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Etiquetas:   Entre tú y yo   -   Sección:   Opinión

El plan B

Juan Luis Lara
Juan Luis Lara
domingo, 7 de enero de 2007, 22:24 h (CET)
Resulta paradójico, pero en cuanto ETA ha hablado de la forma que mejor sabe el diálogo se ha roto. Es el problema que tiene sentarse a la mesa con quien sólo entiende el idioma de la extorsión y las bombas. Le pasó al gobierno de Aznar y ahora le pasa al de Zapatero: a los meses de comenzar la tregua todo salta por los aires. Otra trampa. Otra victoria de los terroristas.

Y mientras dos familias destrozadas esperan ansiosas encotrar un recuerdo entre los escombros de la Terminal 4 y la mastodóntica inversión realizada con los impuestos de todos los españoles queda reducida a cenizas, gobierno y oposición se entretienen en el “te lo dije” y en el “y tú más”. La incapacidad para encontrar soluciones lleva a buscar culpables donde debería haber compañeros de fatigas. La lucha por la libertad y la democracia debería merecer la pena.

Queda claro que los terroristas han aprovechado los nueve meses de tregua para abastecerse de armas y reforzar sus estructuras. La explosión del 30 de diciembre no deja lugar a dudas. Por eso no es necesario que el PP lo diga y lo repita, ni que cuestione qué hacía el Presidente del gobierno en Doñana la noche de fin de año, ni que plantee, como se ha sugerido desde distintos foros, una moción de censura. La responsabilidad política obliga al principal partido de la oposición a ofrecer su apoyo, callar y mantenerse del lado del Estado de Derecho. Tiempo habrá para pedir cuentas y ganar votos.

El gobierno, por su parte, debe reaccionar. El proceso de paz ha sido la piedra angular del mandato y, una vez más, ha fracasado. La tibieza del presidente a las pocas horas del atentado ha sido subsanada por otros líderes socialistas, especialmente por Rubalcaba, pero ahora toca pasar al plan B. Porque, esperemos, tendrán un plan B...

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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