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Elenin: un fracaso… prematuro

Tal vez, sólo tal vez, algunos se precipitan demasiado para aplaudir que no llegó ninguna catástrofe el pasado martes, 27N
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 30 de septiembre de 2011, 10:12 h (CET)
En ocasiones, resulta particularmente divertida nuestra sociedad. En estos días de supuesto alivio porque el pasado martes, 27 de septiembre, no se llegó al cacareado Fin del Mundo que algunos predecían como consecuencia de una supuesta alineación de Elenin con el Sol y la Tierra, no pocos detractores de esta alarma se han lanzado a la caza y captura de los apocalípticos, ridiculizándolos en su conjunto. “Mal hacéis en dar la razón a ocho sobre dos, porque seguro hay más probabilidades de encontrar más necios entre los ocho que entre los dos”, decía Ortega y Gasset, y lo mismo, a su manera, sirve para esto.

Más allá de que entre quienes pensamos que a partir de esa fecha entrábamos en un nuevo estadio de cosas, ninguna de ellas buena para el conjunto o parte de la especie, hubiera iluminados e incluso algún que otro agorero escatológico, no debe olvidarse que Pedro no se equivocó al decir que venía el lobo, sino que sólo no supo el cuándo, y que, quienes le desestimaron por la variación de fechas, al final pagaron muy cara su desconfianza.

Por mi parte, en el artículo “El fiasco Elenin: crónica de una catástrofe anunciada”, que por suerte ha gozado de una acogida por parte de los lectores tal que ha sido replicado en números medios de muchos países, decía que no creía en absoluto en la teoría Elenin sino como una falsa bandera o una mentira de cobertura por parte del sistema de otras cuestiones no menores, y me sostengo en ello. Que lo de Elenin era y es poco menos que increíble, es algo que ya argumenté y no tengo intención de volver sobre ello. Sin embargo, tengo sobradas razones para mantener mi credibilidad en que estamos en puertas de un acontecimiento capital, al menos las suficientes como para mantener la alerta. Por una parte, si en realidad estuviéramos ante la potencial alineación con un cuerpo celeste más o menos masivo (Nibiru), la fecha de las potenciales consecuencias no estaría sometidas a horario, como si fuera un tren o un o algo por el estilo, sino a un margen de tiempo que, en buena lógica, debe contemplar varios días, cuando menos, si es que no supone la ventana de apertura a un plazo relativamente largo de graves consecuencias, según el tiempo que el citado cuerpo esté influyendo en nuestro entorno con su presencia; y por otra, si el hecho de que ciertas notables autoridades hubieran decidido refugiarse en instalaciones de alta seguridad porque pretendían iniciar conflictos severos, no sería una cuestión de entrar en esos refugios cinco minutos antes de iniciar las hostilidades, sino con el margen necesario de seguridad para poner en marcha todos los mecanismos del plan, si es que no se trataba de un ensayo general. En cualquier caso, ninguna de las opciones que se pueden colegir está sometida a cronómetro, de modo que es prudente y recomendable no sólo no bajar la guardia, sino mantenerse particularmente expectantes de lo que pueda pasar, dado lo trascendente de lo mismo y las consecuencias que potencialmente implica.

Efectivamente, considero que lo que acabamos de hacer ha sido entrar una nueva dinámica, tanto desde el aspecto cósmico como desde el propio aspecto social. Es verdad que Elenin no produjo efecto notable alguno sobre el planeta –tal y como apunté expresamente en mi artículo-, pero no lo es menos que todos los argumentos que di en mi anterior artículo, siguen siendo válidos en su totalidad: siguen muriendo especies de forma tan arbitraria como incomprensible para la Ciencia, la frecuencia Schumann sigue exageradamente por encima de sus límites normales, las severas anomalías de los cuerpos cósmicos próximos a la Tierra son comprobables, la existencia de Nibiru (negada en Occidente y aceptada como verdad incontestable en la Europa del Este y China, incluso a nivel de difusión documental en las televisiones públicas) sigue siendo igual de cierta, el clima que padecemos es de todo punto de vista anormal, el sol está teniendo cada vez más el comportamiento errático propio de un astro que tiene su campo magnetosfera drásticamente alterada tal vez por un planeta masivo o un astro que está pasando por su entorno inmediato (no deja de advertirse con alarmante reiteración que una ECM puede catapultarnos cualquier de estos días a la Edad de Piedra, e incluso se afirma que fue una ECM la de derribó esta pasada semana el satélite UARS), las alarmas de autoprotección a la población en muchos países se siguen produciendo con una sospechosa machacona insistencia, las maniobras masivas militares (Rusia, Ucrania, EEUU, Israel, Turquía, etc.) no cesan e incluso se incrementan los ejercicios de preparación ante catástrofes masivas (construcción de campos de refugiados y compra masiva de productos de supervivencia incluidos), y, por si fuera poco, añadido a la puesta en operativa de muchísimos refugios de contingencia extrema para nutridos grupos de elegida población en casi todas las potencias y de la absurda Cúpula del Fin del Mundo (si es que no hay ninguna expectativa de catástrofe global), debemos añadir la cuando menos extraña función de toda la enorme cadena de campos de concentración que se han construido en algunos países, como EEUU, que bajo el epígrafe de Rex84 disponen de capacidad para casi dos millones de prisioneros (o “invitados”), han acopiado infinidad de ataúdes de plástico e incluso cuentan con hornos crematorios.

