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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

La alergia al riesgo de los inversores

Robert J.Samuelson
Robert J. Samuelson
martes, 14 de diciembre de 2010, 08:08 h (CET)
WASHINGTON - Es cada vez más evidente que la Gran Recesión ha dejado una profunda y probablemente marcada cicatriz en la psique estadounidense. Desde los consejeros delegados a las familias de a pie, somos una nación que es más cauta, más huidiza y más alérgica al riesgo. La inquietud generalizada y -- hasta el momento -- indestructible ha afectado a la recuperación y ayuda a explicar el lento ritmo de la creación de empleo. La reanudación de la actividad económica depende en parte del riesgo, pero el riesgo pasa por horas bajas.

Hay una barrera de temores, cuyo origen trasciende lo acusado de la recesión. Ahora no sólo tememos a lo que sabemos sino también a lo que no sabemos. Sucedieron cosas que eran tan imprevistas como inimaginables: la quiebra de entidades bancarias importantes; el práctico colapso de General Motors; los titánicos esfuerzos de rescate de la economía por parte de la administración -- el TARP, la financiación competitiva por parte de la Reserva Federal, el impresionante déficit presupuestario. Pueden avecinarse más sorpresas. ¿Una crisis de la deuda de corte europeo en toda regla?

Es posible, por supuesto, exagerar el pesimismo y subestimar el optimismo estadounidense tradicional. Hasta la debilitada economía estadounidense produce casi 15 billones de dólares en bienes y servicios al año y da trabajo a 139 millones de personas. Aun así, la incertidumbre y el miedo colectivo siguen siendo innegables.

Los estadounidenses no están extinguiendo la deuda simplemente. Están levantando barreras frente a adversidades impredecibles. Durante el vigesimotercer mes consecutivo récord, más de la mitad de los hogares estadounidenses no esperan ninguna mejora salarial el próximo año, según la encuesta de confianza que realiza la Universidad de Michigan. Sólo la cuarta parte pronostica tener más ingresos. Para muchos hogares, la "principal lección" de la recesión, observa el encargado del estudio Richard Curtin, "fue que la única fuente segura de estabilidad financiera son sus propios ahorros". Durante los años de la burbuja, la gente se endeudaba porque intuía poder amortizar la deuda; ahora no se endeuda porque teme no poder.

Los que tienen empleo pueden ver el devastador impacto de estar en paro. Las dos quintas partes de los parados llevan más de seis meses en paro. Durante la recesión del año 2001, el empleo fijo descendió de forma acusada 2,7 millones de puestos de trabajo y la economía tardó cuatro años en recuperar el empleo perdido, dice Joseph Seneca, de la Rutgers. La destrucción de empleo durante la recesión más reciente fue de 8,4 millones de puestos, y sólo se ha recuperado 1 millón. Pasará muchísimo tiempo antes de que se recuperen todos. Con los jóvenes que acceden al mercado laboral, la tasa de paro podría no descender por debajo del 6% durante cuatro o cinco años, ha advertido el gobernador de la Reserva Ben Bernanke.

Los consejeros delegados comparten la aversión al riesgo. Participando en el canal de televisión especializado del cable CNBC, el ex gobernador de la Reserva Alan Greenspan señalaba que las empresas están haciendo acopio de liquidez. Las empresas privadas normalmente invierten el 100% del cashflow o más (flujo de caja) en nuevas oficinas, equipo y software. La relación desciende durante las recesiones, pero Greenspan calcula que se sitúa ya por debajo del 80% -- la relación más baja desde 1952 por lo menos. Las empresas prefieren extinguir deudas, adquirir participaciones o crear recursos contra una crisis. Otra indicación de cautela: La mitad del empleo nuevo se registra en agencias "de trabajo temporal". Las empresas se resisten a hacer contratos a jornada completa.

Un nerviosismo parecido afecta a la bolsa. Muchos inversores se han marchado. No pueden absorber la volatilidad. En 2007, los fondos de carteras de inversión registraban entradas netas de 91.000 millones de dólares; en el año 2010, las pérdidas netas han alcanzado en total los 31.000 millones. Según algunos indicadores, las cotizaciones tienden a la baja. Greenspan afirma que la llamada "prima de riesgo" se sitúa en un máximo de 50 años. Esto significa que los inversores no están pagando mucho por los beneficios actuales. O los precios de los valores están excepcionalmente contraídos o los futuros resultados de la economía se están dando por descontado de forma contundente.

Todo esto puede parecer la reacción prudente a las imprudencias que abrigaron a la crisis financiera. Pero, ¿en qué punto acaba la prudencia y empieza la paranoia?

La economía de la tónica del mercado es oscura, hasta para los economistas. Si los estadounidenses están pesimistas hoy, ¿pueden volverse optimistas mañana? Una recuperación sostenida podría resultar tranquilizadora. A medida que se consolide la confianza, la economía podría acelerar su marcha espontáneamente. Por otra parte, las inquietudes asentadas podrían desafiar el remedio fácil. Las iniciativas de "baterías de estímulo" económico en serie (ejemplo: el recorte propuesto en la retención de las nóminas la semana pasada) podrían demostrar ser ineficaces. Si trasladan la desesperación de los líderes de la administración, pueden agravar las propias dudas de la opinión pública. Consumidores, directivos e inversores pueden volverse más previsores.

La herencia más preocupante de la Gran Recesión podría ser esta alergia común al riesgo. Habiendo subestimado el riesgo durante los años de la burbuja, ahora podríamos estar sobreestimándolo. Considere la contracción súbita del capital de riesgo -- una importante fuente de liquidez para las tecnológicas. Durante el ejercicio 2009, las empresas de inversión de riesgo recaudaron menos de la mitad de lo que recaudaban en 2007, y las entradas en 2010 están registrando un 27% por debajo de los niveles de 2009. Las instituciones (fondos de pensión, dotaciones) y los particulares acomodados que invierten en capital de riesgo tienen menos liquidez para invertir y no están tan dispuestos a comprometerla en empresas de elevada exposición.

Las compañías con antecedentes de crecimiento se están asfixiando lentamente. La huida de la inversión de riesgo se está viendo agravada por una sociedad que envejece -- ¿son los de 55 años más atrevidos que los de 35? - y por los nuevos reglamentos públicos inspirados por la última crisis económica. El sesgo favorable a la cautela es una reacción comprensible hacia el pasado que podría lastrar el futuro.

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