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Chicuelo: La verdad de Sevilla

Ignacio de Cossío
Ignacio de Cossío
sábado, 18 de abril de 2009, 11:13 h (CET)
En primer lugar quisiera agradecer a la Institución “Curso de Temas Sevillanos” en la Cátedra Taurina a su director Antonio Bustos por haberme invitado a pronunciar unas palabras en este foro, concretamente en el año que cumple el vigésimo aniversario de su fundación, acerca del maestro Manuel Jiménez Chicuelo, bajo el título: “CHICUELO: LA VERDAD DE SEVILLA”.

Sevilla es la cuna del toreo. Aquí nació el toro apto para la lidia tal y como hoy se concibe; de aquí surgieron las corrientes artísticas más innovadoras y sus mejores intérpretes, en su mayoría de esta tierra. Sin embargo, lamentablemente, también Sevilla y su verdad del toreo se ocultan en la nebulosa de una gran mayoría de mediocres y parciales historiadores, quizás más movidos por la el tópico manido, el lirismo exagerado o los caprichos más injustos, frívolos y triviales que por el verdadero sentido crítico, histórico y filosófico de una verdad única del toreo.

El caso de mayor relevancia por injusto y silenciado, es el del maestro Manuel Jiménez “Chicuelo”, recordado tan sólo por un puñado de aficionados que como el que les habla se niegan rememorarlo tan sólo por sus célebres y originales “chicuelinas”. Son muchos a los que se les olvida su excepcional aportación al toreo moderno, con todo un estilo propio bautizado en nuestra ciudad como “La escuela sevillana”.

Sin el alegre torero de la Alameda, no se podrían explicar ni el devenir de la fiesta, ni sus posteriores transformaciones técnicas, estéticas, o de impronta personal. Chicuelo es uno de los eslabones más significativos de la evolución del toreo a pie: un toreo lleno de verdad, improvisación, fantasía, genialidad y el más adelantado y moderno de todos cuantos se han hecho.

Manuel Jiménez Moreno, nació el 2 de diciembre de 1902 en la trianera calle Betis y apenas cumplida la cuarentena su madre se trasladó a la calle Escoberos sita en el barrio de la Macarena donde residiría hasta los dieciséis años. Es a esa edad cuando se trasladan definitivamente a la casa familiar de la Alameda. Hijo del maestro Manuel Jiménez Vera “Chicuelo” heredó demasiado pronto su apodo y su legado, puesto que a los veintiocho años de edad y tras seis años después de recibir la alternativa de manos del gran Lagartijo, su padre fallecería víctima de la tuberculosis dejando a Manolo con la única compañía taurina de su tío materno, el diestro Eduardo Borrego “Zocato”, un buen profesional que alternó junto a Enrique Vargas “Minuto” para más tarde tomar la alternativa y coincidir en no pocas ocasiones con el mismísimo Espartero. Con esos mimbres no le quedó otra que estoquear con nueve años de edad su primer becerro en la placita de «La Huerta del Lavadero» que los hermanos Gómez Ortega habían construido en la Macarena para su recreo. De aquel día solo se supo que tras cortar las dos orejas y el rabo fue sacado a hombros por el público asistente que lo paseó por las calles de Sevilla.

A los pocos meses viaja con su tío “Zocato” a Salamanca donde toma contacto con el campo charro a través de sus principales casas ganaderas como: Matilla, El Villar, San Fernando, Pedro Llen, Terrones, Carreros o Buenabarba, concretamente en la Ermita de “El Cueto” sita en las inmediaciones de la finca “Matilla” recibe con diez años su primera comunión.

Su meteórico ascenso no pudo esperar. En la Glorieta de Salamanca cosechó grandes éxitos incluso en el tercio de banderillas compartiendo cartel con Juan Luis de la Rosa, Manuel Granero y Eladio Amorós. Cómo sería de célebre en su época novilleril, que hasta en el Café del Novelty de la Plaza Mayor salmantina dicen que se pudo oír:

- ¡Camarero!
- ¿Qué desea el señor?
- Una ración de riñones
- ¿A lo Chicuelo?
- ¿Cómo a lo Chicuelo?
- Si señor, quiero decir que si los desea usted con mucha salsa.

