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Etiquetas:   El crisol   -   Sección:   Opinión

Irak, destino turístico

Pascual Mogica
Pascual Mogica
viernes, 21 de marzo de 2008, 08:05 h (CET)
José María Aznar, ha dicho que hoy en Irak la situación es menos difícil que en tiempos de Sadam Husein. Aznar, ha dicho textualmente que “no es una situación idílica, pero es muy buena”. Esto nos puede llevar a temer que el negocio del turismo en la zona mediterránea, España, Italia, Francia, Grecia y algunos países árabes ribereños pueden verse seriamente afectado en lo que supone la supervivencia de uno de sus principales, para algunos de estos países, España incluida, pilares económicos como es el turismo.

Si tenemos en cuenta que el hecho de que en Irak, cinco años después de haber iniciado Bush, Blair y Aznar una guerra ilegal, “solamente” han muerto más de un millón de personas, 2000.000 por año, no son muchos muertos, pueden pensar ellos, podían haber muerto muchos más, del número de mutilados en los atentados no quiero ni hablar, si tenemos en cuenta estas cifras puede que Aznar tanga razón cuando dice que “no es una situación idílica, pero es muy buena” de ahí mis temores a que a la gente, por aquello del morbo, le de por irse a hacer turismo a Irak. Aznar, afirma que los ciudadanos pueden “participar en elecciones” y hay una mayor “libertad”. Efectivamente ahora los iraquíes pueden elegir, pueden elegir entre morir reventados por una bomba portada por un suicida o pueden pasar, con la mayor libertad, por todo tipo de calamidades, como son la carencia de atención sanitaria, la falta de agua potable, los juicios injustos, el deterioro de la situación de las mujeres comparada con la época de Sadam, o de tener que desplazarse cuatro millones de iraquíes a otras zonas menos azotadas por los atentados y las calamidades. Aunque esto de los desplazamientos a lo mejor lo ve Aznar como la práctica de un turismo interior.

Resulta curioso, por no calificarlo más duramente, el daño que pueden hacer cuando tres “iluminados” se reúnen y deciden que hay que hacer la guerra. Ya lo fueron Hitler y Mussolini. Es muy posible, es mi opinión, que el primero haya servido cómo arquetipo a los del trío de las Azores, por que los tres se hayan podido dar cuenta de que se habla más a través de los tiempos, de aquellos que iniciaron una guerra que de los que la ganaron derrotando al que la comenzó. ¿O no se sigue hablando más de Hitler que de Rooselvet, de su sucesor Truman o de su aliado Churchill?

Puede que visto lo que dice Aznar, Irak pueda convertirse en un destino turístico, yo no estoy muy seguro, de lo que si estoy seguro es que Aznar no piensa, ni remotamente, pasear su cuerpo serrano por Irak.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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