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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Librarse de la versión 2.0 de la Gran Depresión

Robert J. Samuelson
Robert J. Samuelson
sábado, 3 de octubre de 2009, 06:38 h (CET)
WASHINGTON - ¿A cuánto estuvimos de caer en la versión 2.0 de la Gran Depresión? Esta cuestión engendrará un gran negocio a pequeña escala de libros, estudios y conferencias. Pero Christina Romer, la secretario del Consejo de Asesores Económicos del Presidente Obama, tiene ya una respuesta: a un pelo. Su conclusión es digna de tenerse en cuenta porque Romer, en su anterior puesto, era académica especializada en la Gran Depresión.

"Depresión" es una expresión que tiene una acepción especial. Es más que un acusado cambio de tendencia bajista económica. Lo que distingue a una depresión de una recesión acusada es el miedo paralizante a lo desconocido -- tan acusado que hace que consumidores, empresas e inversores retiren sus inversiones y sean pasto del pánico. Acaparan liquidez y atajan el gasto con desesperación. Venden títulos y demás activos. Una devastadora pérdida de confianza despierta un comportamiento que desborda el mecanismo normal de corrección (tipos de interés más bajos, reabastecimiento de inventario, precios baratos) que normalmente impide que una recesión se agrave y prolongue: llega la depresión.

Comparando la de 1929 con los años 2007-09, Romer considera que el primer golpe a la confianza fue mucho más importante hoy que entonces. Cierto, los valores del mercado se dejaron un tercio de su valor entre septiembre y diciembre de 1929; pero menos estadounidenses tenían inversiones en bolsa entonces, y los valores habían subido a primeros de año. Por otra parte, los precios de los inmuebles apenas bajaron. De diciembre de 1928 a diciembre de 1929, la riqueza total de los hogares disminuyó sólo un 3 por ciento. Por el contrario, la pérdida de riqueza de los hogares entre diciembre de 2007 y diciembre de 2008 fue del 17 por ciento - más de cinco veces mayor. Tanto las acciones como las casas, de propiedad más extendida, sufrieron pérdidas mayores.

Traumatizada de esta forma, la economía podría haber entrado en una caída libre rematada en una depresión. De hecho, sí entró en una caída libre. El aniversario de la quiebra de Lehman Brothers a mediados de septiembre motivó muchas opiniones en torno a que salvar a la entidad de inversiones (BEG ITAL)no(END ITAL) habría evitado la crisis. Muchas otras entidades de crédito también tenían deudas de cobro dudoso. Cierto. Pero permitir que quebrara Lehman es casi seguro que agravó la crisis. Al crear más incertidumbre -- ¿qué empresas serían rescatadas, cuál era el precio real de los títulos "tóxicos"? -- la quiebra de Lehman convirtió los motivos de inquietud normales en temores desaforados que sembraron el pánico.

A medida que los mercados de crédito se volvían cada vez más rígidos, los precios de los valores se derrumbaron. A finales de año, el industriales Dow Jones se había dejado un 23% de su valor con respecto a su cotización pre-Lehman y el 34 por ciento con respecto a su valor un año antes. El pánico financiero envenenó la psicología popular. En septiembre de 2008, el medidor de la confianza del consumidor que calcula la organización Conference Board marcaba un nivel de 61,4 puntos. En febrero, era de 25,3. Los compradores se abstenían de comprar coches, electrodomésticos y otros artículos de necesidad y precio elevado. El gasto en estos "bienes duraderos" se desplomó a un ritmo del 12% anual durante el tercer trimestre del ejercicio 2008 y a un ritmo del 20% durante el cuarto trimestre. Con un ligero retraso, las empresas congelaron los proyectos de inversión; ese gasto se desplomó a un ritmo del 20% durante el cuarto trimestre y del 39% en el primer trimestre del ejercicio 2009.

Que esas enormes pérdidas no condujeran a la depresión indica principalmente, como sostiene Romer, las medidas de compensación acometidas por el gobierno. Los mercados privados de bienes, servicios, el mercado laboral y de valores bursátiles sí se autocorrigieron casi en su totalidad; pero el pánico, impulsado por el miedo acusado a lo desconocido, se alimenta a sí mismo y desarma estas tendencias hacia la estabilización. En esta situación, sólo el gobierno puede proteger a la economía en conjunto, porque la mayoría de los particulares y las empresas toman parte de un comportamiento contraproducente de autoprotección.

El fracaso del gobierno a la hora de desempeñar este papel en los primeros años de la década de los 30 transformó la recesión en depresión. Eso cambió cuando el recién investido Franklin Roosevelt cerró todos los bancos el 5 de marzo de 1933. Muchos ya estaban cerrados, después de haber sufrido cancelaciones masivas de depósitos por parte de clientes aterrorizados que temían perder sus ahorros. Sin embargo, cuando los bancos volvieron a abrir a mediados de mes, los estadounidenses devolvieron la mayor parte de sus depósitos. La razón no fue sólo el primero de los tranquilizadores discursos a la nación pronunciados por Roosevelt en una atmósfera íntima ("Es más seguro depositar sus ahorros en un banco reabierto que debajo del colchón"), afirma un estudio realizado por el economista William Silber, de la Universidad de Nueva York. La promesa de Roosevelt resultaba creíble porque la Reserva Federal tenía competencias para ofertar divisa a cualquier entidad bancaria por valor del 100 por ciento de sus depósitos.

Algo análogo ocurrió el año pasado. Los eruditos debatirán qué intervenciones - la Reserva Federal apuntalando un sistema de crédito en descubierto, el Programa de Ayuda a Fondos sin Liquidez, el "plan de estímulo” de Obama o las "prueba de solvencia" bancaria – tuvieron el efecto más benéfico. Con independencia de ello, todas ellas estaban pensadas para tranquilizar al público con que la caída libre se detendría y, de esa manera, atajar el temor a la caída libre constante. La confianza había de ser devuelta para que los mecanismos normales de recuperación de una economía pudieran funcionar. Esto parece haber sucedido. El mes pasado, el índice de confianza del consumidor había repuntado hasta valores del 53,1. El precio de la vivienda había dejado de caer. Según el índice Case-Shiller de precios de la vivienda, su valor ha aumentado durante tres meses seguidos.

Pero esta mejora de la confianza no es optimismo. Es ausencia de terror. La confianza del consumidor sigue siendo débil. Los datos de desempleo (del 9,8 por ciento) son pésimos; la solidez de la recuperación no está clara. También en esto hay reverberaciones de los años. A pesar de tocar fondo en 1933, la depresión en realidad no terminó hasta la Segunda Guerra Mundial. El gobierno no garantizó la recuperación. Algunas políticas fueron de ayuda, otras perjudicaron. La buena noticia hoy es simplemente que las malas noticias no son peores.

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Es un filósofo presocrático que ha especulado acerca del mundo y de la realidad humana
 
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