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Etiquetas:   Internacional   Estados Unidos   -   Sección:   Opinión

La "parte errónea de la historia" y el matrimonio

El matrimonio entre personas del mismo sexo ha pasado de ser un impensable a ser un imparable
Jeff Jacoby
miércoles, 9 de julio de 2014, 07:37 h (CET)
Miles de estadounidenses se concentrarán en Washington, D.C. el jueves con motivo de la Marcha en Defensa del Matrimonio, en apoyo al "mensaje sencillo y hermoso", citando a Brian Brown, de que "el matrimonio entre un hombre y una mujer es extraordinario y crítico para nuestra sociedad". Brown es secretario de la Organización Nacional en Defensa del Matrimonio, principal impulsor del acto.

¿No saben sus partidarios y él que se colocan de "la parte errónea de la historia"?

En estos tiempos, por supuesto, cualquiera que se oponga públicamente al matrimonio entre personas del mismo sexo puede dar por descontado ser objeto de desprecio en muchos sectores por racista o tachado de ignorante. Ningún Demócrata de aspiraciones políticas sólidas se atrevería a convenir con el punto de vista tradicional de Brown. En ciertos lugares lo mismo ocurre cada vez más entre los Republicanos.

Pero hasta prácticamente ayer en términos históricos, la interpretación tradicional del matrimonio como unión complementaria entre un hombre y una mujer no tenía nada de polémica. El "mensaje sencillo y hermoso" de Brown hoy tan amenazado que necesita de defensa en concentraciones en Washington era una postura igual de convencional que la vida cotidiana norteamericana.

"El matrimonio tiene un contenido histórico, religioso y moral que se remonta al principio de los tiempos", declaró Hillary Clinton en el año 2000, "y a mí me parece que el matrimonio es, como ha sido siempre, [una unión] entre un hombre y una mujer". Después incluso de que el Tribunal Supremo de Massachusetts fallara que los obstáculos jurídicos al matrimonio entre personas del mismo sexo eran irracionales, muchos progres mantuvieron la postura. Importantes candidatos presidenciales Demócratas en 2004 — John Kerry, John Edwards, Joseph Lieberman, Dick Gephardt — se postularon como detractores del matrimonio homosexual. Así se postularon Clinton y Barack Obama en 2008.

¿Ha existido alguna vez una polémica más elemental en torno a la cual las tornas hayan cambiado con tanta rapidez?

El matrimonio entre personas del mismo sexo es hoy legal en más de la tercera parte de los estados, y el Tribunal Supremo de los Estados Unidos resolvió el año pasado que tales uniones han de ser reconocidas por el gobierno federal. Durante los últimos meses, una oleada de sentencias de instancias inferiores ha ido tumbando prohibiciones al matrimonio entre personas del mismo sexo a nivel estatal. Y hay previsiones de que el año que viene, una sentencia del Supremo rematará la cuestión, regularizando el matrimonio homosexual en cada uno de los 50 estados.

De la noche a la mañana, el matrimonio entre personas del mismo sexo ha pasado de ser un impensable a ser un imparable. ¿Qué creen que van a lograr pues esos manifestantes de Washington? ¿No tienen nada mejor que hacer con su vida que luchar por una causa que, si bien no perdida del todo, está desde luego en las últimas?


¿Por qué no ven venir la inevitabilidad histórica?

Sería desde luego más fácil reconciliarse con el nuevo orden, considerando sobre todo la agresividad y la hostilidad que manifiestan muchos activistas de la "igualdad conyugal" contra quienes se oponen al matrimonio homosexual.

Una vez más pues, más de lo mismo se podría haber dicho hace un siglo a quienes insistían — en lo profundo de las leyes de la segregación — que la causa de la igualdad racial y los derechos fundamentales era digna de defenderse. También ellos habrán escuchado con regularidad que estaban "de la parte errónea de la historia". Las promesas del periodo de la Reconstrucción habían desaparecido tiempo atrás. En gran parte del país, la integración de los negros en igualdad de condiciones era una cuestión formal irreal. El Tribunal Supremo había resuelto por 7 a 1 votos en el fallo Plessy contra Ferguson que la segregación racial — "segregados pero iguales" — era constitucional. El presidente de los Estados Unidos era un supremacista blanco bajo cuyo mandato a los trabajadores negros del Estado se les despedía, y las instancias públicas de Washington eran segregadas.

Distinguidas voces argumentaban que los negros no tenían más opción realista que acomodarse a lo malo conocido. Pero había otros que insistían en que los principios desaparecidos del abolicionismo podían reanimarse, que las leyes de la segregación podían ser combatidas y con el tiempo revocadas, que el principio del "segregados pero iguales" se fundamentaba en una mentira y que acabaría siendo insostenible. Ellos fundaron en 1909 la Asociación Nacional para el Avance de las Personas de Color, iniciando un movimiento que con el tiempo transformaría América.

Los activistas homosexuales consideran su cruzada en defensa del matrimonio entre personas del mismo sexo otra batalla por derechos fundamentales. Es una comparación falsa. Las leyes de la segregación privaban a los estadounidenses negros de derechos a los que tenían derecho ya — derechos que venían especificados en las Enmiendas Decimocuarta y Decimoquinta, derechos más tarde robados tras el período de la Reconstrucción. Pero el matrimonio homosexual no recupera derechos perdidos; redefine "matrimonio" como algo que carece totalmente de precedentes dentro de la sociedad humana.

La historia está jalonada de causas y creencias que en un momento dado se consideraron históricamente imparables, desde el derecho divino de los monarcas a la revolución marxista mundial. En un abrir y cerrar de ojos relativo, el matrimonio entre personas del mismo sexo ha realizado avances psicológicos y políticos extraordinarios. Vive un periodo de éxito, ganando corazones y mentes y sentencias judiciales en la misma medida. No es raro que a tantos les parezca que el veredicto de la historia se ha fallado, y que el matrimonio entre personas del mismo sexo llega para quedarse.

Puede que así sea.

O puede que el gran debate nacional del significado del matrimonio no esté perdiendo intensidad, sino calentando motores solamente. Y puede que esos manifestantes de Washington, con su "mensaje sencillo y hermoso", acaben siendo no tozudos que no saben cuándo dejarlo sino defensores de un principio que la historia, con el tiempo, va y reivindica.
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