Tras su debut con caballos en Zaragoza el 1 de septiembre de 1918
junto a Antonio Márquez y toros de Juan Terrones, pronto se prepara para dar
el gran salto a Sevilla en la temporada siguiente. Tanta expectación
despertó en su ciudad natal que hasta fue contratado en seis novilladas en
aquel año. La plaza le esperaba y su público también, ése que no dejaría de
ser su partidario prácticamente desde que ejecutara el primer lance con el
capote. De aquella primera actuación en la que obtuvo los máximos trofeos
ante un encierro muy bravo de Albaserrada, los viejos aficionados ya decían
de él que su toreo no era de aquí. Que era demasiado delicado, etéreo, sutil
e irreal para creerlo, que su autor no podía ser uno de los nuestros.
Siempre desde la media altura nunca forzaba al toro, su excelente formación
y cultura taurina adornada con verdadero riesgo, huyendo siempre de lo
fingido, lo superficial y de todo aquello que no fuera natural y espontáneo,
fue su verdadero arte a lo largo de su vida torera.

Recordemos aquella coplilla popular que decía:

El arte del toreo
Vino del cielo
Y en la tierra se llama
Manuel Chicuelo
La alternativa por San Miguel se la concedió el mismísimo Juan
Belmonte junto a su hermano Manuel ante toros de Santa Coloma el 28 de
septiembre de 1919. El astado tocado en suerte para la ocasión se llamó
“Vidriero”. Premonitoria tarde la suya, que mientras se silenciaba su
actuación en el coso del Baratillo otro de su grandes maestros Joselito El
Gallo, posiblemente el que más le influyera en su carrera, a la misma hora y
en la misma ciudad estaba doctorando a su compañero Juan Luis de la Rosa en
la Monumental de San Bernardo tras un éxito apoteósico del novel torero.

Sevilla partida en dos plazas, la Monumental y la Maestranza. Aquella
Sevilla de Chicuelo en donde la verdad del toreo corría por cada calle y
cada barrio se nos aparece hoy en ese toreo sevillano basado en el arte por
el arte, de muletazo a media altura y los pies juntos, de suavidad
incomparable aderezado por el recorte y el toreo en la cara, de constante
inspiración irrepetible en el hotel; el de la locura improvisada en donde
todo hasta el toro obedecía según lo previsto. En una palabra, daba gloria
verlo torear creando nuevas suertes o interpretando las antiguas, como diría
el maestro madrileño Marcial Lalanda del propio Chicuelo en su retiro.

