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¿Sentencia reservada?

David S. Broder
David S. Broder
viernes, 29 de octubre de 2010, 08:31 h (CET)
WASHINGTON -- Tengo la extraña sensación de que estamos a punto de equivocarnos de medio a medio con el clima político en el país. Vamos a ver los resultados de la mayor victoria Republicana en 16 años y a creer que vaticina el desastre para los Demócratas y un giro a la derecha en nuestra política. Y nos equivocaremos.

El alcance de la ventaja Republicana será exagerado a causa de la gravedad de sus derrotas en las elecciones anteriores. Se harán con muchos escaños en la Cámara, alrededor de 50 quizá, porque perdieron muchos en 2006 y 2008.

Una forma más realista de calibrar su fortaleza será preguntar por el tamaño de su mayoría. Y probablemente será minúscula. Si alcanza los dos dígitos, los Republicanos lo habrán hecho realmente bien. Más probable es que John Boehner sea investido presidente de la Cámara por un puñado de votos.

Además, parece cada vez más probable que los Republicanos tengan que compartir el control del Congreso con un Senado Demócrata. Por primera vez en ocho décadas, un relevo en el control de la Cámara podría no acompañarse de un relevo similar en el Senado. El mandato que se está concediendo al Partido Republicano es de la clase más provisional.

Lo que esto significa según yo es que los votantes se están reservando cualquier veredicto real en cuanto a sus gustos de partido. Los sondeos dicen que las notas que ponen a los partidos a nivel individual pocas veces han sido peores. Importantes mayorías de Republicanos expresan dudas del Partido Republicano. Y mayorías considerables de Demócratas expresan dudas de su propio partido.

¿Por qué el aplazamiento del fallo? Eche un vistazo a su alrededor. Ninguno de los partidos puede reivindicar el éxito en la tarea más urgente de todas, fijar una estrategia económica que permita a la gente desarrollar su vida cotidiana con confianza. La dirección de George W. Bush y los Republicanos fue un desastre. Los Demócratas y Barack Obama apenas han tenido un éxito marginalmente mayor.

¿Quién de cualquiera de los partidos ha puesto sobre la mesa explicaciones de las fuerzas económicas que para la mayoría de los votantes tengan sentido? Nadie. La voz más clara ha salido de un funcionario no electo, el Gobernador de la Reserva Federal Ben Bernanke. Y tampoco es que el distinguido académico sea muy popular. Él desprecia a los dos partidos políticos y a la mayoría de los políticos.

El Congreso es famoso por carecer de gigantes económicos. Cuando hay sesión en el Senado, el hemiciclo Demócrata está liderado a menudo por un funcionario ineficaz, Chris Dodd, de Connecticut, que a principios de este año decidió no presentarse a la reelección. En el bando Republicano, Bob Bennett, de Utah, puede que el portavoz del Partido Republicano con más credenciales y experiencia, fue tumbado en una convención estatal del partido reservada a unos pocos, y no ha sido reemplazado.

En la Cámara, el coordinador Republicano del Comité Presupuestario, el Representante Paul Ryan, de Wisconsin, ha asumido el papel de analista provocador. Pero nadie del hemiciclo Demócrata ha plantado cara a su desafío, de forma que en este momento hay un diálogo de sordos.

Lo que puede decirse del debate económico es lo mismo que se puede decir del resto de cuestiones. Ninguna de las formaciones presenta de forma regular a portavoces que formulen argumentos elocuentes.

La opinión pública intuye con razón que la retórica de campaña es cuestión trasnochada y aérea, no lo bastante sustancial para el día a día del mundo real.

Con el reciente éxodo de tres figuras clave económicas de la Casa Blanca -- el director de presupuestos, el supervisor económico y el coordinador económico -- hay un vacío temporal también en la rama ejecutiva.

No es raro que los votantes se sientan inseguros. También lo están los legisladores.

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