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Redacción
viernes, 3 de octubre de 2008, 06:48 h (CET)


<< ¡Esta ciudad es la propiedad del Señor Matanza! // Él decide lo que va, dice lo que no será, decide quien la paga, dice quien vivirá // Y mi negro que lo llevan y se van, los que matan, “pam pam”, son propiedad del Señor Matanza // No se puede caminar sin colaborar con su santidad, El Señor Matanza // ¡Escúchalo “güey”! ¡Su palabra es ley! // Cuando no manda, lo compra; si no lo compra, lo elimina... >>

Estas frases pertenecientes a “El señor Matanza” uno de los gritos de guerra del ya desaparecido combo multicultural “Mano Negra”, liderado por el emblemático Manu Chao, sintetizan lo que la imaginería popular entiende por la figura del dictador. El pensamiento colectivo suele describir a los dictadores como una especie de “Gran Hermano” de Orwell: El dictador se nos presenta como un ente ulterior que todo lo ve, todo lo oye y todo lo sabe y se hace presente en todos los niveles de la vida de “su pueblo” aún sin encontrarse físicamente entre la gente que lo padece y lo teme.

El fenómeno de las dictaduras, a pesar de ser, por desgracia, universal, siempre se ha encontrado ligado, inevitablemente, al continente americano, concretamente a Hispanoamérica. Es cierto que no es un fenómeno exclusivo de este continente, pero las dictaduras más longevas y populares de la historia – especialmente de la historia del siglo XX - se han concentrado allí.

La figura del dictador apareció irremediablemente en la literatura de esta región casi al mismo tiempo que en la vida de sus habitantes, si bien no era más que un motor literario o una excusa para desarrollar una ficción. Así, alguna de las grandes obras maestras de la literatura hispanoamericana del siglo XIX tienen en la figura del dictador uno de sus principales pretextos: Rosas provocó “El Matadero” de Echeverría, Porfirio Díaz ninguneó a “Los de abajo” de Azuela y Sarmiento “no ahorraba sangre de gaucho” en “Martín Fierro”.

De todos modos, en ningún caso estos personajes eran los protagonistas de las novelas anteriormente citadas. Tuvo que llegar un gallego genial, Ramón María del Valle–Inclán, para que el dictador pasara a ser el eje central de toda una novela. En su obra “Tirano Banderas”, Valle-Inclán recoge las vivencias de su viaje a Latinoamérica y nos presenta un dictador que reúne en su figura todo aquello que caracterizaba a los caciques y caudillos americanos.

Este título no tardó en convertirse en una referencia para los escritores hispanoamericanos que decidieron describir en sus obras a aquéllos que provocaban el tormento en sus respectivos países. Precisamente uno de estos escritores, Miguel Ángel Asturias (1899- 1974), se basó en la realidad de su país, Guatemala, para crear una de las grandes “Novelas de la Dictadura”: “El Señor Presidente”.