La confirmación se produce en Madrid el 18 de junio de 1920 de manos
de Rafael Gómez “El Gallo”. Los testigos Juan Belmonte y Diego Mazquiarán
alias “Fortuna”. Chicuelo recibe como obsequio para la ocasión del mayor de
los Gallo el capote de paseo catafalco y oro que luciría esa tarde
conservándose hasta le fecha en el museo de la Maestranza. Su actuación
brilló en el capote y muleta a pesar del fallo de los aceros. Aquí se
pudieron contemplar sus recién inventadas “chicuelinas” nacidas a modo de
recorte improvisado en la Feria de Fallas de ese mismo año junto a los
malogrados “Valerito” y Granero. El lance nacía en la media suerte,
ofreciendo al toro la cintura, haciendo que el torero gire el cuerpo en el
mismo instante mientras adelanta un paso levemente para rematar a media
altura. Aquella “chicuelina” no se podía ejecutar dos veces seguidas sin
cambiar de posición. Era como bailar toro una sevillana y como dijera
Pastora Imperio: “todo en el baile”, como el toreo, “es de cintura para
arriba”.
De aquellas sólo nos queda el recuerdo de su mejor discípulo Paco
Camino y sus chicuelinas templadas frente a un Manolo González quien les
imprimió barroquismo y movimiento. Otros que aportaron nuevas fórmulas en
cuanto a la colocación fueron Pepín Martín Vázquez, Pepe Luis o Manolo
Vázquez. No querría olvidarme de otro intérprete que las usó de manera
sonora y explosiva como medio de defensa espectacular, y que no es otro que
el torero de mayor raza y valor que ha dado esta ciudad: Diego Puerta. En la
torería actual predomina el cambio frente al recorte templado, a excepción
de Morante de la Puebla que imprime a sus chicuelinas gran personalidad,
desgarro y sevillanía.
Sin embargo, aún tenía que llegar su tarde. Aquella en la que sus
mágicas “chicuelinas”, “navarras” sus inverosímiles “delantales”, sus
alegres “galleos” con el capote alto, sus personalísimos cambios de manos
improvisados y su batería de adornos tan llenos de gracia como de belleza se
dieran cita. Veinticuatro de mayo de 1928, Madrid. Chicuelo alterna con
Vicente Barrera, que confirmaba la alternativa y Cagancho, el gitano de los
ojos verdes. El toro fue de Salamanca como no podía ser de otra forma,
Graciliano le bautizó con el nombre de “Corchaito” y, desde su primer quite
en los medios nació el toreo moderno. Consistía en un toreo basado en la
ligazón, en la vertebración entre un pase y otro para que la faena de muleta
tomara cuerpo, de tal manera que ya no consistía en preparar el toro para la
estocada, sino en crear arte, belleza, encadenando cada muletazo en una
secuencia infinita y constante.
Llegado a este punto recordemos la crónica al torero sevillano durante
su faena madrileña al tercer toro de la tarde por el crítico de El
Imparcial, Federico M. Alcázar, único notario de tan magna revolución, en
contraposición a lo que no supo ver el “indiscutible” maestro de la crónica
taurina Gregorio Corrochano:
Alcázar tituló: “Chicuelo realiza con el toro “Corchaito” la faena más
grande del toreo”.
“..¿Cómo toreó Chicuelo? Como nunca se ha toreado, como jamás se
toreará. .Comienza con cuatro naturales estupendos, ligados con uno de pecho
soberbio. La ovación vuelve a reproducirse y los olés atruenan el espacio.
Vuelve a ligar- siempre con la izquierda- otros tres naturales soberanos. La
plaza es un clamor y el público, enardecido, loco, jalea la inmensa faena.
Pero lo grandioso, lo indescriptible, lo que arrebata al público hasta el
delirio, es cuando el torero, ¡el torero!, ejecuta cuatro veces el pase en
redondo girando sobre los talones en un palmo de terreno. Es algo
portentoso, de maravilla, y de sueño. Suave, lento, el toro va embebido,
prendido, sugestionado, describiendo dos círculos en torno al artista, que
permanece inmóvil en el centro. Ahora el público no aplaude: grita,
gesticula, se abrazan unos espectadores con otros, y de pronto, como si el
mismo entusiasmo hubiera prendido en todas las manos, la plaza se cubre de
blancos pañuelos, como una inmensa bandada de blanca palomas, que agitan las
alas pidiendo la oreja para el sublime artista, que liga otros dos naturales
inmensos, dos ayudados magnos, un afarolado maravilloso, altos y cambiados
sublimes. Cada muletazo es un alarido Señala un pinchazo y continúa su
grandiosa, portentosa faena, creciéndose, con otros cuatro naturales de
asombro y dos de pecho soberbios. Otro pinchazo y otros dos naturales
enormes. La plaza parece un volcán que tuviera fuego en sus entrañas. El
entusiasmo del público llega al límite del paroxismo. Vuelve a entrar a
matar y coloca una media estocada superior. Se hace en la plaza un silencio
augusto. El toro por un momento se mantiene en equilibrio, y rueda a los
pies del maravilloso, del excelso artista…los catorce mil pañuelos flamean
pidiendo las dos orejas para premiar la gloriosa hazaña…Le conceden las dos
orejas y se interrumpe la corrida para que Chicuelo de dos vueltas al ruedo.
Ha sido la obra de un dios, de un iluminado, de un loco sublime y genial….
¡Salve, Chicuelo!, ¡Salve tu arte soberano! Cuando todo se borre y pierda en
la historia del toreo, quedará esa faena como una cumbre memorable, que
elevará solitaria su cima al infinito”.

Tan sólo le bastaron ocho tardes en las que alternó con Gallito para
captar mejor que nadie de su generación, aquel toreo innovador, ligado y
enciclopédico por un lado; y a pitón contrario acortando distancias cuando
la ocasión lo estimaba, por otro. Ya lo dijo Joselito tras una tarde
compartida en Écija “Chicuelo es el torero más peligroso que yo he conocido”.
Sin saberlo, en aquella tarde madrileña cimentó las bases de un nuevo toreo
nunca antes visto. Cada muletazo de la veintena que recitó lo ligó con otro,
convirtiendo las constantes acometidas del toro en cinco series rematadas
con pases de pecho, adornos y cambios de mano por ambas manos. Desde aquella
faena de muleta con esos magistrales naturales ligados en redondo sin
cambiar de posición se adentró en una nueva dimensión artística y circular.
A partir de ahí todos sus compañeros le imitaron, como su ahijado Manolete,
y aún hoy todavía lo hacen. Chicuelo es por méritos propios el arquitecto
del toreo moderno y representa la fusión personificada del toreo eterno de
José y Juan. Su obra es la mayor aportación al toreo que ha existido y
existirá. A partir de aquella tarde el toro se seleccionó más hacia ése tipo
de toreo moderno e incluso años más tarde se impondría el peto para
transformar un arte de sangre y fuego en esa fiesta de pura ciencia que tan
bien conocía Chicuelo. Podrá darse el caso de que aparezcan más toreros con
distinta interpretación y personalidad en el estilo de torear, pero la
técnica del toreo fundamental inventada por Chicuelo apenas ha variado.

