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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

Distintas formas de mirar el agua, de Julio Llamazares

La última novela de Julio Llamazares sobre la memoria, la nostalgia y el desarraigo
Ana Alejandre
viernes, 10 de abril de 2015, 22:14 h (CET)
En esta nueva novela de Julio Llamazares hay mucho de su propia experiencia vital, aunque recreada en seres de ficción que parecen tener esa humanidad que sólo se encuentra en los personajes literarios que están inspirados en seres de carne y hueso a quienes, una vez cambiados el nombre y la circunstancia personal para no identificarlos demasiado, no pierden por ello ese hálito de vida, de autenticidad que tienen los personajes que son trasuntos literarios de personas que viven o vivieron en el pasado, y a quienes el escritor ha conocido y tratado y de ahí su retrato psicológico que traspasa y recrean los seres de ficción.

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A consecuencia de que, en 1968, se llenó el embalse de Porma, lo que provocó la inundación de los pueblos leoneses de Vegamián, Campillo, Ferreras, Quintanilla, Armada y Lodares, Julio Llamazares, hijo del maestro de Vegamián, y que tenía por entonces sólo nueve años, abandonó su pueblo para ir con su familia al nuevo destino de su padre, que le hizo conocer de cerca ese triste suceso para los habitantes de la zona.

Aunque sitúa la acción y a los personajes que habitan la novela en el pueblo de Ferreras, pueblo que fue el último en ser abandonado por sus habitantes que fueron alojados, como el resto de los pobladores de los otros pueblos afectados, muy lejos de allí, en la comarca de Tierra de Campos (Palencia), zona en la que en el mismo año de los hechos que los obligaron a dejar sus casas, pueblos y tierras, se desecó por completo la laguna de la Nava y se construyeron los que fueron llamados "pueblos de colonización", Cascón de la Nava, concretamente.

Estos hechos, decididos por las instancias políticas y gubernamentales, fueron muy alabados por el propio régimen franquista que los había propiciado, considerándolos unos logros sociales que redundarían en el bien de todos los afectados y de las comarcas en las que tuvieron lugar.

La novela toma como punto de partida la vuelta a las tierras abandonadas por la fuerza y ya cubiertas de agua, para arrojar allí las cenizas del patriarca de la familia, por parte de su viuda, hijos y nietos, porque siempre quiso volver cuando muriese, pues sabía que sólo podría hacerlo cuando ya fuera cadáver y sus restos formaran un montón de cenizas.

Ante esta última despedida, se van desgranando los pensamientos de los deudos del fallecido, que convierten a esta novela en una narración coral, y que demuestra el conocimiento íntimo por parte de Llamazares de esa trágica situación de desarraigo que vuelca en su narrativa en esta ocasión y sobre la que reflexiona, a través de las voces de sus personajes, alrededor de un problema que le ha preocupado siempre: la larga y siempre perenne agonía de un mundo, de un tipo de vida que ya van desapareciendo al mismo ritmo que quienes los protagonizaron, vivieron y sufrieron pero también gozaron. Ese es el mundo perdido que representa la vida rural en extinción lenta pero imparable, que deja huellas emocionales imborrables, sutiles lazos con la Arcadia perdida, sin que en esa nostalgia en el destierro a zonas desconocidas y que nada dicen, pueda desaparecer de la memoria emocionada de quienes vivieron en unos paisajes que se ven ocultos por las aguas y a los que se vieron obligados a abandonar en pos de un supuesto progreso, mientras quedó sumergida en el fondo del alma de sus antiguos habitantes la sensación siempre dolorosa, amarga y sin consuelo, de que esas tierras anegadas flotan en su memoria, en su recuerdo, sin poder ser sumergidas también en el olvido a fuerza de voluntad, porque siempre salen a flote con la indeleble marca que deja el alejamiento, el desarraigo y la nostalgia.

El título de esta excelente novela se refiere a lo que todos los que se han congregado para despedir al fallecido saben lo que se podría reducir en una frase que ha inspirado el título de la novela: "hay distintas formas de mirar el agua", porque todas dependen de cada observador, de su propia idiosincrasia y de lo que busque, según piensa un hijo del fallecido, Agustín, a quienes todos consideran un retrasado mental, pero siempre fiel y trabajador y que, a pesar de todo, ha vivido una existencia feliz en la lejanía de su pueblo natal. El resto de los personajes congregados también se ven tocados de diferentes maneras por la desgracia, por la desdicha del destierro, ya que a todos les ha ido la vida bastante mejor materialmente de lo que hubieran pensado antes de hacer aquel traslado forzoso de vidas y destinos. Ahora, la familia ya cuenta con un estatus de vida de aparente clase media, esa incipiente clase media formada por quienes tienen un cercano origen campesino y rural. Situación nueva que les permitió darles estudios a sus hijos, aunque otros recurrieron a la emigración como solución de vida.

