador, "porque Romney no es muy fuerte ni apreciado entre los habitantes de Carolina del Sur".

La confusión era evidente en el concurrido mitin de Gingrich. Entrevistados haciendo cola para estrechar la mano al candidato, un votante tras otro decía desconfiar de Romney -- Scott Gilmer, un ingeniero, consideraba a Romney "parecidísimo a Obama" -- pero muchos expresaban indecisión entre Gingrich y Santorum.

Lo llamativo es que Romney parece estar a un pelo de la victoria en el mismo momento en que se retrata como el elitista económico anti-populista que se hace el sueco. No sólo insinuaba el martes que tributa un tipo fiscal del 15% (porque la mayor parte de sus ingresos proceden de inversiones); también restaba importancia al dinero que gana en concepto de conferencias por "no ser tanto". Resulta que durante el ejercicio fiscal que acaba en febrero de 2011, los discursos le granjearon más de 370.000 dólares. Para la mayoría de la gente, eso no es calderilla.

Piense en el ascenso estelar de Romney a la luz del acalorado análisis político de los resultados de las legislativas de 2010 que vieron a un Partido Republicano transformado por las legiones de activistas fiscales del tea party que, solapadas a los grupos de conservadores sociales y religiosos, alejaron al partido de los integrantes convencionales de la institución. Si me hubieran dado un dólar cada vez que el nuevo Partido Republicano era descrito en aquellos días como "formación popular", sospecho que habría ganado más dinero que Romney con sus conferencias.

Desde luego parte de los fracasos del movimiento se pueden atribuir a un grupo nocivo de competidores y al cisma de la derecha, a la capacidad sobre todo del candidato Ron Paul de distribuir un porcentaje significativo de los votos del tea party. Eso hizo imposible la consolidación de sus fuerzas. (Romney podría deber a Paul un futuro cargo en la Reserva Federal).

Pero hay otra posibilidad: que el Partido Republicano no fuera y nunca haya sido una formación popular, que el término hubiera sido aplicado siempre de forma errónea, y que haya suficientes Republicanos cómodos con la idea de elegir candidato a un especialista en adquisiciones hostiles de empresas formado en Harvard.

"Romney pertenece a la institución tanto como cualquier otro", decía McAlister. Para muchos conservadores, añadía, una campaña en otoño entre el Presidente Obama y Romney puede traducirse así en una elección entre "a cuál de los dos políticos de siempre se odia más". No es a donde los promotores del tea party dijeron dirigirse.
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