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Etiquetas:   Familia y educación   -   Sección:   Opinión

Cuidar de la familia es como cuidar de la propia salud

Emili Avilés
Emili Avilés
martes, 1 de enero de 2008, 14:57 h (CET)
Seguro que estamos de acuerdo en que la familia tiene una intrínseca dimensión social y que las personas que contraen matrimonio necesitan el reconocimiento y la protección de la sociedad, ya que la familia es la primera y más básica expresión de las relaciones humanas, germen de cualquier sociedad digna de calificarse como humana.

La familia es donde todo hombre establece su primera relación con el mundo y los demás. En la familia es alimentado, vestido, cuidado. Mundo y familia se identifican en el niño y si la familia le ofrece amor y atenciones, considerará el mundo un lugar positivo y acogedor; adoptará ante ese mundo una actitud abierta y constructiva que beneficiará a toda la comunidad.

Las relaciones humanas más esenciales se establecen y desarrollan en la familia, que es claramente el centro afectivo de la persona: el amor de pareja, la paternidad, la maternidad, la filiación y la fraternidad. De ahí que la indisolubilidad, la unidad y la fecundidad matrimoniales, se han de poder ver como bienes para la familia y para toda la sociedad.

En la familia, por su propia naturaleza, se produce el desarrollo personal en un marco de responsabilidad y solidaridad, pues las relaciones familiares son, luchamos todos porque sean, esencialmente relaciones de amor. Por eso es fuente de humanización y mejora. Reconozcamos que la civilización del amor, de los valores y virtudes empieza en la familia. Es nuestra primera “ciudadanía”.

Por otra parte, las responsabilidades familiares –necesidad de sacar una familia adelante- y la fecundidad, aportan motivación añadida al trabajo profesional y riqueza al tejido socio-económico de un país.

Además, y es más básico de lo que nos puede parecer a primera vista, la familia nos arraiga en una dimensión territorial y cultural, muy importantes para el desarrollo individual y colectivo.

Así pues, parece evidentísimo que los gobernantes, sean sus responsabilidades estatales, autonómicas o locales, han de poner especial atención en el cuidado de las familias, la forma de organización humana más nuclear e imprescindible que tenemos.

Serán medios adecuados, potenciar las políticas sanitarias y asistenciales que consideren especialmente a los niños y ancianos, promover medidas que garanticen la educación de los hijos conforme a los principios morales de los padres, regular actuaciones que protejan a la infancia en medios de comunicación, en publicidad y consumo, etcétera.

O sea, facilitar un equilibrado desarrollo según unas justas necesidades. En algunos países europeos ya hace años que han mejorado muchísimo en esta sensibilidad, porque saben que, en el fondo, es como cuidar de la propia salud.

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