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Etiquetas:   Crítica de libros   Novela   -   Sección:   Libros

Un ejemplo de banalidad literaria actual sólo apta para lectores poco exigentes

Crítica de 'El libro de los Baltimore', de Jöel Dicker
Ana Alejandre
sábado, 12 de noviembre de 2016, 11:41 h (CET)
Esta novela que viene arropada por una campaña publicitaria impresionante, despierta demasiadas expectativas en el lector medio que piensa que cuando su autor ha recibido tales e importantes premios, como es el caso de Jóel Dicker, toda obra suya tiene que ser de gran calidad literaria por el eco que la acompaña, olvidando que premios y best-sellers muchas veces van unidos de la mano, porque como decía Albert Camus: "El éxito es fácil de conseguir, lo difícil es merecerlo". Muchos éxitos van siempre acompañados de una buena campaña publicitaria que obra milagros, tanto en los lectores que se dejan convencer de la bondad de una obra que puede ser un bodrio, como en el ánimo de un jurado a la hora de otorgar un premio detrás del que hay fuertes intereses editoriales que son los que mandan.

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El libro de los Baltimore tiene muchas páginas, 476, demasiadas, por lo que es larga en extensión y, quizás, en intención, pero corta en resultados. La obra gira sobre la importancia de la amistad verdadera en la vida de cada individuo, especialmente en la difícil etapa de la adolescencia y juventud y la impronta emocional que su recuerdo deja al paso de los años. Su protagonista, Marcus Goldman, va narrando sus experiencias como miembro de una familia de clase normal, pero también su vida al lado de sus tíos y primos que son la rama rica de la familia, con la que establece comparaciones ineludibles, aunque siempre desde la más absoluta admiración y afecto sinceros. Estar con ellos, para el protagonista, es sinónimo de felicidad. Al lado de sus tíos y primos, sus propios padres, abuelos y demás personajes son grises, mortecinos y poco interesantes.

La narración va desarrollándose con saltos temporales hacia atrás y adelante, mientras el protagonista va desgranando sus recuerdos de unos seres que ya murieron, pero que le acompañan en el recuerdo y la nostalgia.

Los personajes adolecen en su análisis de cierta y patente ingenuidad. Están los personajes buenos, extraordinarios en su valía, como son sus tíos Saul y Anita y sus primos Hillel y Woody, y la hermosa Alexandra y sus padres, por el otro los personajes malos, perversos y feos como Vincent, apodado Cerdo. A su lado, los personajes mediocres, corrientes, vulgares y sin ningún atractivo ni cualidad a resaltar como son los padres, abuelos, el director del colegio, el novio actual de Alexandra, etc., solo cumplen el papel de comparsas para que los personajes estrellas se luzcan en comparación. Es decir, el maniqueísmo más pueril está servido en esta novela del escritor suizo multipremiado y superpublicitado que escribe con una puerilidad que asombra en alguien que no destine sus obra a adolescentes y jovencitos. Precisamente, es entre esa franja de edad de los lectores en la que tiene mucho éxito, como así lo demostró la concesión del XX Premio San Clemente de varios institutos de bachillerato gallegos que votaron a su obra anterior "La verdad sobre el caso Harry Quebert" como merecedora de dicho premio.

El buenismo absoluto, antes aludido, de sus personajes que los hace inverosímiles, junto a los diálogos pueriles, cortos y meramente circunstanciales que son el único medio que tiene el lector para intentar conocer la idiosincrasia de cada uno, pues solo aparecen calificados como seres positivos o negativos, sin mayores claroscuros y, por lo tanto, sin ninguna verosimilitud, convierte a esta publicitada novela con todos los honores en un subproducto literario, ameno en su lectura para lectores adolescentes y veinteañeros ingenuos -lo que actualmente es improbable-, pero no para un público adulto que siente, por momentos, que está leyendo la historia de Heidi por la candidez de la historia, impropia en esta sociedad en la que si algo se ha perdido es la ingenuidad y la inocencia. Todo ello, a pesar del Drama, núcleo narrativo de esta novela que no consigue quitarle la sensación al lector de que está leyendo una novela rosa, en cuanto a la relación de amor y desamor de Marcus y Alexandra, siempre dentro de unos cánones de amor inverosímiles en su relación de va y viene, sin consistencia argumental ni lógica.

Esta novela es de fácil lectura, amena y convencional, pues no le supone ningún esfuerzo al lector leerla, pero tampoco olvidarla, al igual que a sus personajes "buenísimos", todos ellos representantes del system live americano, del lujo y la opulencia de la clase social a la que pertenecen los tíos ricos del protagonista que, además, son encantadores, buenos, generosos y tan increíbles como que esta novela pueda ser un referente literario para lectores adultos que hayan dejado muy atrás la adolescencia y a su innegable carga de inocencia, ingenuidad e idealismo.

Incluso cuando habla del Drama -así, con mayúscula-, que se desata y les rompe la vida a todos esos personajes buenos y adorables, no consigue esta novela dar una imagen creíble de la vida real, la que bulle en las calles en la sociedad actual, en la que se puede encontrar de todo menos esa ingenuidad no contaminada por una realidad que mata lo sueños, los ideales y la inocencia cada vez a edades más tempranas.

El libro de los Baltimore es una novela que parece destinada al público de otra época en la que los valores humanos se cultivaban -por lo menos, en la apariencia-,y la propia sociedad, en su conjunto, era mucho más ingenua y capaz de creer historias como esta de una puerilidad que asombra y aburre por su falta de consistencia y credibilidad.

El libro de los Baltimore, Jöel Dicker, Alfaguara, 2016,476 pp.
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