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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

La jauría humana

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 28 de diciembre de 2010, 08:14 h (CET)
Los talibanes dinamitan las imágenes de los budas, los comunistas del Norte atacan a los demócratas del Sur, los hutus diezman salvajemente a los tutsis, los judíos asesinan a escolares palestinos, el islam y el cristianismo se encaminan a un enfrentamiento terminal, etcétera, son noticias que ya ni nos perturban, habiendo aprendido a convivir con estos sucesos como si tal cosa, por más que de vez en cuando algunos pocos, en un gesto no se sabe bien si para la galería, se escandalicen o incluso algunas organizaciones multinacionales envíen cascos azules que, como en el caso de Somalia, se dediquen en buena medida al estraperlo de la ayuda humanitaria o a violar a las niñas que debieran proteger. Cuando nos preguntamos por qué no somos capaces de convivir en paz y armonía las razas, los credos, las clases sociales o cualquier clase de grupos heterogéneos, nos olvidamos de lo fundamental: la condición humana, nuestra genética de depredadores extremos.

En Atapuerca, lo mismo que otros asentamientos prehistóricos, se han encontrado vestigios ciertos de que los grupos cromañones que allí se asentaron, cuando vinieron mal dadas y se desataron hambrunas, tiraron como menú lo mismo de enemigos que de miembros del mismo grupo para sobrevivir, deglutiéndolos como si tal cosa. Sin embargo, este canibalismo que algunos pueden tener la impresión de que queda circunscrito a la edad más remota y animalesca del Hombre, es algo que no se ha extinguido todavía, no hay más que considerar que todavía sobreviven tribus que lo practican ritualmente en diversos puntos del planeta, como echar la vista no tan atrás y acordarse de aquel avión que se estrelló en los Andes y lo que hicieron con sus camaradas los supervivientes, o de aquel nefando presidente africano que le gustaba de tanto en tanto echarse al coleto a algún que otro adolescente, a las amantes fuera de uso e incluso a algún enemigo. Los cromañones, somos así. Nos vale cualquier excusa para hacer harina a nuestros pares y entretenernos con su muerte con inusitada saña, o véase si no qué se hizo con los judíos en la II Guerra, lo sucedido en España con ambos bandos durante la Civil, en las limpiezas étnicas de los Balcanes, en las Cruzadas, en las guerras religiosas europeas de los s. XV y XVI o en cualesquiera otros episodios históricos.

Los neandertales, sin embargo, eran de otro modo. Cromañones y neandertales compartieron espacio físico y temporal en la Prehistoria, pero sólo sobrevivieron los segundos, más que probablemente siendo los neandertales el primer o segundo plato de las fiestas sociales cromañonas. Los neandertales, según confiesan los asentamientos y enterramientos hallados hasta la fecha, eran más corpulentos, más inteligentes, más evolucionados y más y mejor adaptados… pero tenían emociones: cuidaban de sus enfermos, velaban por sus ancianos y protegían con su vida a los niños (incluso a los defectuosos). Y, claro, eso les costó la supervivencia como especie a manos de otros depredadores menos cualificados, los cromañones, pero quienes tenían a su favor una insalvable ventaja: no tenían sentimientos, desconocían lo que era la piedad y, aunque menos inteligentes, no les temblaba el pulso a la hora incluso de meterle el diente a sus propios niños. La selección natural obró el milagro de elegir la crueldad sobre, ¡qué curioso!, lo que falazmente nombramos como humanidad.

Parece ser que hay pruebas sobradas de que entre cromañones y neandertales hubo cierto mestizaje, y, por los resultados, sin duda se debió a que los cromañones tomaron como prisioneras a alguna que otra neandertal, la pusieron los ojos en blanco por las bravas y propiciaron con este acto de bárbara y tradicional animalidad que nacieran algunas personas que, raramente y de forma contraria a la mayoría, tengan alguna clase de emociones afectivas con otros humanos. Los motivos que animan al depredador son el dominio de un territorio que asegure su supervivencia y, a partir de ahí, la ceremonia de la muerte y la caza. Tantos milenios llevamos los cromañones matando por miedo o por necesidad de supervivencia, que ya tanto nos da si el detonante que despierta nuestros instintos predadores son raciales, ideológicos o de supervivencia, no hay que más que fijarse en la Historia o nada más que reparar, que en momentos de aparente abundancia y bienestar como los presentes, en la criminalidad gratuita que hay o en el número de cazadores y pescadores deportivos. Eso, claro, por no considerar el toreo, el boxeo, las artes marciales o el militarismo de defensa, porque siempre, desde lo más profundo de nuestra naturaleza, estamos defendiéndonos de alguien para poder darle muerte, un poco como en las películas americanas, que, no importa cuál sea el guión, siempre hay alguien echando chispas y alguien matando a alguien con cualquier excusa. El miedo a no sobrevivir, nos convierte en peligrosos carniceros de cualquier semejante: cualquier prójimo es el enemigo.

