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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

Mismo perro, distinto collar

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 25 de noviembre de 2007, 11:57 h (CET)
Hay cuatro maneras esenciales de establecer una relación a partir de uno mismo: la desigualdad con respecto al absoluto, la desigualdad entre uno (y el grupo o grupos a los cuales pertenece) y el otro, y la igualdad entre personas. La cuarta, el amor, es una característica temblorosa, que trenza las tres fuentes anteriores.

Cuando el ser humano se sitúa en una necesaria posición de inferioridad respecto a lo que se ha llamado ‘lo absolutamente otro’ (divinidades de cualquier forma o fuerzas que escapan a su control físico e intelectual), se establece la relación religiosa.

Si en una relación entre dos personas o grupos se conforma una situación de desigualdad, de reconocimiento mutuo enfrentado, se crea el ambiente propicio para que la violencia en todas sus manifestaciones sea el camino que toma la institución básica que gestiona las relaciones de poder: la política.

En la solidaridad que se da dentro (y sólo dentro) de los grupos enfrentados del párrafo anterior, se da la relación ética. En la generalización y exportación de la ética grupal al resto de la humanidad se da la universalización de la ética.

Para este último caso, es importante constatar que en el nivel ético el ser humano se reconoce en el otro, y no solamente reconoce al otro, como pasa en la relación política. Ésta, instrumentaliza la condición humana y cosifica sus posibilidades.

Es únicamente la vía ética, por medio del diálogo y la expresión razonada de los pensamientos, la que permite escuchar al otro dando tanta importancia a sus argumentos como a los propios. Es por medio de esta vía que comprendemos que el pensamiento del otro forma parte de lo que pensamos tanto como lo que nosotros mismos creemos que pensamos.

Y, sobre todo, es por el reflejo en el otro que nos reconocemos como seres humanos en oposición al resto de seres. No somos animales porque somos capaces de solucionar los problemas que puedan surgir sin necesidad de llegar a la violencia.

Es decir, quien opta irremediablemente por el enfrentamiento violento ante una situación conflictiva se mueve por hábitos contrapuestos al ideal ético, que es el ideal humano. Las circunstancias pueden en ocasiones provocar la chispa de la irracionalidad y colocarnos siempre dos pasos por detrás de la realización del ideal.

Pero de ahí a utilizar la violencia de otro para justificar la propia violencia, hay demasiada distancia.

Basar las actitudes de los grupos antifascistas en las provocaciones salvajes de los enemigos responde a la persecución del otro diferente. Es atacar lo odioso del otro de la con su mismo ‘modus operandi’.

Realmente les encierra la paradoja: violentos sin sentido que en las bestias que tienen delante reconocen a las bestias que son. Fuera queda la ideología.

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