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Festival del vino 2016 - D. O. Somontano
Borja Costa
Ruido
Compositor nacido en 1980, especializado en film scorin´ de mano de José Nieto, Eva Gancedo o Alberto Iglesias. Ha trabajado en más de 80 producciones audiovisuales, radiofónicas, teatrales o de concierto, ya como compositor, director, arreglista o productor.

Colaborador habitual en producciones de muy diversas productoras para canales como Antena3, Telemadrid o TVE, mantiene una intensa actividad dentro de la composición de música contemporánea, estrenando obras en España, EEUU o Canadá. Estudioso de la fonética y la fonología, la literatura o la semiótica, interesado por la investigación de las relaciones entre lenguajes multidisciplinares, realiza espectáculos basados en textos poéticos como Música para un Aullido - con la colaboración de los escritores Manuel Rivas, Eva Monzón, Xoán Abeleira o Fran Alonso -, o trabaja en el ámbito de las instalaciones sonoras interactivas con el ingeniero de telecomunicación Mario Más Molina.

Entre su producción reciente, se encuentran trabajos de gran reconocimiento en el medio audiovisual, como la orquestación de la música para Camino, de Javier Fesser, o el trabajo para el documental Postales de Madrid para el Siglo XXI por encargo de Telemadrid.

Escribe semanalmente para Siglo XXI la columna de opinión Ruido, en la que reflexiona sobre cuestiones de arte y cultura contemporánea desde el prisma crítico de su condición de profesional del medio.

Twitter: @costaborjablank
Borja Costa
Últimos textos publicados
Alegría
Matar la alegría es muy sencillo, todos la hemos fusilado más de una y más de mil veces, mutilándonos emocionalmente sin motivos
La alegría es uno de los sentimientos más sencillos, más llanos. Es casi como una de esas personas que, aún albergando grandes claves en el interior de su mente y corazón, posee siempre un cierto aire idiota que le hace parecer algo de segunda fila a nuestros ojos soberbios. No es, por supuesto, un gran pensamiento compuesto de múltiples formantes, y, quizás a pesar de ello o muy probablemente por esto mismo, no es accesible a todos los mortales en la misma medida que lo puedan ser el miedo o el odio, mucho más elaborados y frecuentes: es tan solo una alegría desprovista de motivos, de causas, de objetos. Yo no me he llevado nunca demasiado bien con esta alegría, todo hay que decirlo, a pesar de ser la etiqueta con la que designamos una de mis plantas favoritas o el único palo del flamenco que escucho con sencilla y verdadera satisfacción, aunque la cosa parece que va cambiando desde hace un tiempo. No lo del flamenco, que sigo manifestando hacia él sentimientos contradictorios, ni en lo tocante a las plantas, a pesar de que los pensamientos en flor y ese curioso semi-árbol del tomillo compitan en atraer mi atención botánica, si no en lo que respecta únicamente a esa elemental emoción humana cada vez más frecuente en mí.

Como parte de lo más básico del hombre, una de sus características es que el que la siente puede reconocerla, definirla y experimentarla sin necesidad de identificación previa, y, como todas las demás, puede ser alimentada o aniquilada mediante el proceso intelectual que guíe a cada uno de nosotros en cada momento. Matar la alegría es muy sencillo, todos la hemos fusilado más de una y más de mil veces, mutilándonos emocionalmente sin motivos (porque no existe ningún motivo coherente que nos lleve a no querer vivir con una sonrisa), pero más fácil aún resulta potenciarla y agrandarla. La cosa es bien sencilla, y un buen paisaje, una buena comida, una buena mano, nosotros mismos sabemos siempre cuales, nos ayudan a hacer ese camino.

De entre todos los placeres que utilizamos para acrecentar nuestras emociones, sin duda la música juega un papel importantísimo en un alto porcentaje de la población. Hay algo en ella que la hace diferente a estos efectos, tal vez relacionado con su inmaterialidad, que afecta directamente a nuestro centro emocional, si bien no toda ataca por igual a nuestro yo. Disciplinas médicas que trabajan a un nivel sónico han establecido ciertas pautas de referencia, donde resulta evidente que esa mal llamada “clásica” afectará más a un nivel espiritual, de pensamiento más desarrollado, mientras que otros lenguajes más sencillos como el rock o el pop harán su trabajo a un nivel emocional más básico y superficial, no intelectual, y quizás sea por eso que si los gustos en el primer grupo suelen forjarse a lo largo de los años, de manera reflexiva, con un conocimiento adquirido siempre acumulable, los segundos suelen ser más viscerales, caprichosos, espontáneos. Atendiendo a esto, creo que hay en mí una canción única para cada época de alegría, quizás dos, tres, un número muy reducido en todo caso, escogida casi siempre en función de que dispare mi estado de ánimo hacia arriba, y si entre los nombres habituales suelen estar los grandes clásicos del rock, en esta ocasión me ha dado por escuchar obsesivamente a los Antònia Font, formación que vuelve a estar hoy en boca de todos como parte de este pequeño movimiento que está haciendo brillar nuevamente la música en catalán, alejando al público aunque sea brevemente de los aburridos, absurdos y malsanos prejuicios lingüísticos.