Ya dije en mi anterior artículo, y lo voy a reiterar en éste, que no es que uno quiera ser conspiranoico, que no lo soy sino escritor, pero que las evidencias mandan, y ni es creíble ni es razonable que toda esta concatenación de sucesos y actos se esté verificando sin una causa, probablemente común, que lo justifique. Nibiru lo hace. Incluso puede ser el detonante –y probablemente lo sea- para haber despertado la desmesurada codicia que hoy caracteriza a los Estados, a los grandes tiburones financieros y a las grandes corporaciones, quienes sin duda tienen una información que no tiene el común de los mortales, a quienes nos entontecen con la televisión-basura y una información sesgada e interesada que está controlada mayoritariamente por unas pocas manos y todas de la misma condición de elite. No de ahora, sino de hace cuatro años, escribí una novela (de la cual no daré ni el título para evitar susceptibilidades y que pueda haber quién crea que la hago publicidad) donde expongo literariamente cómo se orquestó todo este asunto a nivel internacional, y por aquel entonces nadie sospechaba siquiera que existiera Elenin. No; de ninguna manera ese supuesto cometa tiene nada que ver con todo esto, aunque sí puede haber encriptado en él y en su supuesto recorrido, una serie de información disponible para quien tiene las claves para saberlo leer, tal y como comenté en mi anterior artículo, ya que son particularmente sospechosas las fechas claves de su perihelio y alineaciones con la Tierra y el Sol, además de las implicaciones del acrónimo de su nombre oficial.

Mal, mal hace la sociedad al escuchar a ocho sobre dos, porque con toda seguridad hay más necios entre esos ocho que entre los dos, y porque es posible que éstos, con su jocunda, distraigan e impidan a la población ponerse a salvo del lobo. Y Pedro grita, a quien quiera escucharle, que el lobo no es que venga, es que ya está aquí en el vecindario, que se le puede sentir el aliento. O tal vez sea el propio sistema, que ha sabido ir siempre un par de pasos por delante de los acontecimientos, manejándolos, el que haya promovido la enorme expectación suscitada por Elenin, sabiendo de de antemano de la imposibilidad de que se cumplieran las expectativas escatológicas promovidas en esas fechas, precisamente para obtener esta desconfianza general hacia la vigilancia, que la población se relajara desencantada o decepcionada, y permitirles así maniobrar con mayor libertad.
Entre los voceros del descrédito, se maneja un argumentario tan pobre que parece diseñado para sembrar la desconfianza sobre este tipo de advertencias en el grueso de la población, la cual, lamentablemente, no tiene la formación necesaria para discriminar por sí misma la validez o no de las propuestas lanzadas no por los iluminados o los apocalípticos, sino por quienes tienen la formación y la capacidad de observación y análisis necesario, y entre quienes están alertando de que estamos en puertas de un acontecimiento que nos cambiará la forma de entender la vida, si es que no algo más, hay personas con formación y titulación académica, al menos, de la misma entidad que los politólogos, los astrónomos o los científicos de las distintas disciplinas que defienden las… llamémoslas “posturas oficiales”. Por poner un solo ejemplo, y evitarme así desdecir tanta simpleza, apunto que en cuanto a la muerte de especies animales se refiere, quienes tratan de desacreditar esta alarma en nombre del sistema utilizan el reduccionismo infantiloide, y resuelven en intrincado problema con un absurdo e incoherente… “experimentos militares”, cual si los militares pudieran obrar con la misma tecnología y desfachatez lo mismo en China que en Ohio o Arkansas, en Escocia, en Senegal, en Portugal o en Sumatra, eliminando por artes mágicas a mirlos rojos (como si los mirlos negros o cualquier otra especie de aves no volara en los mismos cielos), estrellas de mar de una única especie dada (cual si las otras especies de equinodermos no estuvieran en las mismas costas), o de una especie determinada de peces (cual si en los mismos ríos o costas no hubiera otros muchos con prácticamente la misma fisiología). Un argumentario, en fin, que deja mucho que desear.

Las evidencias, después del supuesto alineamiento de Elenin, de que algo está muy mal en nuestro entorno y de que pesa sobre todos nosotros una grave amenaza, siguen siendo las mismas que antes del supuesto evento. Nada, pues, ha cambiado, y no debería bajarse la guardia ni dejar de estar atentos no a los que los medios oficiales dicen (ya sabemos que habitualmente mienten), sino a lo que callan, porque indefectiblemente siempre llega el destino por donde menos se le espera. Mal hacen algunos en creer que el día del Fin del Mundo tiene hora y minuto fijado, o que éste llegará así, en un solo y escatológico evento de fanfarria, como si los cielos se enrollaran súbitamente o cual si el telediario advirtiera, quién sabe si cuando se da la predicción del tiempo, de que mañana o pasado o el día siguiente llegará una borrasca tal que representará el último día al instante y al contado.

Suceda lo que suceda, lo hará sin preaviso, inopinadamente, y a todos nos congregará ante los televisores, tal y como sucediera cuando lo del 11S, siquiera fuera porque “casualmente” allí había un montón de cámaras haciendo “otros” reportajes; pero será un proceso, tal vez largo, en el que ni sucederá la hecatombe en todas partes al mismo tiempo, ni afectará a todos los seres humanos a la vez. Y no por ello será menos grave o tendrá unas consecuencias menores. El destino, al fin, no advierte de antemano, sino que da signos, a veces sutiles, y quien está prevenido y tiene un plan dispone de una oportunidad, y el que no, pues se las tendrá que ingeniar… si en esa hora puede. En ese tiempo, si llegara, ya no habrá segundas oportunidades.

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