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Etiquetas:   Reales de vellón  

IPCC (ONU): RIP (y III)

Sergio Brosa
Sergio Brosa
lunes, 21 de diciembre de 2009, 07:05 h (CET)
Según estaba previsto, la cumbre sobre el cambio climático de Copenhagen, después de dos semanas de dimes y diretes, tiras y aflojas, salte tú que me pongo yo, presiones, depresiones y sexo gratis, se saldó con un pírrico y aguado acuerdo de 3 páginas, a gusto de nadie. Un suspicaz compromiso que no compromete a nada y perfecciona que Kioto fue una cortina de humo y Bali un carnaval. Pero eso sí, los delegados han contaminando como una ciudad de 200.000 habitantes.

Hacia el final de los 15 días de reuniones; de arrimar cada uno el ascua a su sardina; de plantes de países emergentes; de algaradas callejeras en nombre de la paz climática; de poner de manifiesto los taimados intereses de ciertas multinacionales y países emergentes al saqueo de los países industrializados, se esperaba la llegada del presidente Obama, como el nuevo taumaturgo capaz de dejar al rey Midas como un aficionado. En Obama habían puesto los delegados sus complacencias por haber anticipado que propiciaría una reducción de emisiones de gas de efecto invernadero en sus EE.UU., aunque el Senado se afanó en apostillar que el presidente no está legitimado para tal propuesta sin la aquiescencia del propio Senado. Por lo que el efecto multiplicador por la prematura afirmación de Obama se maliciaba que no empujaría en la misma dirección a China, el otro campeón mundial de la contaminación.

Y una vez más, el presidente Obla-blama que no hace nada sino mucha proclama, aceptó que tiene limitaciones a lo que puede cumplir de cara a sus administrados y que lo obtenido por el momento en su proyecto de la sanidad y en lo referente al cambio climático, era suficiente por ahora. O sea, nada.

No hubo acuerdo en la reducción de emisión de gases: suspenso general.

Pero no para todos ha sido un fracaso la quincena del cambio climático en la ciudad de Hans Christian Andersen, famoso narrador de cuentos de hadas, pues los países emergentes han obtenido un generoso compromiso de los industrializados: una subvención de 30.000 millones de dólares para los próximos 3 años; que llegará a los 100.000 hasta el 2020, para reducir sus emisiones de CO2 a la atmósfera: “juntos o por separado” como dice el acuerdo final de esas 3 hojas que fue aceptado risueñamente por los líderes de la Unión Africana, porque la supervisión de la reducción de gases de efecto invernadero se hará al estilo compadre: “con previsiones para la consulta y análisis internacional”. China se ha desmarcado en cualquier caso de la supervisión internacional por considerarlo una injerencia en su soberanía. Por lo que no debería recibir subvención alguna si no va a dejar que se controlen sus emisiones.

También habrá compensaciones económicas a los países que conserven sus bosques, porque hay que contener la deforestación. Bien dicho. Pero si no tienen otras fuentes de ingresos más que vender la madera de sus bosques a las multinacionales del papel, recibir una subvención por no deforestar los puede convertir en destinatarios de un nuevo “mantengo” internacional.

Como contrapartida a la subvención, los países que opten a su concesión deberán presentar en el plazo de dos meses el proyecto en el que la van a invertir; las multinacionales que finalmente percibirán el importe de las subvenciones por la instalación de sus artilugios para frenar las emisiones de CO2, tienen ya confeccionados todos los planes de negocio que los diversos países van a precisar, a falta de poner el nombre del país correspondiente y la cuantía de la subvención.

La carrera por la presentación de proyectos ha comenzado y, como en la carrera de Oklahoma, quien antes plante su bandera, antes cobra.

En definitiva y como venimos reiterando, los mandatarios, también llamados impropiamente líderes pues la mayoría no lo son, de los países mayormente industrializados, no se creen lo del cambio climático, razón por la que no quieren llegar a acuerdo alguno de reducción de emisiones, pues saben que el calentamiento global es de origen natural y nada tiene que ver con las emisiones antropogénicas. Pero como se trata de causas populares, pues nadie quiere que muera la Tierra mientras esté uno en ella, en eso consiste la diplomacia: decir sí, pero no hacer nada. Entrañaría el riesgo de colapso del progreso económico. Y en una coyuntura como la actual, nadie, ninguno de los líderes o mandatarios va a jugarse el crecimiento de su país por dar gusto a los fundamentalistas de la ecología. Mejor pagar una subvención y acallar a los salvaplanetas ahora amamantados por la ONU.

El propio José Luis Rodríguez Zapatero, en su alocución a los delegados en Copenhagen, dejó muy clara la situación: “La Tierra pertenece al viento”. Mientras, subvenciona el carbón nacional con casi 1.000 millones de euros. La coherencia personificada.

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