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Etiquetas:   Ruido   -   Sección:   Música

Tarot y Fievre

Borja Costa
Borja Costa
@costaborjablank
lunes, 14 de febrero de 2011, 07:51 h (CET)
A Lúa. A Ch.

La muerte anuncia su presencia bajo la apariencia de un insecto.

Me lo enseña Ch., a quien veo unas semanas después de haber llegado de Haití. Me cuenta también que, llegado el amargo momento de ceder su puesto a otros voluntarios, ha tenido que salir mediante una evacuación en helicóptero, debido a los disturbios políticos que asolan el país. Muchas cosas, estas y decenas más.

En los meses en los que ha permanecido allí en misión humanitaria, por una casualidad afortunada (dado que no somos íntimos amigos), comenzamos una correspondencia de un contenido capaz de mantener a más de uno en vela durante varias noches seguidas: como poco, así fueron nuestras veladas unidos en la distancia. Entre sus reflexiones y las mías, a lo largo de semanas, tejemos un lienzo en donde encuentran su lugar los Stones, la naturaleza de los símbolos universales más arcaicos, una anónima morgue haitiana, chamanismo y vudú, plantas medicinales y Umberto Eco, o la existencia de un ser oscuro de nombre maligno a quien las gentes del lugar llaman Madame Fievre; un fresco en el que destacará ya por siempre en mi memoria el haber descubierto (ella primero, yo después) que nadie debe descuidar la presencia de las moscas a la hora de evitar que un niño muera solo o con dolor.

Cuando abandonamos la conversación (¿un par de horas, tal vez?), se ha hecho demasiado tarde, alguien la está esperando y debemos separarnos rápidamente; no hay apenas tiempo para despedidas.

Y yo siento que me arrancan una cadena que sale de la profundidad de mis vísceras para unirse con las suyas, y, ya en su ausencia, que me abandona la totalidad de mis fuerzas. Más tarde, no más de doce horas, caeré en cama haciendo estallar el termómetro a 39´5, y el dolor me acompañará hasta el momento en el que escribo esto. Aún no me atrevo a volver a verla: mi yo al completo pide una pausa prolongada.

No sé si se trata de una de las maravillosas casualidades que suele deparar la vida, o de que un servidor se encuentra últimamente en una etapa extraordinariamente sensitiva (¿sensorial? ¿sensible?), pero a quien sí he podido ver a diario es a Lúa, sintiendo, de forma contrastante, cada día más fuerte la cadena entre nuestras vísceras. En el fondo, el resultado es el mismo, y la evidencia, enorme: hay personas que nos golpean son su sola presencia en el centro mismo de nuestros cimientos más profundos.

Personalmente, debo reconocer que jamás he podido vivir sin sentir esta comunión con casi cualquier cosa que haga, cada persona que viva o sienta, y creo que, de la misma manera que en las artes en general hablamos de la diferencia que existe entre construir una obra o que esta te explote delante de las narices (en su forma más básica, es ese “algo” que diferencia una idea creativa de un buen ejercicio académico), las relaciones humanas se desarrollan de la misma manera. Todo un misterio, el asunto, y aunque a nivel personal desconozco de donde surge esta fuerza que nos arrastra en torbellinos más allá de nuestra propia voluntad, no me resulta tan ajena la reflexión sobre las cuestiones que llevan a una persona a sentarse a trabajar en torno a la creación. Páginas sobre esto hay muchas, escritas y leídas, y aunque existe una verdadera divergencia de opiniones (sin que, evidentemente, nadie haya llegado a saber qué es o para qué sirve el arte), mi pensamiento entronca con las ramas más oscuras de la cuestión.

Desde que el hombre es hombre (esto es, cuando aún era un simio parecido a un hombre o a una mujer), hemos estado intentando alimentarnos con algo que existe más allá de nosotros mismos. Hace escasos días, el maravilloso cineasta turco Semih Kaplanoglu argumentaba, en referencia a lo maravillosamente esotérico de su cine, que el sentido de la conexión con la divinidad mediante la reflexión y el rezo es más patente en los orientales que en occidente, aunque yo creo que ni siquiera sería necesario mirar más allá de nuestras fronteras: en días recientes, nadie como Antonio Gamoneda o Juan Farias han entroncado en nuestra literatura con algo que se presupone existe al otro lado; en las disciplinas más diversas, en casi cualquier corriente estética, los nombres quizás no sean numerosos, pero los hay siempre en cantidad suficiente.

Tampoco es posible negarlo fuera de los límites del arte, sean estos cuales quieran ser: el ser humano alimenta una sed constante de algo que reconoce como divinidad, y absolutamente todo el mundo la busca, de una manera más o menos seria y constante, a través del arte, la religión, ciertos ritos sociales, las cartas astrales o los horóscopos, la medicina o la física cuántica. Todos anhelamos llenarnos de algo que nos falta y que, sospechamos, no tiene una naturaleza del todo humana, y es desde este pensamiento desde el que hace años que trabajo combinando composición musical y Tarot, entendiendo este como una fuente de simbología inagotable. De esto, Carl Gustav Jung sabía mucho, y solo sus especulaciones a través de los eternos arquetipos plasmados en este juego de arcanos daría para toda una vida de investigación sobre uno mismo, los demás, y lo que quiera que sea que nos une con lo que cada uno quiera unirse.

Le decía a Ch., estando en Haití, que de todas las imágenes que el juego contiene, la unión de dos de ellas son las que más asociaciones producen en mi. Las cartas de La Luna y La Estrella, dispuestas en ese orden, suponen para mi algo así como la pacificación del lado más oscuro de uno mismo. Si todo lo que es, lo es porque uno mismo le permite que sea (como dice Ch., la belleza la pone el ojo que mira), entonces todo lo que percibimos como malo no es más que malo para nosotros mismos. Visto así, la reflexión sobre la unión de ambas cartas debería ayudarnos a concentrar nuestros esfuerzos en la pacificación con todo lo oscuro que nos asola, lo del mundo, lo de nuestra propia mente, ambos.

Tanto como idea creadora o como guía personal, la idea me parece algo absolutamente maravilloso, y debe ser por eso que cuando alguien como Lúa me desconcierta absolutamente, la Estrella corre a poner en su lugar mi confusión hasta encontrarme con el maravilloso vínculo que crece dentro de mi. En el arte o en la vida, si es que existe alguna diferencia entre ambos, necesitamos de esa cadena en las vísceras.

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