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Festival del vino 2016 - D. O. Somontano
David S. Broder
The Washington Post Writers Group
David S. Broder es escritor, periodista y Premio Pulitzer. Está considerado como uno de los mayores periodistas de nuestro tiempo y ofrece en sus columnas una perspectiva equilibrada en materia de política y gobierno. Forma parte del Washington Post Writers Group y sus textos pueden leerse dos veces por semana en SIGLO XXI, medio de comunicación que dispone la exclusiva para medios digitales españoles.

Broder es corresponsal político y cronista nacional del Washington Post, y en sus textos recoge los aspectos más ocultos de la vida política estadounidense. Su crónica es publicada en más de 300 periódicos de todo el mundo. Broder obtuvo el Pulitzer a la crónica política en mayo de 1973.

La revista Washingtonian le declara a través de una encuesta "el decano de la crónica política periodística de Washington" a través de una encuesta realizada a la vez entre los editores de prensa del país y los miembros del Congreso, encabezando la lista por "integridad, respeto a los hechos y previsión.” Ya en 1990, la misma revista recogía que los editores de los 200 mayores periódicos estadounidenses evaluaban a Broder como "mejor reportero," y "el menos ideológico," entre 123 columnistas.

Broder ha recibido numerosos premios, incluyendo el Premio Presidencial White Burkett Miller en 1989 y el premio de la Fundación Nacional de la Prensa en 1990, que tres años más tarde le concedía su premio a la colaboración periodística.

Antes de ingresar en el Post en 1966, Broder se encargaba de la política nacional en el The New York Times (1965-66), The Washington Star (1960-65) y el Congressional Quarterly (1955-60). Ha cubierto cada campaña presidencial y convención desde 1960, recorriendo 100.000 millas al año para entrevistar a los votantes y recoger las impresiones de los candidatos. Broder participa de manera regular en "Inside Politics," de la CNN, y realizar apariciones regulares en "Meet the Press" en NBC y "Washington Week in Review."

Ha escrito un total de siete libros: "La democracia descarriada: las campañas y el poder del dinero" (Harcourt, 2000); "El sistema: el estilo estadounidense de hacer política en la picota" junto al periodista del Washington Post Haynes Johnson (Little, Brown and Company, 1996); "El hombre que iba a ser Presidente: Dan Quayle" con Bob Woodward (Simon & Schuster, 1992); "Detrás de la portada: un vistazo cándido al proceso de difundir las noticias" (Simon & Schuster, 1987); "El relevo de la guardia: poder y liderazgo en América" (Simon & Schuster, 1980 y Penguin, 1981); "Se acabó la fiesta: el fracaso de la política en América" (Harper & Row, 1972); y "El estamento republicano: presente y futuro del Partido Republicano," con Stephen Hess (Harper & Row, 1967).

Broder nació en Chicago y se licenció en ciencias políticas por la Universidad de Illinois, pasó dos años en el ejército y comenzó su carrera periodística en el Bloomington (Ill.) Pantagraph. Ha sido miembro permanente del Instituto de Política de la Escuela John F. Kennedy de Gobierno de la Universidad de Harvard y miembro permanente del Instituto de Ciencias Políticas y Asuntos Públicos de la Universidad de Duke.
David S. Broder
Últimos textos publicados
Fracaso estrepitoso en Egipto
David S. Broder
WASHINGTON - Después de haber crecido en la zona metropolitana de Chicago siendo hincha de los desafortunados Cubs y más recientemente de los desventurados Washington Nationals, me siento particularmente cualificado para comentar las luchas de la administración Obama por hallar un papel útil que desempeñar en la crisis que pone Egipto y al resto del mundo árabe patas arriba, por no hablar de las tormentas de nieve del interior y Nueva Inglaterra.

Sé que las analogías deportivas - como las anécdotas climáticas de la juventud de uno - son peligrosas y en ocasiones engañosas. Pero en este caso, son irresistibles.

El hecho que hay que aceptar es que hay muy poco que Washington pueda hacer a propósito del impacto de los sucesivos años de terrible clima invernal o el levantamiento de El Cairo que amenaza los intereses estadounidenses en Oriente Medio.

Abordemos primero lo segundo. Estados Unidos tiene una larga trayectoria en Egipto - una trayectoria demasiado larga. Se remonta al rey Faruk, un nombre que en estos tiempos no significa nada para mucha gente. Nadie posterior a mi generación podrá evocar la imagen mental del playboy emperador fumador empedernido de El Cairo. Pero él fue nuestro hombre durante un tiempo a principios de la década de los 50 y el pueblo egipcio no ha perdonado ni ha olvidado.

