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Etiquetas:   Crítica   Literaria  

‘Els ambaixadors’ de Albert Villaró

Una ucronía entretenida y divertida galardonada con el Premio Josep Pla 2014
Herme Cerezo
martes, 8 de abril de 2014, 08:06 h (CET)
Especular es algo que la historiografía más seria y oficial no puede permitirse. La ficción, sí. La ficción es territorio abonado para este tipo de experimentos. Y eso es lo que ha hecho el escritor Albert Villaró (La Seu d’Urgell, 1964) en su novela ‘Els ambaixadors’, editada por Destino, con la que el pasado Día de Reyes ganó el Premi Josep Pla 2014. ‘Els ambaixadors’ es una ucronía, esto es, según el diccionario de la RAE, una “reconstrucción lógica, aplicada a la historia, dando por supuesto acontecimientos no sucedidos, pero que habrían podido suceder”.


Els_ambaixadors
Con voz en tercera persona, Villaró introduce al lector en una España extraña, gobernada por Sanjurjo ya que Franco murió en un accidente de aviación sufrido con el Dragón Rapide mientras lo trasladaban desde Madrid a Santanader. O sea que uno ocupó el lugar que el otro desempeñó en la realidad. Mola, el estratega del golpe de estado del 36, no deseaba el poder y José Antonio, que no fue fusilado, se ve convertido en ideólogo y oráculo, en mantenedor de las esencias del régimen. En este panorama, Cataluña es un estado independiente desde el año 1934, cuando el general Batet apoyó al president de la Generalitat en su proclamación de independencia, en lugar de sofocar y aplastar la declaración secesionista como era su deber si hubiera obedecido las órdenes que de arriba la venían. España y Cataluña, Cataluña y España, dos países separados en el escenario pergeñado por el escritor afincado en Andorra. Y enfrentados, porque Madrid no se resigna a perder el territorio catalán y la Generalitat trata de impedir la anexión. Así, con el apoyo de un grupo de científicos alemanes, los que desdeñaron norteamericanos y rusos tras finalizar la II Guerra Mundial, en el santuario del Valle de los Caídos, donde Franco está enterrado debajo del altar mayor, han preparado una bomba atómica para lanzarla sobre Barcelona y recuperar el antiguo principado, ahora república. Relativo a este propósito, el del bombazo, resulta muy significativo el texto que precede la novela, firmado por Manuel Azaña: “Una persona de mi conocimiento asegura que es una ley de la historia de España la necesidad de bombardear Barcelona cada cincuenta años”. Este panorama se completa con el dato de que un puñado de líderes de la izquierda, entre otros Azaña y Carrillo, han sido fusilados. Sin embargo, Andreu Nin, el antiguo líder del POUM, todavía vive y colabora con los servicios secretos norteamericanos. Voilà!.

La historia, planteada en principio como un tema de altos vuelos y que arranca a partir de unos supuestos hipotéticos verdaderamente interesantes, pronto se convierte en una suma de peripecias: las del comando (en catalán escamot, bella palabra) de espías, dirigido por Mosén Farrás y enviado a España para destruir el prototipo de bomba atómica preparado por los españoles, y las acciones del contraespionaje hispano. La embajada de Andorra en la capital madrileña se convertirá en punto de contacto para los movimientos de los agentes, justo en las mismas fechas en las que se celebra un Congreso Eucarístico Internacional (últimamente proliferan los congresos eucarísticos en literatura, parece que dan mucho juego). Este marco se antoja idóneo para que los protagonistas opten por disfrazarse de curas y monjas, de capellanes y cardenales, para moverse por la ciudad. El caso es pasar inadvertidos, algo que no siempre consiguen, claro, porque sus indumentarias suenan demasiado espectaculares. No debía de ser demasiado frecuente, incluso durante los años cuarenta, ver cómo un cardenal deambula por las calles a horas intempestivas, acompañado por un devoto séquito de religiosos y religiosas, todos ellos ataviados como tales. Este séquito, además, lo forman varios irlandeses, uno de ellos calzado con una sotana que le viene corta, estrecha y oprimida, una española reconvertida para la causa y el corresponsal de dos periódicos, La Vanguardia y Le Figaro, que no es otro que Josep Pla. Ni en carnaval, vamos.

El sentido del humor preside la novela. Villaró, sin duda, se ha divertido lo suyo moviendo a sus personajes por territorio hostil, Madrid en este caso. La narración está plagada de detalles que invitan a sonreír casi de modo continuo por todo lo que nos lleva a imaginar. En ocasiones este mismo humor impide que algunas escenas, que se pretenden serias, lleguen a serlo del todo. Resulta difícil tomarlas como tales. A los españoles se les pinta como los malvados de la película y, aunque los catalanes salen mejor parados e incluso cuentan con apoyo logístico aliado, el propio primer ministro inglés Winston Churchill, como cuerpo especializado en espionaje y acciones de sabotaje son auténticos chapuzas a los que las cosas les salen bien por pura casualidad. