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Etiquetas:   Cristianismo originario   -   Sección:   Opinión

Hitler no inventó el antisemitismo

José Vicente Cobo
Vida Universal
lunes, 25 de agosto de 2008, 13:49 h (CET)
Como viene siendo habitual cada año en países como Alemania o Polonía, se celebra el aniversario del Holocausto. Este año no sólo los políticos pronunciaron grandes discursos, sino que también se dieron algunos sermones dominicales. El obispo protestante regional bávaro Friedrich dijo: «La Iglesia se ha hecho culpable porque no ofreció ninguna ayuda a los numerosos perseguidos, oprimidos y amenazados de muerte de aquel entonces».

En esta frase se ve cuán difícil se le hace a las Iglesias católica y luterana arreglar realmente su pasado. Si ahora un obispo dice que la Iglesia no tendió la mano a los necesitados de ayuda, cabe preguntarse a quiénes se la dió dio entonces. Ciertamente hubo un gran número de párrocos luteranos que entraron al partido nazi cuando éste tomó el poder en 1933, incluso el diaconato protestante dirigió durante un tiempo un campo de concentración y maltrató a los presos que fueron encerrados allí.

Martín Lutero, el fundador de la Iglesia protestante luterana, fue uno de los más grandes antisemitas que ha habido en la historia, y Hitler lo admiró como a un hombre que desenmascaró a los judíos en toda su bajeza, (según palabras del propio dictador). De Lutero sabemos que llamó a que se quemaran sinagogas y azuzó contra los judíos. Una organización como la Iglesia protestante luterana, que hoy dice palabras piadosas en el día del recuerdo por el holocausto, no se ha distanciado hasta hoy de ese Lutero.

En el libro de Lutero "De los judíos y sus mentiras" se lee: «Que sus casas sean despedazadas y destruidas, para que estén mejor bajo un techado o en un establo. Sus sinagogas o escuelas deben ser quemadas para honrar a nuestro Señor y a la cristiandad, para que Dios vea que somos cristianos». Con esto no es de extrañar que Hitler continuara la labor empezada por éste. En su libro «Mi lucha», se lee: «Yo sólo hago lo que la Iglesia lleva haciendo desde hace 1500 años. Sólo que de modo consecuente».

Lutero en su lecho de muerte, se lamentaba de que a pesar de todas sus proclamaciones, nadie había hecho nada contra los judíos. Con esto Hitler justificó sus hechos. Pero él no inventó el antisemitismo, si no que este tenía ya antes de Lutero una larga tradición en la Iglesia católica, concretamente desde el comienzo de la Edad Media. Las primeras víctimas se produjeron quizas durante las cruzadas del año 1096, cuando la Iglesia las puso en marcha en la región alemana de Renania. Poco después, en 1099, cuando los cruzados llegaron a Tierra Santa, tan sólo en Jerusalén se acabó con la vida de unos 70.000 judíos y musulmanes, así continuó durante el medievo hasta el siglo XIV.

Estas son las raíces católicas o protestantes, las que no tienen realmente nada que ver con Jesús de Nazaret quien enseñó la libertad y la tolerancia. Por esto quien se hace llamar cristiano, debería ser respetuoso con los que pertenecen a otra raza o con los que profesan otra creencia. Y en tanto las Iglesias no hagan suya esta tolerancia de Jesús de Nazaret, no deberían tampoco llamarse cristianas.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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