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Etiquetas:   The Washington Post Writers   -   Sección:   Opinión

¿Quién es Obama? Ahora lo sabemos

Barack Obama no es el caballero por el que le tenían muchos americanos. Este descubrimiento súbito ha transformado la política estadounidense
E. J. Dionne
viernes, 6 de mayo de 2011, 07:38 h (CET)
WASHINGTON - .La audacia de la exitosa operación contra Osama bin Laden ha obligado a amigos y enemigos de Obama por igual a reevaluar las conclusiones que sacaron de un jefe del ejecutivo que desafía la categorización fácil y expone menos de sí mismo de lo que otros políticos se sienten inclinados típicamente a exponer.

Obama es difícil de entender porque es muchas cosas y no sólo una. A estas alturas ha demostrado que puede ser audaz a nivel operativo, al mismo tiempo incluso que se muestra cauto a nivel filosófico. Su tendencia a reunir los hechos y sopesar alternativas no conduce automáticamente, en palabras de la fórmula venerable, a la parálisis del análisis. También puede acabar en medidas atrevidas templadas por la prudencia -- garantizar que se facilitaban aparatos adicionales a nuestros Navy SEALs, por ejemplo.

La retórica del presidente ha hecho hincapié a menudo en la atención, la compasión y el colectivo, el idioma que sería de esperar de un político moderadamente izquierdista. Pero como me decía uno de sus colaboradores más estrechos hace tiempo, dentro hay un hombre muy frío, duro y hasta difícil. Obama no es reacio a utilizar la fuerza militar estadounidense. No se anduvo con melindres a la hora de autorizar el asesinato selectivo de un enemigo estadounidense y el lanzamiento de su cadáver al mar para garantizar que no hubiera ceremonia que movilizara a los seguidores de bin Laden.

Obama nos dijo quién es en una de las intervenciones más reconocidas que realizó -- acerca de la guerra de Irak -- antes de presentarse a presidente. Su audiencia era más proclive a dar mucha más importancia a la guerra que él criticaba que a sus razones para criticarla. "Yo no me opongo a todas las guerras", afirmó en 2002. "Yo me opongo a las guerras estúpidas". Observe que cuando hablamos de conflicto armado, la palabra "estúpida" no forma parte típicamente del léxico del moralista.

El hecho de que Obama no sea ningún moralista ha conducido a airear muchas frustraciones en torno a su persona los últimos 27 meses. Los izquierdistas no captan el motivo de que tarde tanto tiempo en situarse a la izquierda política en cuanto a los objetivos fundamentales de la administración pública y los rigores de la justicia social. Los defensores de la democracia y los derechos humanos plantean el motivo de que haya tardado tanto en invocar la palabra "democracia" como piedra angular de su política exterior, y de que se haya mostrado tan comedido en su respuesta inicial a la primavera árabe.

Los partidarios de una política exterior estadounidense intervencionista y contundente sospechan que cree que el declive de Estados Unidos es inevitable y que se considera principalmente un administrador cuya tarea consiste en gestionar nuestra constante pérdida de influencia.

Es esta última afirmación la que se llevó un golpe tan contundente cuando Obama aprobó la operación contra bin Laden y optó por la elección más arriesgada que implicaba una confrontación cuerpo a cuerpo con efectivos estadounidenses -- a las órdenes del presidente de los Estados Unidos.

La complejidad conceptual de Obama se traduce en que rechaza la idea de que sólo hay dos alternativas: Estados Unidos como única potencia del mundo, o América cayendo en la debilidad y la irrelevancia. Las opciones binarias no están hechas para él.

Él ve más bien un mundo en el que nuevas potencias -- China la más obvia, pero también la India y algún día Brasil -- progresan inevitablemente hasta desafiar el dominio estadounidense. La tarea de Estados Unidos no es impedir la inevitable aparición de otras naciones fuertes. Su imperativo consiste en seguir siendo una fuerza enormemente poderosa totalmente capaz de modelar los nuevos sucesos del mundo, defendiendo sus intereses y valores y prosperando en un entorno cada vez más competitivo.

Y cualquiera que dudara de nuestra disposición a proyectar nuestra fuerza como consideremos oportuno se lo va a pensar dos veces tras los acontecimientos acaecidos en Abbottabad.

Esta única acción no "lo cambia todo" porque no hay nada que cambie todo para siempre. Matar a un hombre no cierra dos guerras caóticas. La posición política de Obama progresará o caerá dependiendo sobre todo de factores nacionales y circunstancias económicas. Los partidarios del presidente volverán a experimentar episodios de frustración cuando su cautela filosófica se imponga a su vena audaz en la labor menos marcial de negociar presupuestos o promover el bienestar general del país. Sus rivales no van a suscribir de pronto sus prioridades.

Pero dado que él ordenó este ataque, y puesto que tuvo éxito, nadie verá nunca a Barack Obama de la misma forma otra vez.

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