Mantuvimos relaciones con Egipto a causa de nuestro interés en el Canal de Suez, la arteria marítima vital por donde el suministro petrolero de gran parte del mundo se transporta desde el Golfo Pérsico. Ese interés era tan enorme que el Presidente Eisenhower desairó a dos de nuestros aliados más incondicionales, Gran Bretaña y Francia, cuando ellos decidieron tratar de arrebatar el control del canal a Egipto.

Esto nos hizo populares entre la gente de El Cairo durante un breve lapso de tiempo, pero no duró mucho. Los líderes posteriores que nos apoyaron, acabando en Hosni Mubarak, han sido cada vez más impopulares entre los suyos.

Lo que me devuelve a mi analogía.
Como hincha de los Cubs, y más recientemente como seguidor de los Nationals, estoy acostumbrado a dedicar los septiembres de cada año a leer acerca de las empresas del resto de equipos en la World Series. Ya se trate de los Red Sox defendiendo a los Yankees, o de los Giants que intentan entrar por primera vez desde que la Senadora Dianne Feinstein era la alcaldesa, aquellos que comparten mi historia han aprendido que ver a los demás equipos en momentos tan históricos no es divertido.

Sabes que algo importante está sucediendo y que inevitablemente te va a afectar. Pero no sabes a quién animar y, en última instancia, te acabas dando cuenta de que los acontecimientos van a desarrollarse y de que casi no tienes ninguna influencia sobre el resultado.

Esa es la realidad a la que se enfrenta hoy el Presidente Obama. Sus manos están atadas mientras Egipto estalla.

Al principio manifestó apoyo y simpatía hacia las fuerzas democráticas que llenan las calles y aprecio porque el ejército egipcio se abstuviera de disparar. Pero en cuanto quedó claro que Mubarak vivía sus últimas horas en el poder, antes o después, todo el mundo reparó en que la Hermandad Musulmana puede ocupar el vacío de poder resultante y el caos para erigir un régimen hostil a orillas del Canal de Suez.

¿A quién animas en una situación así?

Salto con alivio al tema del clima. Washington perdió a consecuencia de la nieve el pasado invierno una semana laboral entera, porque no teníamos recursos para hacer frente ni siquiera a unos cuantos copos. Aparte de una pesadilla nocturna recientemente, este año nos hemos salvado. Pero ver las fotografías de cientos de coches y autobuses atascados en Lake Shore Drive en Chicago la noche del martes trajo recuerdos de otras ventiscas que convirtieron en una aventura hasta cruzar Midway desde Burton-Judson para llegar a Cobb Hall a tiempo para la clase de historia en la Universidad de Chicago.

He conducido tantas veces por Lake Shore Drive, ya fuera por su salida en Sheridan Road o con destino al norte por Addison, donde todos los caminos conducen al estadio de los Cubs, que di el pésame a los conductores y los pasajeros que no podían llegar a la próxima salida a causa de todos los vehículos atascados. Lake Shore Drive, más conocida como el intercambiador de Detroit, termina en el Edgewater Beach Hotel, cuyas playas cristalinas pocas veces eran pobladas por sus ancianos residentes. Pero cortaba el tráfico que llegaba directamente de Evanston, sede de las dos instituciones más elitistas de la zona, la asociación de lucha contra el alcoholismo Woman's Christian Temperance Union y la Northwestern University, aún cuando no había ventiscas soplando. El martes ni siquiera se podía llegar al Edgewater Hotel.

No había nada que hacer al respecto. Exactamente igual que Estados Unidos en Egipto.

© 2011, The Washington Post Writers Group

sábado, 5 de febrero de 2011.
 
¿El retorno del hijo pródigo?
David S. Broder
WASHINGTON - Cuando la Asociación de Gobernadores Nacionales celebre su encuentro de invierno que arranca el 26 febrero, espero ver los primeros pasos de la campaña presidencial de 2012. Esa reunión de tres días va a plantear la primera oportunidad y la mejor que tendrá el grupo ampliado de 29 gobernadores Republicanos de formar comité y consultar entre ellos.

Lo primero que descubrirán es su propia influencia. A pesar de unas cuantas oportunidades perdidas en Illinois, Colorado y New Hampshire entre otros estados, los Republicanos se alzan con importantes avances, en el centro del país sobre todo. Tennessee, Ohio, Michigan, Wisconsin y Iowa, todos pasaron del control legislativo Demócrata al Republicano. Esta influencia adicional los convierte en una formidable fuerza en medio de una carrera presidencial Republicana sin favoritos.

