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Etiquetas:   La Cosa Pública   -   Sección:   Opinión

Siniestros y 'Sinistra'

Ekain Rico
Álvaro Peña
miércoles, 6 de abril de 2005, 22:17 h (CET)
En más de una ocasión, la etimología nos permite observar las connotaciones desvalorativas que las palabras adquieren con el uso. Un caso claro es el vocablo “siniestro/a”, poco utilizado en nuestra jerga habitual para hacer mención de alguna cosa que se encuentre a la izquierda y, sin embargo, profusamente esgrimido cuando se quiere hacer mención de aquello que es perverso o malo.

Seguramente, lo dicho, sea lo que esté pensando en estos momentos el señor Berlusconi, a quien la sinistra de Romano Prodi –bueno, para ser exactos diremos que el centrosinistra–, ha barrido en las elecciones regionales que se celebraron en Italia a lo largo del pasado domingo y lunes.

Trato de imaginar la cara de il cavaliere, al ver que los italianos han comenzado a dar la espalda a quien, seguro que él lo piensa, debieran estar tan agradecidos. No sé si aquella sonrisa perpetua que un lifting de verano nos regaló, habrá conseguido desdibujarse de su rostro. Si no es así, seguro que ganas no le han quedado.

Todos los analistas, coinciden en que estas elecciones eran la antesala de las generales que se celebrarán el próximo año. En tal caso, el mensaje es claro. La coalición de centro derecha –o muy derecha, según sensibilidades– presidida por Berlusconi, ha sido incapaz de frenar el avance de la izquierda italiana, que le ha arrebatado todas las regiones en las que gobernaba, salvo dos: Lombardia y el Veneto.

Precisamente fue en Lombardia donde todo empezó. En su capital, Milán, un joven Silvio comenzó a hacer fortuna en los negocios y, poco a poco, las cosas empezaron a irle más que bien. Cuando ya todo lo había conseguido en el mundo de la empresa, sorprendió a toda Europa anunciando su intención de crear un grupo político, que sirviera de unión a los diferentes grupúsculos de derechas que, a lo largo de toda una década, habían ido disgregándose. En esta ocasión, la suerte también le sonrió. Silvio llegó a ser Primer Ministro de su país pero, a pesar de las incompatibilidades expresamente fijadas en las leyes, nunca renunció a seguir gestionando sus negocios. De hecho, aquel hartazgo que a muchos italianos ha llevado a desconfiar del siempre flamante Berlusconi, mucho tiene que ver con los diferentes casos de corrupción que han ido saliendo a la luz en sus mandatos.

Si una ley decía que una persona no podía tener más de un medio de comunicación en su poder, él derogaba la ley, conforme no a su programa político, sino a los objetivos de su grupo empresarial.

Sin embargo, si lo que buscamos son causas de la derrota, no podemos dejar de mencionar las amistades peligrosas de las que se ha ido rodeando. No me refiero, en concreto, a la Mafia, aunque, por lo que hemos visto en varios juicios, conexiones, lo que se dice conexiones, las ha habido. En realidad quiero hacer mención de los amigos americanos y, directamente, al amigo Bush.

Seguro que muchos coincidiremos en utilizar uno de los dichos más castizos y afirmar que: con amigos como ese, no necesitas enemigos. Y, en efecto, cuando Silvio se vio con la soga al cuello por todo el tema del secuestro y liberación –con muerte, por medio, de uno de sus libertadores bajo fuego amigo (¿cómo será el fuego enemigo?)– de la periodista italiana Giuliana Sgrena en Irak, su amigo Bush acudió raudo a echarle una mano. Eso sí, la mano fue directa al cuello.

Ante una sociedad italiana encolerizada a la que su gobierno había comenzado a calmar bajo la promesa de retirar las tropas de Irak, la Casa Blanca hizo que Berlusconi matizara su propuesta hasta reducirla al absurdo y, por lo que parece, los italianos han aprovechado para su democrática vendetta.

Corrupción, servilismo a los intereses estadounidenses, boicot a las instituciones europeas, políticas sociales nulas, crispación en el ámbito laboral, diversas huelgas generales y, por ir acabando, manipulación de los medios de comunicación, han sido algunas de las causas que los analistas apuntan como determinantes para el descalabro electoral de Berlusconi.

Ahora, eso sí, seguro que desde la atalaya de su palacete, nuestro querido Silvio, no deja de pensar en el perverso Prodi y los siniestros que le han arrebatado lo que justamente le pertenecía: la victoria.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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