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Etiquetas:   Cartas a un ex guerrillero   -   Sección:   Opinión

El hombre es sacrificio

Sor Clara Tricio
Sor Clara Tricio
lunes, 22 de septiembre de 2008, 07:35 h (CET)
Querido Efraín: Es un sacrificio verdadero toda obra que se hace con el fin de unirnos a Dios en santo consorcio, es decir, toda obra relacionada con el supremo bien, y mediante el cual llegamos a la verdadera felicidad. Por ello, incluso la misma misericordia que nos mueve a socorrer al hermano, si no se hace por Dios no puede llamarse sacrificio. Porque, siendo el hombre quien hace o quien ofrece el sacrificio, éste, sin embargo, es una acción divina, como lo indica esa palabra con la cual llamaban los antiguos romanos a tal acción. Puede afirmarse que incluso el hombre es verdadero sacrificio cuando consagrado a Dios por el bautismo, está dedicado al Señor; entonces muere al mundo y vive para Dios. Esto, en efecto, forma parte de aquella misericordia que cada cual debe tener para consigo mismo, según está escrito: “Ten compasión de tu alma agradando a Dios”.

Si las obras de misericordia para con nosotros mismos o para con el prójimo, cuando están referidas a Dios, son verdadero sacrificio, por otra parte solo son obras de misericordia aquellas que se hacen con el fin de librarnos de nuestra miseria y hacernos felices (cosa que no se obtiene sino por medio de aquel bien, del cual se ha dicho: Para mi lo bueno es estar junto a Dios). Resulta claro que toda la ciudad redimida, es decir, la congregación o asamblea de los santos, debe ser ofrecida a Dios como un sacrificio universal por mediación de aquel gran Sacerdote que se entregó a sí mismo por nosotros, tomando la condición de esclavo, y para que nosotros llegáramos a ser cuerpo de tan sublime cabeza. Se ofreció bajo forma de esclavo y se entregó a sí mismo, porque sólo según ella pudo ser mediador, sacerdote, y sacrificio.

Nos exhorta el Apóstol a que ofrezcamos nuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable. Así, no nos conformamos con las cosas de este mundo, sino a que nos reformamos en un espíritu nuevo. Y para probar cuál es la voluntad de Dios y cuál el bien, el beneplácito, y la perfección, ya que todo este sacrificio somos nosotros, dice: Por la gracia de Dios que me ha sido dada os digo a todos y a cada uno de vosotros que no os estiméis en más de lo que conviene, sino estimaos moderadamente, según la medida de la fe que Dios otorgó a cada uno. Pues así como nuestro cuerpo, en unidad, posee muchos miembros, y todos no desempeñan las mismas funciones, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los demás. Los dones que poseemos son diferentes, según la gracia que se nos ha dado a cada uno.

Éste es el sacrificio de los cristianos: la reunión de muchos, que, a la vez, formamos un solo cuerpo en Cristo. Este misterio es celebrado también por la Iglesia en el sacramento del altar, del todo familiar a los fieles, y donde se demuestra que la Iglesia, en la misma oblación que hace, se ofrece a sí misma.

Os envío los mejores deseos, y con la esperanza de que sigáis todos bien, recibir un cariñoso saludo, CTA.

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