A falta de un favorito legislativo claro que se haga con la candidatura, numerosos gobernadores y ex gobernadores se han posicionado para competir.

Mitt Romney en Massachusetts y Mike Huckabee en Arkansas, habiendo adquirido los dos experiencia útil y credenciales como rivales del Senador John McCain en 2008, volverán a ser candidatos casi seguro. Probablemente se acompañen de Tim Pawlenty en Minnesota, Haley Barbour en Mississippi y ahora Jon Huntsman en Utah, que vuelve al país tras ser destacado en Pekín como embajador.

El surtido de candidatos solventes y atractivos dificulta que los gobernadores cierren filas en torno a un único contrincante al principio del proceso como pasó con George W. Bush, por entonces Gobernador de Texas, al inicio de la campaña de 2000.

Pero queda otra opción -- la estrategia del hijo pródigo -- que preserva y mejora su influencia. Los hijos pródigos son los candidatos que se presentan sólo en los estados que representan, donde su popularidad les hace formidables. La estrategia lleva años sin utilizarse en las campañas presidenciales, pero este año es especialmente atractiva. Hay motivos para creer que Barbour, candidato con escasas posibilidades de alzarse con la candidatura, va a explotar el respeto que se ha granjeado entre sus colegas como secretario de la asociación para proponer la idea.

Aunque Barbour está en mejor situación para poner en marcha la estrategia del hijo pródigo -- y tiene pocas probabilidades de perder porque mucho tendría que llover para que los otros fueran considerados opciones serias -- otro gobernador será más importante a la hora de determinar si la estrategia levanta el vuelo o no.

Es Terry Branstad, otra vez Gobernador de Iowa tras décadas desde su primera apuesta al cargo. Figura política de excepcional habilidad, Branstad se cuenta en general entre los partidarios de Tim Pawlenty, de Minnesota. Su apoyo es la principal razón de que Pawlenty tenga alguna posibilidad en los comités que sirven de primera criba -- hasta frente a Huckabee, la sorpresa de 2008 en Iowa; Romney, que ha invertido bastante organizando el estado; y quizá alguno más, incluyendo a Newt Gingrich, el ex presidente de la Cámara.

La decisión de Branstad de suscribir la estrategia del hijo pródigo y abrirse a la candidatura como favorito de Iowa se consideraría inevitablemente como un importante golpe a Pawlenty. Pero podría favorecer a Pawlenty en los estados que celebran sus comités más tarde como New Hampshire, donde podría respaldar al candidato en lugar de hacer campaña por su cuenta con escasas posibilidades de ganar.

Si el Senador de Carolina del Sur Jim DeMint, que está sopesando la idea de convertirse en el candidato como favorito del movimiento fiscal, se declara favorito en las primarias a menudo cruciales de Carolina del Sur, tiene posibilidades de excluir a otros allí, y evitaría por completo lo que sería una nociva derrota.

En última instancia no puedo decir cuál de los actuales aspirantes se beneficiaría de la estrategia con éxito, con posibilidades de futuro como el General David Petraeus. Pero ello reservaría la influencia de los gobernadores para el momento de cerrar filas en torno a un único candidato. Y mientras tanto, ello alteraría de forma fundamental la dinámica de este intrigante proceso en el que puede pasar cualquier cosa.

jueves, 3 de febrero de 2011.
 
El momento de reforma fiscal brilla por su ausencia
David S. Broder
WASHINGTON - Estando enfermo seis semanas de diciembre y enero, el mundo cambió. Antes, la Casa Blanca había juzgado desastrosamente mal el clima político. Cuando fui a Ohio con el Vicepresidente Biden, él hizo todo lo que pudo por ignorar las pruebas de los dolores económicos, dando una charla a los peones industriales escépticos y diciéndome junto al resto de la prensa que estaba seguro de que los Demócratas iban a conservar su mayoría tanto en la Cámara como en el Senado.

La derrota electoral llegó como un golpe al Presidente y su administración. Pero Obama aprendió la lección y actuó puntualmente. El primer paso volviendo al centro era liberarse de su dependencia de Nancy Pelosi y Harry Reid y alcanzar su propio acuerdo con Mitch McConnell, el secretario de la oposición Republicana en el Senado. A cambio de la ampliación temporal de las bajadas tributarias Bush, Obama no sólo lograba tramitar importantes secciones de su propio programa económico sino la aprobación del tratado armamentístico con Rusia y la abolición de la política Clinton de los homosexuales en el ejército.

