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Opinión
Etiquetas:   La Cosa Pública  

Medios de desinformación

Ekain Rico
Álvaro Peña
domingo, 1 de mayo de 2005, 23:10 h (CET)
Puede formularse de muchas maneras, decirse más alto e incluso gritando pero, al final, todo queda reducido a aquella verdad universal ya enunciada por Quevedo: Poderoso caballero es don Dinero.

En efecto, a lo largo y ancho de todo el mundo pero, para concretar centrémonos en la geografía patria, abundan quienes haciendo realidad la letrilla burlesca de aquel autor, podrían entonar su primera estrofa sin miedo a caer en error: Madre, yo al oro me humillo.

Y, al oro, se han venido humillando a lo largo de los tiempos reyes, presidentes, alcaldes, ciudadanos de a pie, ciudadanos de a coche, ciudadanos de a metro y demás transportes urbanos y, como no, los mismísimos medios de comunicación que, a cambio de no sabemos qué, aunque lo intuimos, han venido a convertirse en más de un caso, por minimizar, en meros boletines oficiales del partido político de turno.

Sinceramente, pretender que este servilismo es propio de una sola tendencia política y ajeno a las demás, sería mentir abusivamente o, como ahora se ha puesto de moda enunciar: no decir toda la verdad; pero lo que si está claro en nuestro país, es que el servilismo más palpable, el que cualquier ciudadano no intoxicado puede distinguir con solo dedicarle unos pocos segundos a determinados medios de comunicación, es aquel que depende directamente de la ultraderecha política de nuestro país, representada en su pragmatismo, por el Partido Popular.

Es bochornoso observar cómo en editoriales de prensa, debates, informativos televisivos o radiofónicos..., se sigue a pies juntillas la línea marcada por el partido de Acebes y compañía y se procede, sistemáticamente, al insulto de aquél que se atreva a levantar su voz en contra de las verdades indiscutibles que desde la calle Génova se hubieran marcado.

Con todo, lo que a mí más me cabrea es cuando aquellos que en épocas pasadas estaban alineados con aquél régimen del que ahora se retiran sus últimas estatuas, se proponen, indecentemente, darnos lecciones de democracia a aquellos que siempre hemos sido demócratas. Y, es que, ya lo sabía Torquemada: Los conversos son los más peligrosos.

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