Todos los personajes van hilvanando sus recuerdos y sus sentimientos. En algunos predomina la nostalgia por el paisaje perdido, por los recuerdos de momentos de felicidad o dolor en él vividos, como es el caso de Virginia, la doliente viuda que comienza el relato; pero en otros se acusa el rencor porque la vida no les ha sido muy pródiga en felicidad, como son dos de los hijos del fallecido, José Antonio y Virginia hija; otros sienten admiración por la belleza natural del paisaje, como es el caso de los nietos a lo que no une ningún recuerdo personal al pueblo sumergido bajo las aguas, a no ser cortos viajes en la infancia cuando aún no se había producido la marcha obligada de aquellos hermosos parajes, por lo que tampoco les despierta emoción alguna, salvo excepciones, excepto la sorpresa por su belleza natural. En otros personajes, predomina el fastidio por el regreso obligado para depositar las cenizas del muerto. Todos y cada uno de las voces narrativas van exponiendo, como narradores improvisados y consecutivos, siempre en primera persona, la amplia gama de sentimientos, contradictorios entre sí , que van dibujando un mapa emocional y mental de los personajes que vuelven a un lugar, abandonado hace décadas por la familia formada entonces por sus primeros componentes.

Llamazares no ha querido hacer hincapié, como tantos otros escritores, en el análisis o crítica de la cuestión política y social de la época ni trazar una novela de tinte social, porque su empeño es mucho más sencillo pero más valedero: mostrar las huellas, las heridas que el desarraigo, la nostalgia y y el recuerdo doloroso que provoca el abandono de lo que una vez tuvo un significado fundamental en los seres que nacieron, vivieron, amaron, gozaron y sufrieron en un determinado lugar, en un momento vital que ya es pasado, o al lado de seres perdidos para siempre.

Es por ello, una novela testimonio de la memoria y la nostalgia, del desarraigo y la pena, de la marcha y del regreso soñado a ese lugar ya irrecuperable para siempre, en el que se define, se identifica y en el que cada ser humano se reconoce como único lugar al que permanece siempre unido en el recuerdo y la nostalgia.

El motorista, única voz extraña al núcleo familiar protagonista, pone el colofón preciso, definidor y certero que demuestra que una realidad dolorosa y no vivida personalmente no puede ser comprendida en su pleno significado por quien es ajeno y lo mira con la indiferencia de todo mero observador que ignora la tragedia de quienes, un día, lo perdieron todo para empezar de nuevo en tierras extrañas y se convirtieron así en seres marginados de sus propias vidas que tomaron nuevos y desconocidos rumbos, pero siempre con el recuerdo lacerante de lo que dejaron detrás.

Esta novela coral -son dieciséis voces familiares las que van narrándola, explicando sus sentimientos, sus ideas y sensaciones, la propia experiencia vital que es, al fin y al cabo, la de todos ellos-, es una muestra más de la capacidad narrativa de este autor que siempre consigue el tono justo, hondo, sincero y auténtico que emociona al lector porque, aunque éste no haya vivido esas situaciones narradas, encuentra en la extraordinaria, limpia, clara y concisa prosa de Llamazares la emoción que transmite y con la que el lector sintoniza rápidamente, porque en ella revive el eco lejano de sus propias emociones dormidas, sus experiencias vitales de nostalgia, su dolor agazapado, su propio vacío que dejaron aquellos seres, lugares o sentimientos que alguna vez abandonó para siempre.

Distintas formas de mirar el agua, gran novela aunque corta en extensión, pone de manifiesto, a través del monólogo interior de sus personajes, la veracidad de una frase de Fernando Pessoa, el gran escritor y poeta lusitano, autor de obra tan emblemática, entre otras, como "El libro del desasosiego", quien dijo. "No vemos lo que vemos. Vemos lo que somos". Es esa mirada peculiar de cada uno de los personajes es el que marca el tono narrativo de esta novela coral, porque en la voz de cada uno de ellos se encuentra el eco de la nostalgia de lo perdido, sobre todo en los mayores, aunque en todos late la certeza de la imposibilidad de volver a lo que ya no existe y, sobre todo, la seguridad de que el destierro a tierras extrañas marcó para siempre sus vidas de forma indeleble, dolorosa y con consecuencias ya irreparables. De todo eso son conscientes, en ese regreso fugaz y doloroso, para dejar sumergidas en las aguas las cenizas del hombre que sólo quiso volver al paraíso perdido sólo después de muerto.

Distintas formas de mirar el agua, Julio Llamazares. Alfaguara, 2014, 196 págs.
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