Consolidado de esta forma, empezó a reparar la Casa Blanca, dándole un aire netamente Clintonista. Ya había convocado a Jack Lew, negociador ducho, como su responsable presupuestario. Incorporó a mi amigo Bill Daley, un experto agente político con estrechos vínculos con el sector privado y la banca, como jefe de gabinete, y al veterano funcionario de la administración Clinton Gene Sperling como su principal asesor económico. Los Demócratas de izquierdas se pusieron de los nervios pero las vibraciones de Washington a Wall Street fueron buenas.

Entonces intervino el destino. El homicidio de Tucson brindó la clase de ocasión en la que todo el pueblo estadounidense recurre al Presidente para dar salida a su horror y su pena pero también a su determinación por dialogar entre sí y recuperarse. Como Ronald Reagan y Bill Clinton hicieron antes que él, Obama no decepcionó. Su discurso ante la audiencia del sepelio recordó a todo el mundo el motivo de que su voz hubiera sido tan valorada durante la campaña de 2008 -- y de que se quiera conservar en la Casa Blanca.

Todo el proceso de recuperación estaba orquestado para alcanzar su apogeo en el discurso del Estado de la Nación del martes. Salió bien parado entre la opinión pública, con sus referencias al bipartidismo y sus destellos de optimismo económico. Pero faltó alguna piedra angular.

Obama lo llamó un "momento Sputnik", pero no ofreció ninguna empresa tan ambiciosa. Lo que yo esperaba que iba a ofrecer es la reforma del régimen fiscal, que podría rendir múltiples dividendos.

También esperaba que Obama hablara de cerrar las lagunas que aprovechan los grupos de interés, conocidas técnicamente como ventajas tributarias. Erskine Bowles y Alan Simpson, secretarios de la comisión de deuda del presidente, habían puesto sobre el candelero el notable hecho de que 1 billón de dólares al año desaparece de las arcas públicas a consecuencia de estas lagunas.

Recuperar esos fondos habría de estar a la cabeza del programa económico. Importantes porciones de esos fondos se encuentran empotrados en dos secciones del código fiscal que cuentan con amplio apoyo entre la opinión pública -- la deducción tributaria por hipoteca y la exención tributaria en concepto de cobertura sanitaria pagada por la empresa.

Pero la mitad como poco de ese billón de dólares acaba en manos de los grupos de interés.

Imagínese lo que representaría recuperar 500.000 millones de dólares cada ejercicio. Si utiliza la mitad para reducir los tipos fiscales de particulares y empresas, como les gustaría hacer a los Republicanos, daría un enorme empujón a la recuperación económica y la creación de empleo. Si utiliza gran parte del resto para reforzar la educación y fomentar las energías renovables, y realizar el mantenimiento de las infraestructuras públicas como desean los Demócratas, se podría hacer realmente todas esas cosas sin agravar el déficit. Y podría apartar 100.000 millones de dólares para reducir la deuda nacional. Qué gran mensaje se trasladaría al extranjero -- que Estados Unidos es riguroso en lo de atajar su entrada en barrena económica.

Yo quería escuchar a Obama instando a Paul Ryan, el nuevo secretario Republicano del Comité Presupuestario de la Cámara cuyas ideas intelectualmente ambiciosas han despertado el interés bipartidista, a reunirse pronto con Kent Conrad, el secretario Demócrata del Comité Presupuestario del Senado que se va a jubilar, buen conocedor de los misteriosos rincones del régimen fiscal. Juntos, podrían preparar un programa y asestar un fuerte empujón a los respectivos comités legislativos. Y estoy convencido de que la enorme promoción de legisladores advenedizos acogería de buen grado la oportunidad de hacer lo que ninguno de sus antecesores había hecho desde los tiempos de otro Congreso políticamente dividido, empujados por Ronald Reagan, James Baker, el difunto Darman Dick y el Senador Demócrata Bill Bradley en 1986: poner orden y simplificar el régimen fiscal.

© 2011, The Washington Post Writers Group

sábado, 29 de enero de 2011.
 
 
Obama sube al candelero
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martes, 14 de diciembre de 2010.
 
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martes, 7 de diciembre de 2010.
 
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viernes, 3 de diciembre de 2010.
 
Doverayai pero Proveryai
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martes, 30 de noviembre de 2010.
 
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lunes, 29 de noviembre de 2010.
 
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viernes, 8 de octubre de 2010.
 
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miércoles, 6 de octubre de 2010.
 
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lunes, 20 de septiembre de 2010.
 
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martes, 14 de septiembre de 2010.
 
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viernes, 10 de septiembre de 2010.
 
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