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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Nibiru (I)

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
lunes, 7 de diciembre de 2009, 01:03 h (CET)
Que el Vaticano tiene entre sus filas a los más reconocidos talentos de todos los tiempos no es algo que escape al conocimiento de los más ilustrados, pero algo que desconoce la mayoría de la población. Desde la Biología a la Astronomía o las Matemáticas (por citar sólo algunas disciplinas científicas), pocos campos hay en los que no vayan varios decenios por delante de sus colegas seglares, destacando entre ellos nombres como Mendel o como Lamaître, siendo este último quien sentó las bases del famoso Big-Bang, y aun siendo padre de ideas que, junto con Procaire o Lorenz derivaron en la Teoría General de la Relatividad que más tarde se le atribuyó a Albert Einstein, aunque, eso sí, mediando alguna que otra demanda de plagio.

En el campo de la Astronomía, directa o indirectamente, siempre han ido un poco a la cabeza, y ya desde el observatorio de Castelgandolfo hicieron importantes descubrimientos. Tuvo los primeros observatorios de la Historia, remontándose el primero al siglo XVI –La Torre de los Vientos-, lo que les sirvió para ser los primeros en catalogar las estrellas en función de su emisión luminosa. De la Colina Vaticana, ubicación del primer observatorio importante, establecido en 1891, se decidió trasladarlo a Castelgandolfo debido a la contaminación luminosa de Roma, no mucho antes de la II Guerra Mundial. Allí, precisamente, fue donde hicieron los descubrimientos más perturbadores.

La Iglesia Católica, además de en Astronomía, destaca por sus eruditos investigadores históricos y por sus memorables arqueólogos especializados en culturas extintas, además, por supuesto de sus propios desarrollos bíblicos y de la cultura semita. Pocos eruditos mayores hay en las culturas sumerias, acadias, babilonias o semíticas que los especialistas de la Iglesia, por más que no sean tan dados a la publicidad como los seglares o los miembros de otras religiones. El hecho que nos interesa, es que en este punto exacto convergen las dos ramas eruditas. Ya desde antiguo los astrónomos católicos –jesuitas, agustinos, etc.- habían estado investigando las perturbaciones orbitales de Urano y Neptuno, seguros como estaban otros tantos astrónomos laicos de que un cuerpo extraño, un planeta de grandes dimensiones (planeta X, por planeta 10) estaba causando esos desvaríos orbitales, el cual nombrado así por Percival Lowell en 1905. En 1930 se descubrió a Plutón, pero este cuerpo no era suficiente para justificar las perturbaciones de Urano, ni siquiera el Abismo de Kuiper. No; ni era suficiente este planetoide, no lo fueron los descubiertos después, como Xena u otros. Ellos buscaban otra cosa, un cuerpo más masivo al que hacían referencias libros remotos como la Biblia Kolbrin, algunos textos sumerios o incluso los propios textos bíblicos oficiales, al cual se le achacaba, o bien el mismísimo Diluvio y la extinción masiva consuetudinaria, o bien el planeta o cometa del exterminio, el Ajenjo bíblico.

Y lo descubrieron a finales de los años 70. Los datos y observaciones lo confirmaban sus temores más ancestrales, pero era precisa una certeza que sólo podía proporcionar la visión directa, la evidencia fotográfica y la medición orbital directa. Era, ciertamente, un descubrimiento demasiado importante como para hacerlo público sin más, ni aun a los restringidos ámbitos de la comunidad astronómica. Por eso se estableció el "Secretum Omega", y comenzaron en secreto la construcción de la sonda Siloé en el ámbito del proyecto Kerigma, a fin de corroborar lo que observaciones y cálculos matemáticos corroboraban. En 1982 lanzaron la sonda Siloé desde un avión Aurora, y no tardaron en obtener la confirmación gráfica de su descubrimiento y lo acertado de sus cálculos. Una certeza que les hizo, en el mismo ámbito del proyecto Kerigma, iniciar la construcción del Observatorio Vaticano de Tecnología Avanzada (VATT) en el Monte Graham, Arizona, concluido y puesto en funcionamiento en 1993.

Los EEUU, enterados por sus servicios secretos de parte del descubrimiento Vaticano, quisieron corroborarlo por sus propios medios. Demasiada agitación silenciada había en el Vaticano y demasiado movimiento se había comenzado a observar en los círculos más cerrados de la Iglesia a partir del lanzamiento de la sonda Siloé como para no intentar estar al tanto de sus descubrimientos, especialmente considerando lo extremadamente sofisticado, eficaz y hermético de los Servicios Secretos Vaticanos. Así, en 1983 lanzó la NASA la sonda IRAS con semejante propósito, y descubrieron exactamente lo mismo que el Vaticano, de suyos descubrimientos quedan vestigios (después negados) en casi todas las hemerotecas por causa de los informes y observaciones de la NASA filtrados a la prensa, tales como los artículos publicados al respecto por New York Times, Washington Post, etc. Si el Vaticano se decidió como consecuencia de esto a la construcción del VATT y su puesta en marcha, EEUU hizo lo propio en la Antártida con el STP de infrarrojos, el cual comenzó a funcionar en 2003.

Conviene apuntar en este primer artículo de la serie, por último, que Siloé es el nombre de un estanque al que Jesús mandó lavarse los ojos a un ciego que allí había mendigando, después de habérselos ungido en saliva y barro. Y al ciego, una vez se lavó con las aguas del estanque, se le abrieron los ojos. Una alegoría de la iluminación, de ver lo que está oculto para los demás mortales, los ciegos.

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