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Tyche

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 25 de febrero de 2011, 23:00 h (CET)
En mi opinión, un escritor trata de entretener a los lectores mediante las truculencias que le ofrece la literatura; pero un autor, además de ser un cronista de su tiempo, trata de comprender y exponer con una profunda plástica literaria los mecanismos por los que funciona la sociedad y los conflictos morales o sociales que se le presentan al hombre. En todas mis novelas, haya empleado distintos recursos como la prosa poética, la más exquisita narrativa o la aséptica crónica periodística, he tratado siempre de ir más allá de donde el argumento parecía establecerse, ofreciendo a mis lectores diferentes niveles de lectura y comprensión que no siempre han dado los frutos que yo esperaba. Por eso digo y reitero que no escribo para todo el mundo, y, aunque en su momento tuve una difusión notable en el mundillo de las letras y mis obras podían encontrarse en todas las librerías del país, me retiré al selecto club de los autores/lectores de margen, fuera por completo de los alienantes círculos editoriales. Vivo bien de otras cosas, y no trato de complacer a nadie. Mi literatura no pertenece al orden del consumo: aspira a mucho más; no pretende tocar el bolsillo del lector, sino su mente... o su alma.

Esta actitud, aparentemente un tanto irracional en los tiempos que corren, tiene, adempero, algunas ventajas y muchos inconvenientes. El primero de estos últimos, por supuesto, es que la difusión de la obra no es ni con mucho lo deseable, pero quizás el mayor de todos, por ser posible una comunicación directa con buena parte de mis lectores (ésta es la mayor ventaja), es que pocos, demasiado pocos, han sabido entrever todas las lecturas, especialmente las más profundas.

A modo de ejemplo, hace más de tres décadas, cuando me complacía trabajar el cuento, escribí uno que para mí tenía un valor muy especial, al que titulé “Vivalda ya tiene su flor”. De él he recibido todo tipo de comentarios favorables, y me agradó mucho, a qué negarlo, no faltando aduladores que se refirieron lo mismo a la exquisita prosa como al estilo; pero me displació profundamente que sólo un lector, sólo uno, fue capaz de leer entre sus líneas una visión muy personal y estilizada del mito de la creación sumeria que protagonizó Enki. Si aparentemente esto es alentador y desalentador a un tiempo, tanto más se multiplica el efecto cuando el asunto concierne a una obra mayor, una novela muy pensada y elaborada que hunde sus dedos en realidades mucho más profundas. Tal es el caso cuando trato los aspectos de la naturaleza humana en “Germen de Dios, semilla del diablo”, en la cual muchos han visto nada más que una novela bien elaborada sobre la guerra civil española, o que cuando terminé “Una flor en Infierno”, no faltó a quién le pareció que era nada más que una buena novela romántica ambientada en la posguerra. Podría seguir así con todas las demás, y concluiría con que son muy pocos los lectores que leen más allá de la trama argumental, por más que disfruten con el estilo, porque ésta para mí no es más que una suerte de parábola, la presentación atractiva y muy legible de una tesis y una antítesis que se resuelven una síntesis profunda. Pero, en fin, es lo que hay. Incluso en algunos casos he incorporado claves descifrables por lectores avisados, y, sin embargo, nunca nadie –¡qué pena!- descubrió uno de ellos. Un juego, en fin, que me advierte de la calidad de los lectores.

Si cuando publiqué “Lemniscata” algunos leyeron nada más que una novela negra, y no el planteamiento vital, existencial, de un terrorista etarra respecto del sentido profundo de su propia existencia a lo largo de sus distintas vidas, cuando en el 2008 publiqué “Tetragrammaton”, los lectores que han opinado sobre ella mayoritariamente me felicitan por haberme atrevido con la novela de ciencia-ficción con matices de novela negra, aplaudiendo –“seda y metal”, la definió uno de ellos- el estilo un tanto innovador de narrar dos historias paralelas y complementarias con distinta tipografía y en capítulos alternos. La decepción para mí no fue menor, porque estaba relatando por la vía de la parábola algo que hoy nos concierne a todos los hombres de todas las naciones y que, discretamente, está aceptando la NASA bajo el epíteto de Tyche. No es, ni mucho menos, una obra de anticipación, porque lo que hoy comienza a aceptar esta monopólica voz de la astronomía, es algo que se sabe con absoluta certeza desde que en 1983 el Vaticano lanzó la sonda Siloé y desde que en 1984 lo ratificó la sonda IRAS. Todo cuanto ha sucedido y sucede en nuestro mundo desde aquella fecha puede explicarse por este acontecimiento, desde la caída del muro del Berlín a la guerra de Yugoslavia, desde las invasiones de Iraq a las matanzas de Ruanda-Burundi, desde la crisis inexistente que nos concierne a las rebeliones sociales en los países árabes y desde las pandemias que nunca existieron a la afanosa construcción de semilleros subterráneos o de búnqueres masivos en medio mundo.

Tyche, ya tiene forma. Una forma que dibujaron hace milenios los sumerios, que se refiere en la Kolbrin y que está inserta en todas las mitologías. El hombre es binario, el orden es binario, la moral es binaria y el sol también. Todo, absolutamente, es binario en el orden que nos concierne. He aquí, una pista del mensaje profundo de mi obra completa. Vida y muerte, calor y frío, día y noche, bien y mal: morir y nacer. Pero no sólo el hombre, sino también la civilización como macrocriatura y el planeta como un ser vivo de una especie que, por próxima, nos resulta completamente desconocida.

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