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Etiquetas:   Literatura   Ross Macdonald   Novela  

​La piscina de los ahogados, de Ross Macdonald

​El lector agudo en estos ambientes policíacos puede ir descubriendo algunas pistas por entre los vericuetos senderos por los que discurre la narración de la historia
Francisco Vélez Nieto
lunes, 13 de julio de 2020, 08:44 h (CET)

Verano caluroso es el que nos espera para acompañar la pandemia. Placer deseado el de tener una buena piscina donde refrescarse la querida lectura: Sansón y Dalila, Marco Antonio y Cleopatra. Lo nada agradable es cuando la envidiada y deseada piscina provoca de súbito oscuras sorpresas.

La literatura tiene sus sorpresas y sus desesperaciones. En 1950 Ross Macdonald publicó La piscina de los ahogados, que en 2011, 61 años más tarde, fue nuevamente publicada por RBA, aunque la edición que yo he leído es otra bastante anterior. Pertenece a Club del Misterio. Todo un clásico

En sus comienzos, la novela negra tenía por protagonistas más a detectives privados que a policías. Algo parecido a la poesía, que tiene más poetas que lectores. Todo esto se debía, sin duda, a un desconocimiento literario de principios. Hoy, por fortuna, constancia y calidad – ya comentada por la crítica-, ofrece una escala de valores que enorgullece a la literatura.

En La piscina de los ahogados el detective Lew Archer recibe el encargo de una mujer: averiguar quién ha enviado un anónimo a su casa calificándola de adúltera. La mujer vive con su marido, su hija y su suegra en una propiedad de esta última. Sobre la que la ha puesto los ojos una empresa petrolera. La suegra es de las de “Dios aprieta pero quien resiste gana", por lo que en modo alguno está dispuesta a vender la casa. Sin embargo, algo ocurre: aparece un ahogado en la piscina durante una celebración en la que el propio Archer está presente. La pregunta: ¿suicidio o asesinato?

Verano caluroso es el que nos espera para acompañar la pandemia. Placer deseado el de tener una buena piscina donde refrescarse con la querida lectura: Sansón y Dalila. Marco Antonio y Cleopatra. Aunque desagradable cuando la envidiada y deseada piscina provoca de súbito oscuras sorpresas. Es lo que sucede en la joya de la mansión de tan acaudalada Mrs. Sloucum se encuentra situada sobre un riquísimo yacimiento de petróleo. Ansiado por ambicioso con sed de ganancias, sin importarle nada la belleza natural del paisaje. Puesto que la distinguida anciana se viene negando a explotar o vender tan codiciado tesoro bajo sus pie y perder el delicioso paisaje del que disfruta. Por la sencilla razón que la distinguida señora ama la naturaleza más que los caudales de oro negro. Una noche cualquiera la descubren ahogada en el fondo de su envidiada frescura.

El panorama profesional se le pone complicado al detective Lew Archer, que ha sido contratado por la nuera de la dama ahogada en extrañas circunstancias. Para aclarar el origen de una carta difamatoria dirigida a ella con amenaza de airear su vida privada. De manera que si la investigación podría haber sido como unas vacaciones pagadas con lujo incluido, de súbito, se encuentra en un corto espacio de tiempo con dos cadáveres: la señora millonaria y a continuación el de la nuera, que aparece muerta en su dormitorio con claros síntomas de haber tomado estricnina. Tensa situación entre los intereses creados por los familiares de la anciana víctima que dejan mucho que desear. Extraña situación en la que se halla el tan avezado detective Lew Archer, consciente de tener que sumar a la carta anónima difamatoria dos cadáveres y un entorno familiar de herederos un tanto sospechosos y variopinto. Enrarecido trasfondo de intereses económicos, envidias y oscuros secretos familiares harán que nuestro sabueso deba implicarse al máximo para llegar al fondo del caso sin dejarse la piel en el intento.

Una aventura detectivesca compleja frente a la tela de araña donde se encuentra enredada una herencia nada despreciable. Al mismo tiempo que la poca transparencia de ciertas afinidades mafiosas que codician y aspiran a poder quedarse con esa propiedad para explotar el subsuelo y su oscuro y contaminante petróleo de torres metálicas. Los golpes y escaramuzas del más variado decorado se suceden una vez tras otras. Capos, matones a sueldo, antros no menos sospechosos, prostitutas y barra libre a la carta de vicios variados y juego con todas las consecuencias y apetitos. Aunque también hay ternura y amorosos sueños frustrados.

El lector agudo en estos ambientes policíacos puede ir descubriendo algunas pistas por entre los vericuetos senderos por los que discurre la narración de la historia. Pero cuidado, porque los cambios que se producen inesperadamente son muchos hasta justo el final de la narración. Ross Macdonald (Los Gatos, 1915 -Santa Bárbara, 1983), pseudónimo de Kenneth Millar, es uno de los autores clave de la literatura negra norteamericana poseedor de maestría narrativa que no ha empolvado el tiempo.

Doctor en Literatura por la Universidad de Michigan, inició su carrera literaria durante la primera mitad de los años cuarenta en revistas de bajo presupuesto. Valiéndose de la influencia de autores como Dashiell Hammett y Raymond Chandler, de quienes ha sido considerado uno de sus más brillante herederos. Su primera novela, The dark tunnel (1944), marcó el inicio de una prolífica carrera que le coronó como uno de los mayores creadores de literatura policíaca del siglo XX.

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