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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

Lucrecia Borgia, la hija del Papa, proyecta nuevas luces clarificadoras

Una biografía novelada insólita en su retrato del personaje
Ana Alejandre
lunes, 17 de noviembre de 2014, 08:15 h (CET)
Lucrecia Borgia (Subiaco,1480 - Ferrara, 1519) además de su belleza extraordinaria que pintó Pinturicchio, siempre ha sido considerada como un personaje maléfico, poseedora de todos los vicios y símbolo de la más genuina maldad, a pesar de que ejerció el mecenazgo de escritores y artistas, y supo acoger y proteger a sus familiares después de producirse la caída de su padre, el Papa Alejandro VI.

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Fue el último miembro de la poderosa, influyente y temida familia de los Borgia (apellido al que latinizaron más adelante convirtiéndolo en Borgia), oriunda de Borja, región española que se encuentra en los confines orientales de la sierra del Moncayo (Zaragoza), aunque se estableció dicho linaje en Valencia en el siglo XIII. Uno de sus antepasados fue el obispo Alonso de Borja (1378-1458) que llegó a Roma procedente de Játiva y fue elegido Papa con el nombre de Calixto III, y quien se hizo famoso por su carácter déspota y cruel que le ganó el odio y rechazo de los romanos, de lo que se benefició su sobrino Rodrigo, padre de Lucrecia, quien consiguió sortear la animadversión que el apellido Borja había cultivado por la actuación de su tío y a la muerte de éste, gracias a la fortuna heredada, consiguió el papado con el nombre de Alejandro VI.

Lucrecia vivió y creció en el seno de las poderosas, cultas, pero siempre depravadas cortes renacentistas italianas, en las que era práctica habitual la terrible costumbre de envenenar con diversas pócimas -especialmente arsénico-, a los invitados que representaban un estorbo o un peligro en el camino de ambición y búsqueda del poder de los anfitriones, obsequiosos en apariencia y criminales en su evidente intencionalidad. Dicha actividad criminal ha sido imputada a la propia Lucrecia, creando así su halo maldito que la convierte en un personaje temible y morboso que ha pasado a la historia.

Dario Fo, el actor y dramaturgo italiano, Premio Nobel de Literatura en 1997, ha escrito esta biografía novelada que sirve de objeto de este comentario, en un deseo de rehabilitar la siempre denostada figura de Lucrecia Borgia, otorgándole una luz clarificadora que despeja las muchas sombras que se cernían sobre esta desdichada mujer que murió con sólo treinta y nueve años y en cuya corta vida vivió intensamente en pleno esplendor del Renacimiento. Desde su nacimiento su vida estuvo marcada de forma indeleble por la lucha por el poder, la ambición y los avatares políticos en el seno de su famosa estirpe. Este insólito personaje ha despertado la atención de escritores, historiadores y filósofos, y ha hecho correr ríos de tinta en diversas biografías, libros de historia dedicados a su figura, ensayos y un largo etcétera, al que se suma esta obra de Dario Fo, escrito como un póstumo homenaje a la memoria de su esposa recientemente fallecida.

En esta obra sobre Lucrecia Borgia, tan diferente a las anteriores que sobre dicha figura se han escrito, Dario Fo ha abandonado todas las teorías que sobre dicho personaje han sido las que han vertido sobre ella toda clase de conjeturas escandalosas, malévolas y distorsionadoras, para recrear su figura desde el punto de vista de la vertiente más humana, alejada de toda clase de corrientes históricas escandalosas, borrando la imagen de mujer viciosa, malvada e incestuosa, pero siempre teniendo como telón de fondo la época histórica en la que vivió y el día a día de la vida cotidiana. Todo el esplendor de las cortes renacentistas envuelve su figura, bajo la sombra del Papa Alejandro VI, su padre, el Pontífice más siniestro y corrupto de la historia; además de la inquietante presencia de su hermano Cesar Borgia, otro personaje en el que la crueldad, la maldad y la maquinación se aunaban al servicio de su ambición.

