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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

Sólo nos separa el dinero

Óscar Arce
Óscar Arce
domingo, 22 de octubre de 2006, 22:17 h (CET)
La tensión evidente entre los dos estratos principales en una sociedad, aquéllos a los que Nietzsche incluso asignó una ética específica -la de los opresores y la de los oprimidos-, parece haberse ido diluyendo con los años.

No ha desaparecido la tensión, claro, pero no sabemos exactamente con quién o en contra de quién debemos estar. Y ello se debe en parte a la nueva aparición de la estrategia extensamente utilizada a lo largo de la historia, que supone que el opresor conceda a un oprimido un privilegio cercano a los de aquél, para que éste controle la situación entre sus iguales, también oprimidos.

En esta concepción se dan por supuestas dos situaciones que deben empujar al escogido a aceptar el nuevo cargo casi inmediatamente: ningún oprimido puede imaginar los privilegios que realmente los opresores tienen, y todo oprimido quisiera ser opresor.

Los poderosos aprovechan los delirios de grandeza de algunos para proponerles ser el controlador de los suyos, ofreciéndoles simple moneda como moneda de cambio. Cuando no existe dinero en el trato, el oprimido está convencido de que la buena actuación de hoy es el aumento de sueldo de mañana.

Pocos son los que pueden negarse a un pacto descendente, de arriba hacia abajo. Y, en efecto, pocos se niegan, aunque no se conforman con mucho: unas migajas más y un par o tres o cien de empleados -otrora compañeros- a su cargo. Se valida la hipótesis.

Con esta nueva inclusión en el escenario social económico, no se encuentra la frontera marcada como antaño entre el obrero y el patrón. Más bien, han aparecido unas posiciones intermedias que, por su propia condición de intermedias, no son ni una cosa ni otra. Ni trabajadores corrientes, ni jefazos.

Posición liminal, ciertamente, que además añade un escalón entre los dos extremos, aumentando la distancia entre los de arriba y los de abajo. Lo que supone en gran medida que para subir siempre deberá pisarse sobre su superficie y que, al bajar, será el primer escalón pisado.

Recoge las iras de ambos bandos y las traslada al bando contrario, que nunca podrá confiar totalmente en él, pues está demasiado cerca del otro. Aún así, siempre intentará mantener el puesto a cambio de un aumento o la promesa de aumento de sueldo.

El gran logro del opresor capitalista ha sido convencer al oprimido que sólo el dinero les separa.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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