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Etiquetas:   El crisol   -   Sección:   Opinión

EpC y Democracia

Pascual Mogica
Pascual Mogica
sábado, 31 de enero de 2009, 08:14 h (CET)
He leído el libro del malogrado escritor, Alberto Méndez, “Los girasoles ciegos” y ahora, con el fallo del Tribunal Supremo en contra de la objeción de conciencia en la asignatura de Educación para la Ciudadanía, me doy cuenta de la grandeza de la Democracia y del derecho de todos a recurrir a los tribunales de justicia si consideran que sus derechos fundamentales han sido violados.

En el citado libro se dice que mientras Elena, la madre de Lorenzo, “permanecía junto a la valla del recinto escolar después de dejar a su hijo hasta que un coro de voces infantiles comenzaba a cantar Montañas Nevadas o cualquier otro himno patriótico. La rutina de lo oscuro comenzaba con la ternura de esas voces que ensalzaban epopeyas desconocidas con palabras ininteligibles para ellos. Eran los tiempos de lo incomprensible y nadie trataba de entender lo que ocurría”. Sobre esta última frase hay que decir que más bien todo el mundo lo entendía: Se estaba manipulando a los niños. Se estaba adoctrinando a personas, a niños, con las mentes vírgenes. Pero manifestar eso públicamente y más ante un tribunal de justicia, era muy peligroso.

Ahora no, ahora los tiempos han cambiado y la gente, tenga o no tenga razón, puede acudir a los tribunales si considera que sus derechos han sido vulnerados.

El Alto Tribunal ha considerado que el contenido de la asignatura no daña los intereses de nadie y deja bien claro que todos tenemos garantizada la libertad de expresión y de pensamiento. Retomando otro pasaje del libro de Alberto Méndez me remito a esa parte en la cual Lorenzo, el niño, rememora parte de su vida y dice: “Una de las cosas que más me sorprende es que, inevitablemente, todos teníamos recuerdos de la guerra civil, del cerco de Madrid, de los acosos de las bombas y de los obuses. Sin embargo nunca hablábamos de ello”. “En el colegio Franco, José Antonio Primo de Rivera, la Falange, el Movimiento, eran cosas que habían aparecido como por ensalmo, que habían caído del cielo para poner orden en el caos”.

De los 30 miembros que componían el Pleno de la Sala de la Contenciosa-Administrativo del Tribunal Supremo, 22 han dicho que no a la objeción de conciencia en EpC y 7 se han manifestado favorables. La mayoría de los componentes de la Sala han dictaminado, es lo que se deduce, que el contenido de la asignatura de EpC no lesiona, no altera, no deforma los pensamientos éticos, morales y espirituales de las estudiantes, de todo lo cual se entiende que la asignatura de EpC no es dogmática y que coadyuva a la formación de las personas sin que ello suponga ningún tipo de quebranto para su formación religiosa y moral.

Lo lamentable de todo esto es que muchos, entre ellos los prebostes del PP que tienen decidido eliminar esta asignatura si acceden al Gobierno, no se han dado cuenta de que los tiempos han cambiado y que ya nadie puede impunemente manipular el pensamiento y las ideas morales y políticas de los demás. Eso se acabó el 20 de noviembre de 1.975. Y si hubo algún amanecer célebre para España no fue el que se menciona en el himno fascista del “Cara al Sol”, este glorioso amanecer, sin duda alguna, tuvo lugar el 6 de diciembre de 1978. El día en que se aprobó nuestra Constitución.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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