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Etiquetas:   OPINIÓN   -   Sección:   Revista-arte

¿Plástica?... eso no vale para nada

Diana Rosa Danta
Redacción
martes, 30 de enero de 2007, 21:46 h (CET)
A vueltas con las horas de plástica El pasado 14 de diciembre del 2006 se aprobó en el Congreso de los Diputados la nueva Ley Nacional de Educación. Una reforma catalogada por algunos de “maquillaje”, porque, en la práctica, sólo se limita a corregir algunas medidas tomadas por la ley anterior.

Esta nueva ley, vuelve a tocar un tema delicado: el número de horas asignado a cada asignatura. De esta manera, las artes plásticas y visuales, optativa reducida a 70 horas (totales para los 4 cursos de la ESO) aumenta a 105 horas con la nueva legislación. Como es de suponer, estas horas de más se cogen de otras asignaturas que reducen su tiempo: Ciencias Sociales, Geografía e Historia, Lengua Castellana y Literatura, Lengua Extranjera, Religión y Tecnologías.
No sabemos el por qué de este nuevo valor dado a la asignatura. ¿Quizás se ha entendido la importancia de las artes y la expresión plástica? O por la contra, ¿una adecuación a la importante demanda de puestos de trabajo como funcionario en la enseñanza pública?
Sea cual fuere el motivo, es claro que ninguna reforma responde al capricho de la comunidad escolar, sino más bien a las necesidades del Estado por conseguir alumnos, futuros trabajadores competentes (desde una óptica mercantil). Pero este concepto de competencia manejado por las sucesivas legislaciones, limita el desarrollo del alumno al aplicar metas cortas y perpetúa en el tiempo un sistema político, económico y social mediante el adiestramiento y la imposición. Y como nos recuerda Sánchez Delgado: “una de las principales virtualidades de la educación es su capacidad para ampliar los límites del entorno de los estudiantes.”
Se ponen destrezas donde habría que hablar de capacidades, hablan de actitudes en vez de valores, crean programas en vez de métodos y utilizan los contenidos para aprobar o suspender en vez de evaluar.
A propósito de todo esto, creo que tendríamos que plantearnos una serie de preguntas: ¿es la finalidad de la escuela crear obreros especializados que perpetúen el sistema que nos rige? O tal vez ¿pretendemos de ella que cree personas sociales, plenas y felices, con ánimos de cambio, innovación y mejora?
Hacia una nueva sociedad: la sociedad del conocimiento.
Tras la revolución industrial, nuestra sociedad evolucionó hacia la sociedad de la información. Los productos dejaron de ser lo más valioso, puesto que la mayoría de la gente podía acceder a ellos y es así como la información se convirtió en la moneda más preciada. La enseñanza era sólo para unos pocos y los estudiantes adquirían información y se convertían en técnicos especializados de los que dependían todos los demás obreros a la hora de tomar decisiones, arreglar aparatos o diseñar maquinarias.
Pero con la generalización de los medios de comunicación, la escuela y la universidad pública e Internet en última instancia, también la información, los contenidos, fueron alcanzables para todos.
Podemos y sabemos dónde y cómo buscar la información que necesitamos, movemos miles de datos diariamente, pero muy pocos saben exactamente para qué y hacia dónde hay que moverlos.
A consecuencia de este bombardeo informativo, nace la cultura del “me suena”: la revolución de los claveles…. Ah, si, me suena; el colonialismo inglés…sí, eso también me suena. Nos acordamos de poco, casi nada está contextualizado y sólo en excepcionales momentos sabemos para qué nos sirven todos esos contenidos (exceptuando para jugar al trivial).
Es entonces cuando aparece una nueva necesidad, que pronto se hacen notar en la escuela, ya que, como dicen algunos autores, viene siendo un espejo de lo que ocurre fuera de sus muros.
El problema que nos traemos entre manos viene de la utilización de la información que nos llega. Los profesores siguen basando su actividad en la transmisión de contenidos, más o menos, al estilo de los medios de comunicación. Según Martínez Rozana: “La formación queda reducida de modo que se aproxima a las instrucciones de uso que acompañan a los artefactos”.
Pero nuestros niños y jóvenes parecen no digerir estas informaciones, mucho menos amenas que las que aporta la tele o Internet, y menos todavía organizarla, usarla o tramitarla. Y nos preguntamos: ¿por qué ocurre esto?, ¿de quién es la culpa, de los niños, de los profesores, de los padres, del sistema educativo?