En mi novela “Los días de Gilgamesh”, apunto que “no importa cuántas rayas tenga el tigre, lo rápido que nade el pez o lo alto que vuele el ave, porque si el hombre se fija en él, ya puede darse por muerto”. Jung, a este mismo respecto, apunta que el cerebro humano (cromañón) se desarrolló como las capas de una cebolla a partir del germen del de un tigre y del de un cocodrilo, y que, en caso de necesidad, las capas culturales exteriores van muriendo al tiempo que van emergiendo desde lo profundo del instinto ese tigre impiadoso que es un inteligente asesino nato y ese cocodrilo capaz de devorar entre lágrimas a sus propias crías.

Tal vez por eso nuestros referentes históricos son criminales como Alejandro, Nabucodonosor o Napoleón, y la práctica totalidad de nuestro progreso se lo debemos a la industria militar. En realidad, nada ha cambiado desde el origen prehistórico, y ni siquiera sirvió que Dios se hiciera hombre para mostrarnos otro camino distinto que el del odio y la violencia: lo crucificamos. Ni Dios, siendo Dios, tuvo oportunidad alguna ante la jauría humana. Ítem más: nos comemos su carne y nos bebemos su sangre en la misa. Una ceremonia de vida y, sobre todo, de muerte, que con pocas o ninguna diferencia se replica en todos los demás credos del planeta.

Nada hay de extraño, pues, en que veamos en cualesquiera semejantes a mortales enemigos, lo mismo como predadores que buscan presas como predadores asustados que se defienden de otros peligrosos predadores. Sabemos que los demás, al menos, son tan peligrosos como nosotros, y mejor que no existan para estar seguros y asegurar nuestra supervivencia. Con todo, nos complace que haya de vez en cuando un Gandhi, una Madre Teresa de Calcuta o artista sublime que nos conmocionen con su arte, siquiera sea como excepción que confirma la regla, porque de alguna manera activa nuestros genes residuales de neandertales surgidos de una violación o nada más que nos hace olvidar momentáneamente nuestra aberrante condición humana. Un enmascaramiento que, a tenor de lo que vemos cada día, podemos asegurar que se extiende a cada faceta de nuestra conducta habitual: el cortejo, o eso que llamamos impropiamente amor, lejos de ser una relación simbiótica y armónica como parece ser que la entendían los neandertales, es una técnica de dominio en el apareamiento que, una vez satisfecha y afincada en el sentimiento de propiedad, bien puede derivar en un hartazgo que desemboque en el asesinato de la pareja... o, cuando menos, en el cambio de la misma porque no se pueden sostener como ciertos con todas sus exigencias sentimientos que no experimentamos. Y así con todo: los afectos, por extraños a nuestra naturaleza, cansan, hartan, aburren.

El miedo a todo y a todos es un mecanismo de alerta de nuestro instinto para que el predador esté siempre listo. Miedo a quien sea, porque de este modo se le puede devorar sin complejos o remordimientos, pues que pertenece por el odio a una especie disímil a la nuestra, deshumanizada. Un miedo que estos días de fin de 2010 se exacerban con advertencias a un inmediato cambio de polos del planeta (y sus catástrofes subsiguientes), a un máximo de actividad solar que puede dar al traste con nuestra cultura o a una guerra de terroristas inyectados de odio hacia Occidente que están en un tris de conseguir armas termonucleares; miedos que han empujado a muchos poderos a construir auténticas fortificaciones subterráneas para sobrevivir a algunos a todos esos riesgos, a edificar la “Bóveda del Fin del Mundo” o nada más que a despertar nuestros instintos colectivos de predadores en acecho y defensa. No se sabe cuánto de cierto hay en todos estos rumores, porque los predadores con poder se guardan la información sensible y poder competir con ventaja, pero suponiendo que alguna de las posibilidades enumeradas fueran ciertas, ya pueden imaginar la fiesta que nos espera en un mundo sin ley ni orden. Así somos: genios y figuras hasta la sepultura.

La NASA se empeña en buscar vida inteligente alienígena en los espacios siderales, y los espacios siderales, sin duda cuajados de vida inteligente, se empeñan en esconderse de nosotros, porque esas potenciales civilizaciones tienen bien por cierto que si llegáramos a descubrirlas no importará su desarrollo tecnológico o los miles de millones de años que tengan sus existencias: al conocernos estarían leyendo el último capítulo de su devenir. Ya nos las ingeniaríamos, seguro.

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