Lucrecia, fue así una figura útil que su padre y hermano utilizaban para crear alianzas que convenían a sus propios intereses. Los tres maridos de Lucrecia, fueron víctimas de las intrigas por el poder, siendo expulsados, asesinados o humillados. Alejandro VI casó a su hija, con sólo trece años, con Giovanni Sforza, aunque el matrimonio sólo duró cuatro años debido a las maquinaciones del Pontífice para romper esa unión, por lo que Sforza tuvo que huir, presumiblemente avisado por su esposa, lo que sirvió a los planes de Alejandro VI que pudo anular el matrimonio con la disculpa de que era impotente. Todo ello para casarla con su segundo cónyuge, Alfonso de Aragón, príncipe de Bisceglie, bastardo de la familia real de Nápoles, boda que se celebró en agosto de 1498, y con quien Lucrecia tuvo un hijo llamado Rodrigo que nació en noviembre del siguiente año. Mientras Cesar Borgia aspiraba al trono de Nápoles mantuvieron en vigor el matrimonio, pero una vez que sus aspiraciones se truncaron, Alfonso fue asesinado en presencia de Lucrecia. El tercer marido fue el duque de Ferrara, Alfonso de Este, quien la sobreviviría al fallecer Lucrecia en 1519 de sobreparto.

También las figuras de sus diversos amantes aparecen en esta obra, entre ellos el más importante para Lucrecia, el gran humanista Pietro Bembo, con el que compartía la gran pasión por el arte, la poesía y el teatro, pues Fo retrata a Lucrecia como una mujer inteligente, culta e interesada por el conocimiento.

Fo, para quitarle la negra sombra del oprobio a esta interesante figura femenina, niega el incesto de Lucrecia con su padre y hermano; y descarta que ella fuera la madre del llamado "hijo de Roma", cuya paternidad fue reconocida sucesivamente por el Papa Alejandro VI y por César Borgia. Igualmente, desmiente el supuesto romance de Lucrecia con su concuñado, el marqués de Mantua.

Lucrecia aparece así como una mujer atrapada en una vorágine de ambiciones entrecruzadas, intrigas, confabulaciones y lucha por el poder, en la que sabe que su propia supervivencia en ese ambiente insano depende de su familia y de su propia inteligencia para sortear los obstáculos y peligros que la rodean, aunque también tiene en su contra que sabe que tiene más integridad moral que todos sus familiares, sin que ello presuponga que es una mujer llena de ingenuidad e inocencia, pues posee, además de inteligencia y una gran astucia, una excelente capacidad organizativa e iniciativa que le permite formar un ejército o también realizar labores de vicaria para sustituir a su padre en ciertas ocasiones.

Toda la obra de Fo está plagada de diálogos -aunque en algunos momentos estos parecen estar supeditados a la función de ofrecer datos, lo que fuerza la propia dinámica del diálogo-, en los que demuestra su maestría dialoguista como buen dramaturgo que es; además de ofrecer múltiples notas a pie de páginas que van aclarando conceptos, ofreciendo datos y dando así un marchamo de autoridad a toda la obra, algo insólito en este género -por ser un recurso que es propio de los tratados académicos-, en el que la historia y la ficción narrativa se mezclan, creando situaciones, diálogos y escenas que son fruto de la imaginación del autor y no de la propia y aséptica realidad histórica.

Toda la narración ofrece una agilidad y ligereza que agradece al lector por hace su lectura amena que, sin duda, atrapara a los amantes de las novelas históricas y de la siempre apasionante época del Renacimiento italiano, porque encontrarán en esta obra un motivo de disfrute y conocimiento, además de una más amable imagen de Lucrecia Borgia, iluminada por una luz que proyecta nuevos y más benévolos perfiles de este personaje siempre denostado, y suaviza las sombras con las que los tratados históricos la han cubierto siempre de ignominia.

Lucrecia Borgia, la hija del Papa. Dario Fo. Traducción de Carlos Gumpert. Siruela. Madrid, 2014. 272 páginas.
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