Alegría.

lunes, 16 de mayo de 2011.
 
Elogio de un anarcosindicalista
Perspectivas múltiples sobre un (libre) pensador del tebeo español
Es un hecho probado que no puedes volver a tu hogar, ni bañarte dos veces en el mismo río, ni cruzarte - nunca más - con la misma persona, de manera que no sabría decir si este feliz reencuentro que estoy viviendo con Carlos Azagra, precisamente por ser positivo, debe más a los cambios que el paso del tiempo ha dejado en mí o a los que alcanzo a ver sobre la obra del dibujante: creo que ambos colaboran bastante para que reconozca hoy en él a uno de los talentos más brillantes del arte gráfico español, cuando hace unos quince años le perdí la pista de manera absolutamente voluntaria, motivado por la sencilla cuestión de que, entonces, su nombre y su trazo me provocaban verdadero rechazo.

En lo que respecta a mis cambios, creo que el principal ha sido entender que, a pesar de que no me gustan las reivindicaciones poco formales, existen gritos determinados que son absolutamente necesarios en una sociedad que paulatinamente va perdiendo sus conquistas en cuanto existe la mínima excusa para ello, una sociedad víctima de la apatía y del tedio, y cuyo principal problema, más que la pérdida del bienestar, es haber vivido en una situación que nos dejó a todos adormecidos (fuera, esta situación, la del llamado “bienestar” o no, porque hay que decir también que no todos debemos nuestra felicidad a tener asegurado el crédito hipotecario y similares), y por eso si antes apartaba cándidamente la vista de unas viñetas cargadas de tinta y contenidos, ahora me maravillo y me pregunto qué sería de nosotros si toda la gente que se dedica a luchar por una reacción social dejara de hacerlo.

El hacer este pacto de simpatía con Azagra me permite ahora igualmente acercarme a su obra desde perspectivas más allá de la ideológica, y descubrir todo aquello en lo que él también ha crecido, y comprobar que si antes sus personajes tenían un nombre propio e insistían insidiosamente en los puntos concretos de su discurso, ahora los ha convertido en unos fantásticos personajes innombrados (que no anónimos) que alcanzan sus mejores momentos tanto mayor resulta la no concreción de su lenguaje (nada mejor que un círculo de ovejas apacibles que dan vueltas y más vueltas mientras duermen, siguiendo las flechas que alguien les ha pintado en el suelo), y que, situados generalmente en un espacio irrealmente opresivo como la realidad misma, subsisten como víctimas irredentas de nuestro propio sistema político.

Haciendo uso para ello de una estética que cabalga a puente entre la sencillez del tebeo más autóctono y la más tradicional de la publicidad de los movimientos sindicales (cuando ambos, sindicatos y publicidad, eran términos que designaban realidades menos adocenadas), con un uso más que creativo de la perspectiva y el diseño de página, sus fondos de multitudes sin rostro, grises y silenciadas, confrontan con coloreados personajes en primer plano que, estos sí, exponen sus pensamientos, y aderezando todo casi siempre por objetos tales como relojes que te invitan a reaccionar: “es la hora”. Aunque no todo es bullicio y grito en la obra de Azagra. A veces, sus personajes también se quedan solos, y es entonces cuando únicamente los edificios del horizonte de la ciudad acompañan al desamparado en la soledad de la noche: zooms paulatinos hasta un desgarrado primer plano cinematográfico que pone la buena técnica al servicio de la creación más expresiva. De la audaz. De la necesaria.

lunes, 9 de mayo de 2011.
 
