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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

El error garrafal chino

Robert J. Samuelson
Robert J. Samuelson
martes, 16 de febrero de 2010, 09:26 h (CET)
WASHINGTON - A tenor de los últimos acontecimientos, es ya evidente que la elite política, empresarial y académica de los Estados Unidos ha errado en sus estimaciones de China de forma fundamental. Los conflictos con China se han multiplicado. Contemos: el devaluado renminbi y su efecto sobre el comercio; el fracaso de las negociaciones relativas al calentamiento global en Copenhague; el tibio apoyo de China a los esfuerzos por evitar que Irán logre fabricar la bomba; su trayectoria igualmente tibia a la hora de empujar a Corea del Norte a renunciar a su minúsculo arsenal atómico; la venta de armamento estadounidense a Taiwán; y la amenaza de Google de abandonar China en lugar de tolerar la presente censura.

Estados Unidos y China ven el mundo en términos totalmente diferentes. La lección de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial para los estadounidenses es que el aislacionismo es contraproducente. Se intentó tras la Primera Guerra Mundial, y fracasó. Estados Unidos no tuvo mas remedio que aventurarse al extranjero para proteger su economía y su integridad. Estas ideas centrales siguen constituyendo la piedra angular de las justificaciones de los compromisos militares en el extranjero y el ascenso de una economía mundial sin obstáculos. La aspiración es a la estabilidad, no a crear un imperio.

China también ambiciona la estabilidad. Pero su trayectoria y sus perspectivas son diferentes, como demuestra Martin Jacques en su magistral "Cuando China gobierna el mundo". Partiendo de la primera Guerra del Opio (1839-42) - cuando Inglaterra insistió en la importación de opio de la India - China sufrió una serie de derrotas militares y tratados humillantes que concedieron privilegios políticos y comerciales a Inglaterra y Francia, entre otras naciones. Durante el siglo XX, China fue cantonizada por la guerra civil y la invasión japonesa. No fue sino hasta el triunfo de los comunistas en la guerra civil en 1949 que apareció un gobierno nacional unificado. Estas experiencias dejaron huella: temor al desorden público y recuerdos vagos de explotación extranjera.

Desde 1978, la economía de China ha crecido aproximadamente a un ritmo de orden 10. La suposición generalizada en América decía que a medida que China se enriqueciera, sus intereses y valores convergerían hacia los de los Estados Unidos. China iba a ser cada vez más dependiente de una economía global próspera. Los mercados nacionales más liberalizados iban a relajar el monopolio del Partido Comunista sobre el poder. Estados Unidos y China no siempre iban a coincidir en todo, pero los desencuentros serían superables.

Pero no está siendo así. Una China más rica se ha vuelto más asertiva, observa Jacques. El prestigio de los Estados Unidos también ha sufrido fruto de la crisis financiera originada en los Estados Unidos. Pero las diferencias son más profundas: China no acepta la legitimidad o la conveniencia del orden global post-Segunda Guerra Mundial, que descansa en la responsabilidad compartida entre las grandes potencias (lideradas por Estados Unidos) para con la estabilidad económica mundial y la paz.

Las políticas de China reflejan una noción diferente: China es la principal prioridad.

A diferencia del movimiento aislacionista America First de la década de los años 30, China First no significa desconexión del mundo. Lo que significa es participación según las condiciones dictadas por China. China acepta y apoya el orden existente siempre que éste sirva a sus fines, como cuando ingresó en la Organización Mundial de Comercio en el año 2001. De lo contrario, juega según su propio reglamento.

Su política comercial es explícitamente discriminatoria con el fin de abordar dos problemas cruciales: el excedente de mano de obra, y la escasez de productos de primera necesidad. El renminbi devaluado pretende ayudar a crear los 20 millones de puestos de trabajo o más que Jacques cita como imprescindibles cada año. China está recorriendo el mundo para realizar inversiones en materias primas, combustibles particularmente. El objeto de la "reforma económica", escribe Jacques, "nunca fue la occidentalización", sino "el deseo de restaurar el pedigrí del Partido (Comunista)".

La mayoría de los desencuentros chino-estadounidenses reflejan la resistencia de China a poner en peligro objetivos nacionales en interés de fines internacionales. No va a suscribir las reducciones vinculantes de gases de efecto invernadero ya que esto puede deprimir el crecimiento económico y (de nuevo) la creación de puestos de trabajo. En la cuestión de Irán, valora sus inversiones petroleras más de lo que teme a las cabezas nucleares iraníes. Asimismo, teme que la inestabilidad en Corea del Norte pueda empujar por la frontera a miles de refugiados. Debido a que Taiwán es calificado de parte de China, las ventas de armamento estadounidense se convierten en una injerencia interna. Y la censura es necesaria para mantener el control monopartidista.

La visión del mundo que tiene China amenaza los intereses geopolíticos y económicos de Estados Unidos. Recientemente, 19 entidades comerciales estadounidenses remitían un escrito a la administración Obama advirtiendo que el nuevo reglamento chino de "innovación oriunda" puede excluir a "un amplio abanico de empresas estadounidenses" del mercado chino - u obligarlas a ceder tecnología avanzada. (Las empresas británicas están tan indignadas por el "proteccionismo abrumador" que algunas podrían abandonar China, informa el Telegraph).

Sería una tragedia que estas dos superpotencias empezaran a calificarse de adversarios mutuamente. Pero esa es la tónica. Herederos de una tradición cultural de 2.000 años - y ciudadanos del país más grande del mundo - los chinos tienen un complejo de superioridad innato, escribe Jacques. También los estadounidenses tienen complejo de superioridad, pensando que nuestros valores - la fe en la libertad, el individualismo y la democracia - reflejan aspiraciones universales.

Los conflictos de mayor relieve y un choque de egos nacionales parecen inevitables. Ya no debemos cruzarnos pasivamente de brazos mientras las políticas comerciales y monetarias de China hacen peligrar el empleo aquí y en todas partes. Las diferencias políticas entre los países son cada vez más difíciles de ignorar. Sin embargo, dado el creciente poder de China - y el frágil estado de la economía mundial - una confrontación puede no hacer ningún bien a nadie. El error de cálculo nos conduce por oscuros derroteros.

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