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Afilando lápices

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
lunes, 16 de agosto de 2010, 05:13 h (CET)
La maquinaria educativa va lentamente calentando motores, anticipándose al curso escolar que comenzará en unas semanas más. Tanto en el aspecto pura y duramente lucrativo –esencia de las esencias de la educación en España, a tenor de los resultados de fracaso escolar obtenidos- como en lo legislativo, la cosa está poniéndose a punto. Las editoriales ya imprimen ejemplares a lo loco, moviéndose los comerciales con suma agilidad ante los profesorados para levantar los pedidos millonarios que sufragarán las familias de los escolares, a quienes les cambiarán unos libritos de mucho inútil colorín y precios astronómicos por otros de más colorín, distinta versión diciendo lo mismo y precio todavía más de locos, aunque hayan repetido. Pero también en lo legislativo la cosa va a toda máquina, y, si Dios no lo evita –que no lo hará-, tendremos ya como autoridades a profesores que sin duda alguna no merecen el título de autoridad más allá de su propio desempeño como maestro de una disciplina académica muy específica.

Respecto de los libros, nada que decir que no haya sido dicho ya en mil ocasiones: que son de una truculencia mercantilista intolerable, absurdos en su propia concepción y absolutamente inútiles, si consideramos las importantísimas tasas de fracaso que granjean. Bastaría con un exiguo venimécum para toda la Primaria, por ejemplo. La Ciencia, en fin, no cambia tanto como para que cada año las familias de los escolares deban invertir una fortuna en adquirir nuevos y distintos libros de texto, pudiendo y debiendo servir siempre los mismos para cada curso, un año tras otro, y, en todo caso, siendo actualizados sólo cuando la Ciencia haya cambiado sus postulados. Sin embargo, el negocio es el negocio, por lo que se ve.

Preocupando esto muchísimo a los padres y aun a los alumnos -¡a saber qué beneficios obtienen los dómines por elegir los libros de una editorial sobre otra!-, es todavía más preocupante la deriva que han emprendido las autoridades del país o autonómicas al intentar convertir a simples maestros en autoridades. ¿Harán lo mismo con todas las personas que trabajan de cara al público?... Si sanitarios y maestros son autoridades, ¿lo serán también los vendedores de las tiendas, los conductores de autobuses o los quiosqueros, verbigracia?...

Convertir en autoridad a un profesional de un ramo distinto de la Seguridad del Estado es, cuando menos, una bestialidad con todos sus lexemas y morfemas, si no la creación de un estado stalinista o policial. Aberraciones de este tipo no son justificables por más que se invoque una tan excepcional o anecdótica agresión a algún o algunos profesores por parte de alumnos o familiares de éstos, pues que para eso están las leyes al efecto, sino una cobertura que propiciará abusos intolerables por parte de quienes cobran por enseñar y nada más que por eso, aunque en muchos casos lo hacen mal, con malos modos y con espantosamente desastrosos resultados. Tal vez el modelo que han elegido estas nefandas autoridades que convierten en autoridades a los profesores sean admiradores de la escuela británica –donde el palo es ley-, o quizás de Pink Floid y su The Wall, donde los profesores convierten a los niños en autómatas biológicos.

Son precisamente estas nefandas autoridades –y las otras, los profesores- los que hacen recaer sobre los alumnos, los niños y jóvenes, la totalidad de la responsabilidad del fracaso escolar cuando precisamente ellos son los únicos inocentes. Un profesor suele producir más ciudadanos que odian a la cultura y más jóvenes antisistema que la totalidad de la realidad político-social, y ya es decir mucho. En muchos casos, hay profesores especializados en destruir niños y jóvenes, y nada se hace contra ellos ni se legisla para evitar tamaño atentado. Lejos de convertir a los profesores en autoridades, lo que hay que hacer es someterlos a muy estrecha vigilancia, porque sus favoritismos hacia ciertos alumnos y sus sofisticadas técnicas de marginación y maltrato psicológico hacia otros, son, precisamente, las responsables de que muchos aparentemente excelentes alumnos rebuznen en toda la escala musical y que auténticos cerebritos fracasen en la escuela, siendo condenados injustamente al odio hacia el sistema. Y eso por no entrar en otras causas menos inocentes, que ya se sabe que lo que aquello que se desea, o se lo ensalza... o se lo persigue (dícese ahora acoso sádico).

Si a la hora de considerar el fracaso escolar de un alumno se contemplara no sólo los exámenes de ese curso o esa evaluación, sino el conjunto del expediente de ese alumno en ese centro específico, no sería infrecuente comprobar que ese niño o ese joven ha ido cayendo desde el sobresaliente al suspenso año a año, y que esto en absoluto es achacable a la familia o al ambiente social, sino a la impericia... o a la sevicia injustificada de profesores que, lejos de saber enseñar y tener la pedagogía suficiente, se han dedicado en cuerpo y alma a ensañarse y maltratar al alumno psicológicamente, a menudo creándole conflicto que arrastrará durante toda su vida. El maestro, en consecuencia, lejos de ser elevado a los altares de la autoridad, debe estar atado bien cortito por inspectores de educación que sean, especialmente, adversarios de los maestros para evitar corporativismos intolerables. El material con el que trabajan los maestros es, en fin, el más sensible de todos: nuestros hijos, y, por ende, el futuro de nuestro país. No se le puede dar una gorra de plato a cualquier personaje, y los profesores, hoy por hoy –ahí están los resultados-, no lo merecen. Es más, en muchos casos y en centros muy específicos, son el adversario. Que afilen los lápices, pues, los alumnos, que los padres afilaremos a los abogados: no nos dejan otra.

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