Fuera de la Realidad
Un nuevo piano para el flamenco
La primera noticia que tuve de Pablo Rubén Maldonado fue hace ya bastante, un par de años largos, a pesar de que la cercanía con la que lo he sentido todo este tiempo me lleva ahora a pensar, engañado, que fue hace mucho menos. Y es que, desde un primer momento, este brillante músico provocó en mí esa extraña especie de simpatía a primera vista que solo surge en muy contadas ocasiones. ¿Saben cuando, escuchando a un intérprete, este nos provoca una serie de emociones de una forma tan humana que uno sospecha que semejante conocimiento del alma no puede ser fortuito, casual? Pues algo de esto, y más de otras cosas, es lo que pensé, y pienso, acerca de la música de este hombre. Aquella primera noche - encuentro fortuito en la tanda de improvisaciones con las que por aquel entonces se prolongaban los conciertos de las noches de sabbath en la Casa Persa de Madrid - me presentó al hombre, antesala del músico al que llegaría a conocer más tarde. No puedo recordar si Maldonado tocó algo en aquella ocasión; no sé si me imagino que algo hizo con alguna guitarra o es producto de mi mente poco fiable, estando como estaba yo bajo los efectos de la contemplación de una danza que me mantuvo absorto durante 25 minutos ininterrumpidos, a cargo de una bailarina derviche, una mevleví, giróvaga, giradora, lo que sea que debiera llamarla (mis acercamientos sufistas han comenzado hace realmente poco, no me culpen demasiado: sé que daba vueltas y hacía maravillas con sus brazos…), y de la que a pesar de no recordar su nombre, acabé la noche completamente enamorado. Alcanzo, eso sí, a recordar la enorme empatía de Pablo Rubén, su absoluta humildad y, de forma llamativa, su conocimiento técnico sobre aquello de lo que hablaba. Que no se trataba de un pianista flamenco al uso era algo evidente: nada de misticismo chabacano para disimular una falta de fundamento o de capacidad técnica, porque para la parte espiritual ya está él como persona, y en cuestiones de música hay que tener claro que no conviene sustraerle al arte su parte de ciencia. El duende, lamentablemente para muchos, no ha sido aún capaz de ir en contra de la evidencia física de la serie de armónicos, y él lo sabe: rara avis en el mundo del flamenco que, como poco, se gana inmediatamente el respeto de aquellos que temblamos cuando oímos de algún ejecutante de jazz cosas como que “lo que importa es el swing, no la afinación”. Que nadie se ría demasiado, que el contrabajista en cuestión es hoy catedrático, para mal de los muchos alumnos que desgraciadamente tendrán que pasar por sus manos.

Motivos me sobraban para acercarme a oírlo más allá de sus palabras, y así lo hice tan pronto tuve la ocasión; y ya luego repetidas veces, y al frente de diferentes formaciones. Y si A. A. Caballero decía, en una reseña para El País, que Maldonado “acompaña el cante casi como si estuviera pulsando las cuerdas de una guitarra”, yo debo decir, para sumarme a tan acertada crítica, que de estos momentos en directo lo que más me asombró, teniendo en cuenta que este aspecto supone el síntoma del grado hasta el que ha aprehendido los esquemas, métricas, formas y estructuras del género, fue su manera de acompañar el baile. La bailaora, libre como procede en sus solos y demás intervenciones, pudo encontrar siempre un remate perfecto en el piano, un fluir absoluto del conjunto al que ella debía guiar para que todo funcionase; y nadie debe engañarse con esta cuestión: si improvisar un buen solo es algo terriblemente difícil, acompañar una intervención solista es aún más complicado. Y ahora, a la vista de uno de sus últimos trabajos, el tema de presentación para el FFLAC 2011 (el casi recién nacido Festival Flamenco de Cortometrajes que celebra este año su segunda edición), se revela igualmente como un estupendo arreglista y productor que consigue igualar en sus mezclas el interés de sus texturas pianísticas, remitiendo todo al mismo punto: una aparente sencillez en el lenguaje que se compone de líneas intrincadas con las que dibuja su individual, innovador y brillante acercamiento musical. Supongo que cuando una personalidad como la de Maldonado pone su conocimiento al servicio de la música, da igual que ejerza de letrista, solista o de hombre en segundo plano detrás del telón, porque reviste todo aquello que hace de un halo especial. Ese mismo halo que de forma reveladora lo ha llevado a llamar “Fuera de la realidad” al reciente registro sonoro que él define como el fruto de sus últimos diez años de trabajo, y que si bien ya había sido editado en formato físico hace unos meses, vuelve ahora a ser noticia por su inminente disponibilidad en plataformas de venta de música en la red. Supongo, dado que aún no he tenido la ocasión de comprobarlo, que la venta seguirá los ya habituales patrones comerciales, ofertando pistas separadas o el formato completo del disco, aunque lo realmente importante es el hecho de que esta música esté al alcance del mayor números de oídos posibles y, aún por encima, al alcance de todos los bolsillos. Amante del directo, de la escena, consciente de hasta qué punto se debe al escenario, Maldonado siempre ha hecho saber con rapidez y franca honestidad que cualquier vídeo o disco es tan solo una tarjeta de presentación para hacer que la gente lo siga hasta el escenario, donde lo podrá disfrutar al máximo. Y yo creo que, con este trabajo que pone ahora en nuestras manos, no le será demasiado difícil cumplir sus objetivos.

lunes, 2 de mayo de 2011.
 
 
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Archivo
11/10/2010 Escribiremos, algún día, una Historia del Ruido.
 
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