El único Premio Nobel guatemalteco de la historia (1967), desde temprana edad, se involucró en la lucha política de su país. Incluso serían sus inclinaciones políticas las que le hicieron decantarse por el estudio de la carrera de Derecho, con la intención de hacer frente a la dictadura política que asolaba su país, la del régimen de Estrada Cabrera.
Como la mayoría de intelectuales americanos de la época, y ante la imposibilidad de desarrollar una carrera literaria y política en su país, Asturias decidió marchar a Europa en 1923. Tras una breve estancia en Londres, se instaló en París y paradójicamente allí será donde empiece a interesarse por sus raíces ancestrales, centrándose en el estudio de las culturas precolombinas. Quizá fuera este redescubrimiento de sus raíces lo que provocara que Asturias, tras diez años en Europa, regresara a Guatemala con la idea de convertirse en un referente político. Ya en Guatemala sus actividades no sólo se centraron en hacer frente al régimen imperante sino que también se preocupó de fundar la universidad popular y dirigir un periódico radical “Diario del Aire” donde dio rienda suelta a sus dos pasiones: la escritura y la política. Precisamente será la política la que le llevaría a recorrer Hispanoamérica - desempeñó la agregación cultural de la embajada en México, en Argentina o El Salvador – y la excusa perfecta para conocer y estudiar la idiosincrasia de los diferentes pueblos americanos y de quienes los atenazaban desde las altas esferas.
Este conocimiento que logró de la realidad americana a través de todos sus viajes daría como resultado la que es considerada su obra más importante, “El Señor Presidente”, de 1946. Esta novela, ambientada en los años finales de la dictadura de Estrada Cabrera, cuenta la historia de amor entre Miguel Cara de Angel, hombre de confianza de “El Señor Presidente”, y Camila, hija del general Eusebio Canales, a quien se considera traidor a la causa del mandatario. Aunque su argumento pueda llevar a engaño, en realidad esta obra es una feroz crítica a la dictadura de Estrada Cabrera y por ende de todas las dictaduras latinoamericanas.
La actividad literaria de Miguel Ángel Asturias, que compaginó con su carrera política y diplomática, no comienza con “El Señor Presidente”. Su preocupación por el pasado cultural de su tierra le hizo traducir la versión francesa del “Popol Vuh” en 1927. Anteriormente publicó su ópera prima “María Luisa” y además “Leyendas de Guatemala”, “Los Fracasados” y “Mala Yerba”, en una primera etapa. Tras su obra más conocida, Asturias siguió su prolífica actividad y escribe otra de sus grandes novelas “Hombres de maíz”, después de ésta, la trilogía compuesta por “Viento fuerte”, “El papa verde” y “Los ojos de los enterrado”. Su obra narrativa se completa con “Week-end en Guatemala”, “El alhajadito”, “Mulata de Tal”, “El espejo de Lida Sal”, “Maladrón”, “Florentina”, “Torotumbo”, “Juan Girador” y “Viernes de Dolores”.
No sólo publicó narrativa Miguel Ángel Asturias; en su obra también destacan numerosos títulos poéticos como “Rayito de estrellas”, “Sonetos”, “Anoche 10 de marzo de 1543”, “Sien de alondra”, “Ejercicios poéticos sobre temas de Horacio” y “Clarivigilia primaveral”. Por otra parte, el guatemalteco también escribió drama, dejando para el teatro obras como “Solana”, “Dique seco” y “La audiencia de los confines”.
A pesar del gran número de textos y novelas que publicó el prolífico Asturias, es en su obra maestra, “El Señor Presidente”, donde más se manifestará su voluntad por denunciar la realidad de su país a través del fiel retrato de la dictadura que lo reprimía. El autor, en esta obra, nos muestra la vida diaria de un país latinoamericano – se deduce que es Guatemala – que se encuentra bajo el yugo de una desoladora dictadura y en donde sus habitantes sufren explotación, violentas crueldades, la corrupción del gobierno y las injusticias sociales más hirientes.
Asturias, para recrear este sórdido ambiente, se sirve de una figura protagonista, “El Señor Presidente”, que se convertirá en el eje central de la trama. Sin embargo, esta figura no responde a un personaje en concreto, sino que realmente define un tipo: el autor decide concretar en una sola persona todas las cualidades que se podían observar en cualquier dictador latinoamericano de la época.
Sin duda, lo que más llama la atención de este personaje principal, “El Señor Presidente”, es que el autor jamás nos lo describe y a pesar de eso el lector cree conocerlo a la perfección. Su perfil aparece creado por la creencia popular, cuya manera de hablar de él y de temerle será la principal causa de esa imagen horrible y caricaturesca que envuelve toda la obra. El terror que provoca “El señor Presidente” entre sus súbditos, es lo que confiere a esta novela su particular clima opresor y violento.
Sin embargo, dentro de este clima tan terrorífico, el autor parece hacer un pequeño guiño al lector y decide, por un momento, liberarlo de tanta presión creando una historia de amor entre los personajes de Miguel Cara de Ángel y Camila. Asturias genera un pequeño halo de esperanza en la trama, pero rápidamente parece arrepentirse. El autor acabará mostrando como esta relación amorosa – al igual que el resto de relaciones del texto – deberá ser engullida finalmente por el clima de violencia imperante en toda la obra. Da la sensación que el escritor quiere indicar a su lector que una historia así de bonita jamás se puede dar bajo el manto de una dictadura, al menos nunca con un final feliz.
Además de estos personajes principales, el autor recrea durante el relato un numeroso reparto de personajes secundarios que también acabarán envueltos en historias trágicas. En general, todos los personajes que aparecen en la obra, en algún momento sirven a Asturias para crear el hilo de la narración, si bien no se puede obviar que el elemento que los aglutinará será el temor que sienten hacia el dictador del país. Será precisamente el diálogo que se da entre todos los personajes, el principal modo que emplee Miguel Ángel Asturias para presentar y explicar la trama. Los diálogos que emplea parecen estar tomados de la realidad y en ellos aparecen giros naturalistas y costumbristas, acorde al tipo de ambiente que envuelve a los personajes de la obra. De todos modos, Asturias no solamente se servirá de los diálogos para enriquecer el relato: el escritor también empleará la figura del narrador para dar forma y estilo a su texto. Este narrador no sólo ejercerá de testigo de la realidad que describe, sino que también será pieza clave para reflejar la fabulación en que se encuentran inmersos los personajes.
Por último, en el análisis de esta obra nunca puede faltar una mención acerca del estilo literario que emplea el autor en su narración. Asturias utiliza durante la obra numerosos recursos que hasta entonces no eran habituales en la novela de habla hispana y que enriquecen sobre manera la narración. El principal – o al menos más llamativo - de estos recursos es la onomatopeya, con el que abre la obra y que transmite desde el inicio la atmósfera de terror que envuelve la narración. Junto a este recurso, el léxico indígena, la sonoridad y las metáforas serán algunos de los aspectos que convertirán a “El Señor Presidente” en una referencia entre las llamadas “novelas de la dictadura”.

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