Me parece a mi que un requisito imprescindible para aprender es saber cómo aprendemos, los pasos que da nuestra cabeza ante la información que nos llega a través de nuestros sentidos.
Veamos cómo ocurre:
Mediante la observación llegamos a los hechos. Y mediante la colección de hechos se configuran los datos. Estos datos, inferidos, deducidos, son los que crean la información. Hasta aquí la labor de la escuela actual.
Pero no es aquí dónde termina nuestro desarrollo intelectual. El siguiente paso (hoy planteado como el reto educativo) es la asimilación de la información. Solamente a través de esta asimilación de los contenidos, permitirá que el alumno llegue al conocimiento. Más adelante, aunando el juicio y a experiencia, se podrán llegar a metas más altas como la sabiduría, y mediante el compromiso y el desarrollo pleno de capacidades, alcanzar el más alto grado: el talento.
Y a todo esto, nos ayudan especialmente las artes plásticas, ya que el desarrollo intelectual se realiza con especial intensidad, eficacia y amenidad, como apuntan algunos autores. Los motivos son muy variados, pero podríamos resumirlos en dos: la relación tan directa que tenemos con las imágenes y las artes visuales y la utilización del arte como lenguaje especialmente indicado para expresar la parte subjetiva del individuo, sus vivencias, experiencias, creencias... propiciando la crítica, la asimilación y el compromiso con la tarea.
El arte no es solamente una materia, sino un instrumento fuerte y fiable para el aprendizaje de cualquier esfera del conocimiento. Pensemos que el arte, por haber sido generado en contextos históricos, geográficos y políticos tan diversos, constituye una fuente muy importante de datos sobre nuestra historia, geografía y ciencias sociales; que por plantear temas y críticas relacionadas con nuestro mundo y nuestro universo, nuestro lugar en él… hablamos de filosofía; Por dirigirse el autor a un público, utilizando unos medios, en un contexto, etc. para transmitir un mensaje, hablamos de un lenguaje; Por tratar contenidos y conceptos de geometría (medida de la tierra), con cálculos exactos, procedimientos de lógica, etc. trabajamos matemáticas y física; Si hablamos de sus materiales y componentes estamos dentro del campo de la química.
Sin embargo, esto es fácil de olvidar cuando las asignaturas de arte se ven reducidas a dibujo técnico y los medios tecnológicos, lo que viene a ser dejar que el árbol no nos deje ver el bosque o hacer tuercas en vez de pensar en el avión.
Tampoco es fácil recordar todo esto cuando los propios profesores de plástica lo olvidan, limitándose a inculcar contenidos y más contenidos y desarrollar destrezas mediante adiestramientos. Claro que esto, es muy importante para esas ·”competencias” que ha de conseguir el sistema educativo, pero muy poco provechosos si hablamos de crecimiento y desarrollo humano y social.
Según Fernández Pérez: “Suele ser frecuente que los profesores especialistas en algún campo científico-técnico (…) desde el punto de vista profesional, se auto perciben exclusivamente como tales especialistas en sus ámbitos respectivos, olvidando precisamente la profesión que ejercen…”
Las artes como contenido
Estamos en un mundo donde existe una alta tasa de analfabetismo si hablamos de palabras, pero más aun si a lo que nos referimos es a las imágenes. Y esto es conflictivo, puesto que vivimos en una sociedad, ante todo, de imágenes.
Las señales de tráfico son imágenes, así como los esquemas de los libros, los dibujos explicativos o las viñetas del periódico. La publicidad pasó del eslogan a simples imágenes que hablan por sí solas. El teléfono, que supuso un hito en las comunicaciones, pasó de utilizar el sonido a los mensajes de texto y, posteriormente, las imágenes.
Si una imagen vale o no más que mil palabras es un tema discutible. Pero lo que sí es cierto es que una sola imagen nos puede vender un producto, una moda que colapsará la industria textil durante un tiempo, o lo que es más peligroso: una forma de vida, unas expectativas, unos valores o unos objetivos.
Una sola imagen puede desprestigiar a un personaje público, describir una guerra o incluso provocarla.
Hablar de artes visuales es hablar del lenguaje con el que se dirigen a nosotros diariamente y las malas interpretaciones o la ignorancia de los códigos supone una importante barrera de acceso al conocimiento.

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