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Etiquetas:   Perspectiva de Levante   -   Sección:   Opinión

La importación de la fiesta de Halloween

Domingo Delgado
Domingo Delgado
domingo, 1 de noviembre de 2009, 09:48 h (CET)
En nuestra sociedad multicultural, va tomando carta de naturaleza de forma progresiva la celebración de la conocida fiesta celta de Halloween, o fiesta de brujas, que la cultura angloamericana ha exportado, dentro de la colonización cultural que desde la misma se hace por el gran dominio de los medios y técnicas actuales de comunicación, que llevan a considerar en este aspecto también, la concepción del mundo como la “aldea global”, con sus pros y sus contras.

Lo cierto es que en nuestro entorno sociocultural, hace un par de décadas apenas se conocía y menos se celebraba este tipo de festividad –mezcla carnavalesca de pésimo gusto del fenómeno tanatológico-. Pues por estas fechas la tradición cultural hispana nos deparaba –y aún nos depara- la fiesta de todos los santos el día primero de noviembre, instaurada por el Papa Urbano IV para venerar a todos los santos que no tengan fiesta propia en el calendario litúrgico eclesiástico, y que en otras Iglesias (ortodoxa, anglicana, y luterana) se celebran el día de Pentecostés, pero que en la Iglesia Católica en Papa Gregorio IV –a mediados del siglo IX- pasó al 1 de noviembre en compensación con la correlativa tradición céltica del día de Halloween, celebrado el 31 de octubre. Siguiendo a estos acontecimientos la celebración cristiana del día de difuntos el 2 de noviembre, para pedir por las almas de los fallecidos. Festividades religiosas, que tienen su finalidad dentro de la antropología cristiana, que en ningún caso da culto a la muerte, ni celebra de forma anacrónica y masoquista el hecho serio y veraz de la muerte como fin de la vida del ser humano, que poco o nada tiene de celebración, más allá de la esperanza espiritual que se pueda tener en el más allá, amparada en la fe.

Por consiguiente, esta anacrónica fiesta importada, que viene eclipsando especialmente en las jóvenes generaciones el significado de la festividad de todos los santos, y la consiguiente del día de difuntos, no llega si quiera a expresar un sincretismo de ambas festividades pagana y religiosa, sino que supone más bien una incorporación de la fiesta pagana a nuestra sociedad. Lo cual no deja de ser una paradoja si contemplamos el desplazamiento cultural que el hecho de la muerte tiene actualmente en nuestra sociedad.

La actual sociedad moderna, del progreso y la tecnificación, sigue enfrentándose al fatal e inevitable suceso de la muerte. Lo cual tiene su lógica intrínseca, dada la naturaleza caduca y perentoria del hombre, sujeta a contingencias de la enfermedad, de la accidentalidad y de la muerte. Pero sin embargo, a diferencia de nuestros antepasados, el hombre del siglo XXI, se aliena en la dinámica vital con la velocidad que imprime la vida moderna, y da la espalda a este enojoso hecho, que sin embargo se encuentra de forma inexorable a lo largo de su biografía, de forma más o menos próxima, hasta que le toque pasar por su propia muerte. De forma que esto unido al proceso profundo de secularización, ha llevado al hombre moderno a “ubicar la muerte”, de manera que ya los entierros se celebran en los tanatorios, fuera de las ciudades, los difuntos no se llevan a las casas a velarlos, e incluso el moderno proceso de cremación resuelve de forma eficaz la destrucción civilizada del cadáver. Algo que el ser humano no acaba de asumir del todo, estando inmerso en una cosmovisión mecanicista, consumista y material de la vida. Pero ahí está la última realidad.

Por todo ello, parece bastante paradógico por contradictorio, que este hombre moderno que vive de espaldas a la defunción, le de entrada –a modo de mofa festiva- a una fiesta tétrica que rinde culto a una determinada mitificación de la muerte, poco realista, aunque los disfraces sean de expresión patética y soez.

Pero con todo, resulta una muestra más de la importación cultural a la que estamos sometidos en los últimos tiempos, con la consiguiente pérdida de nuestras raíces culturales que nos han legado nuestros antepasados, y que contribuyen a la identidad como pueblo, que de esta forma la iremos perdiendo.

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