Desde su alternativa hasta el comienzo de la Guerra Civil, Manuel
Jiménez “Chicuelo” ocupó un primerísimo lugar en el toreo de su tiempo, a
pesar de que algunos escritores le hayan catalogado a la misma altura de
toreros como Antonio Márquez, Cagancho, Curro Puya, Nicanor Villalta o
Victoriano de la Serna. Estoy de acuerdo con Delgado de la Cámara en que
cuando otorga la alternativa a Manolete, no sólo le cedió los trastos de
matar, sino también el testigo del toreo; pues el cordobés con su estética
única y conocedor de las esencias del toreo de Chicuelo fue capaz de llevar
su legado más allá del tipo de toro que sí que requirió el torero de la
Alameda.
Por otro lado falso es pensar que a Chicuelo le fallara el valor pues
es notoria su predilección por las corridas fuertes de cada momento dentro y
fuera de la plaza hasta sus últimos años en activo. En el campo se convirtió
en un excelente torero de tentaderos. Su conocimiento del toro era tan
asombroso que sólo le bastaba un imperceptible movimiento de su capotillo
diminuto para frenar a cualquier embestida de un Miura, Pérez de la Concha o
Pablo Romero. Otro torero que le heredaría en afición y acierto sería luego
su mejor discípulo en la dehesa Pepe Luis Vázquez, algo más abelmontado
ciertamente, pero con un perfecto sentido de la lidia. En el cómputo general
de sus actuaciones fue muy desigual artísticamente. Las tardes de gloria se
alternaban en la misma campaña con las más aciagas, puesto que el no
concebía el toreo como un arte rutinario, de lucha o competencia
encarnizada. El arte de Chicuelo sólo se movía por la inspiración y la
seguridad creativa del maestro. Esto fue lo que quizás le mantuvo al margen
de una mayor proyección popular pese a poseer un arte inigualable.

Son multitud las tardes históricas vividas junto a “Chicuelo” en la
Maestranza de las que destaco: la tarde del 31 de septiembre del 1919 con un
toro de Rincón al que desorejó; la del 21 de abril de 1921, posiblemente la
mejor de todas en la que cortó dos orejas a un toro de Miura en presencia de
El Gallo y Manuel Granero; los cinco rabos de Sevilla: dos primeros fueron
logrados el mismo día el 29 de septiembre y ante la misma ganadería Pérez de
la Concha aunque en distinto año 1924 junto a Antonio Posada y Manolo Litri
y en 1927 junto a Juan Belmonte que cortaría hasta una pata y el Niño de la
Palma; el tercero obtenido fue con otro ejemplar de Moreno Santamaría en el
mano a mano celebrado junto a Curro Gitanillo el 28 de octubre de 1928; el
cuarto fue en la alternativa del monstruo de Córdoba, Manuel Rodríguez
“Manolete” ante un bravo Tassara el 2 de Julio de 1939 y el último llegaría
en el Corpus de 1942, concretamente el día que debutaba como ganadero Carlos
Núñez junto a El Andaluz y Antonio Bienvenida.

Si en España el nombre de Chicuelo fue admirado, mayor alcance tomaría
en América y más concretamente en Méjico en donde era asiduo cada temporada
estoqueando alrededor de veinticinco corridas al año a excepción de una en
la llegó a torear hasta en once ocasiones. De este modo no es de extrañar
que fuera inmortalizado en bronce frente a la plaza de la Monumental.

De las tardes mejicanas quisiera destacar las acaecidas durante los
años de 1925 y 1926. En primer lugar no podría olvidarnos del mano a mano
con Rodolfo Gaona celebrado el 10 de febrero de 1925. Su faena se iniciada
con seis verónicas en los medios, una larga maravillosa y un tercio de
quites muy variados con gaoneras y delantales para más tarde culminar su
toreo al natural con cinco muletazos que hicieron que el público mejicano se
entregara a su merced. Tras aquella faena al segundo toro de San Mateo de
nombre “Lapicero” dio tres vueltas al ruedo, obligado por el respetable. Al
año siguiente, el 25 de octubre de 1926 llegaría la gloriosa faena a
“Dentista” corrido en quinto lugar y de igual hierro que la faena anterior.
Obtuvo los máximos trofeos acompañado del diestro mejicano Juan Silveti y el
valenciano Manolo Martínez. El Universal Taurino, a través de Enrique
Guarner así nos lo recuerda:
“No hubo en el maravilloso muleteo un solo detalle de chabacanería, ni un desplante relumbrón, ni siquiera un tocamiento de testuz, ni tampoco vueltecitas de espaldas y sonrisas al público. No, lo que hubo fue mucho arte, mucho valor y mucha esencia torera. Lo que hubo fueron 25 pases naturales. Todos ellos clásicamente engendrados y rematados provocando con la pierna contraria, dejando llegar la cabeza del toro hasta casi tocar al lidiador y en ese momento, ¿me entienden señores?, en ese momento desviar la cabezada mientras el resto del cuerpo del toro seguía su viaje natural y pasaba rozando los alamares de la chaquetilla…. Yo juro que en los veinte años que tengo de ver toros, jamás me había entusiasmado como ahora…..Aplaudí, grité, arrojé mi bastón, mi sombrero, mis guantes, mi pipa y como loco exclamaba: “¡Ese es el numero uno!”

Otras faenas con nombre propio de aquellos toros que le permitieron el éxito y la fama en la Méjico son los de Cartero de Piedras Negras o Pintor de San Mateo en ese mismo año de 1926, sin lugar a dudas su mejor temporada americana, y junto a ellos Testaforte, Mezcalero, Serrano, Pergamino, Quijote, Duende… Su carrera se mantiene constante desde 1919 hasta 1944 en donde sus apariciones se van reduciendo hasta llegar a la despedida definitiva acaecida el 1 de noviembre de 1951 en Utrera concediéndoles la alternativa a Juan de Dios Pareja-Obregón y la confirmación de la misma al utrerano Juan Doblado. Aunque en realidad fueron dos alternativas y tres despedidas puesto que los tres espadas nunca más llegaron actuar. Paradójicamente tras el retiro confesó que sus mejores faenas no las realizó ni en Sevilla, ni en Madrid ni en la Méjico sino en La Coruña y en Figueras.

Personaje de Chicuelo singular estudio y meditación, maestro del toreo y del reflejo que no de la guerra o la ambición, sus batallas siempre fueron contra él y contra su arte siempre en constante creación con esa su gracia, finura y alegría tan llenas de salsa y torería, como de endiablada inventiva e improvisación. No comparto la idea de los que aseguran de él que nunca alcanzó ser columna del toreo. Chicuelo con su adelantada fórmula logró “de motu propio” no sólo llegar a ser columna sino algo mayor, cimiento y basa del toreo contemporáneo.

Aquel torero estilista y pinturero a la media distancia, de gracia e imaginación creadora, de toreo aterciopelado, de carácter reservado e inteligencia natural, hermano y devoto de la Virgen de la Amargura y del Señor del Gran Poder se apagó definitivamente el 31 de octubre de 1967 a la edad de los 65 años, dejando abierta una dinastía la de “los Chicuelo” continuada hasta nuestros días por su hijo Rafael y sus nietos Manuel y Curro. Quien sabe si todavía no esta escrita la última hoja dorada de esta casa…

De Chicuelo ya lo dijo todo Gerardo Diego: “Torero, en una palabra, natural y tan hondo a la hora e ponerse a torear de verdad y cuando se encontraba mimbres propicios, como el más austero de los clásicos. Porque el torear de verdad y la verdad del toreo son muestras clarísimas de la verdad de Sevilla”.

Por abril se apresuran a indicarme que se levantará un monumento en La Alameda que recuerde la figura de inolvidable y grandioso “Chicuelo” obra de escultor sevillano Alberto Germán Franco. No se si podremos contemplar entonces desde el pedestal de su estatua la verdadera dimensión de su legado artístico, pues nació y murió con él, más allá de sus innumerables gestas y el deslumbrante mérito de haber sabido profundizar y evolucionar el toreo para mayor gloria de este.

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