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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

¿Casualidad o causalidad? ¿Consecuencia o chiripa?

Ángel Sáez
Ángel Sáez
sábado, 18 de agosto de 2007, 04:23 h (CET)
“Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer, dije alguna vez”. Jorge Luis Borges

El susodicho y genial autor argentino, en su breve ensayo “Sobre los clásicos”, sostiene que “clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término (…). Clásico no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad”.

Aunque sospecho que lo ha hecho íntegramente, desconozco si usted, desocupado lector, ha aprovechado, al menos, en parte, la oportunidad, o sea, si, tras hacerse con esa joya literaria, un clásico en toda la regla, que es, sin ningún lugar a dudas, “La sombra del viento”, de Carlos Ruiz Zafón, ha llegado, por lo menos, hasta el final del capítulo 16 (pues intuyo que habrá coronado el best seller sin aparente esfuerzo).

Si ha leído la carta que Penélope Aldaya le escribió a Julián Carax (mas éste nunca leyó, pues la misiva llegó a su casa de Barcelona cuando el mencionado ya había tomado camino de París), entenderá que su seguro servidor de usted, nada más leer la misma y quedar epatado hasta por la enésima relectura de la susodicha, decidiera urdir unas cuantas líneas para remitírselas cuanto antes a “La Quíntuple”, quien, hacía un mes escaso, había dejado de ser su amada dama y musa, por los muchos prejuicios que acarreaba la tal, Maribel, Mariluz, Marimar, Maripaz y Marisol. Y es que ella, mutatis mutandis, podía haber trenzado buena parte de la epístola de marras (tan perfectamente encajaba con la historia que habíamos protagonizado y vivido ambos).

Si no me crees, dilecta, lee (o, mejor, relee) y sorpréndete sobremanera:

“Querido (…):
“Esta mañana me he enterado (…) de que realmente dejaste Barcelona y te fuiste en busca de tus sueños. Siempre temí que esos sueños no te iban a dejar nunca ser mío, ni de nadie. Me hubiera gustado verte una última vez, poder mirarte a los ojos y decirte cosas que no sé contarle a una carta. Nada salió como lo habíamos planeado. Te conozco demasiado y sé que no me escribirás, que ni siquiera me enviarás tu dirección, que querrás ser otro. Sé que me odiarás por no haber estado allí como te prometí. Que creerás que te fallé. Que no tuve valor.

“Tantas veces te he imaginado, solo en aquel tren, convencido de que te había traicionado (…).

“Ahora ya sé que te he perdido, que lo he perdido todo. Y aun así no puedo dejar que te vayas para siempre y me olvides sin que sepas que no te guardo rencor, que yo lo sabía desde el principio, que sabía que te iba a perder y que tú nunca ibas a ver en mí lo que yo en ti. Quiero que sepas que te quise desde el primer día y que te sigo queriendo, ahora más que nunca, aunque te pese.

“(…) Mientras escribo, te imagino en aquel tren, cargado de sueños y con el alma rota de traición, huyendo de todos nosotros y de ti mismo. Hay tantas cosas que no puedo contarte (…). Cosas que nunca supimos y que es mejor que no sepas nunca.

“No deseo nada más en el mundo que seas feliz (…), que todo a lo que aspiras se haga realidad y que, aunque me olvides con el tiempo, algún día llegues a comprender lo mucho que te quise”.

Dilecta, si has leído hasta aquí y has comprobado que es verdad cuanto he tejido en esta urdidura, seguramente, aún tendrás la boca abierta.

Y, finalmente, como colofón, para coronar este artículo o columna, acaso convenga recordar que, en cierta ocasión, entre burlas y veras, jugando con su etimología, classis –is, flota, a uno le dio por definir el término en cuestión, resultando, poco más o menos, esto: “Clásico es el texto editado o inédito que, una ver arrojado al ancho mar de las pupilas o de las yemas de los dedos (en el caso de los invidentes), siempre flota”.

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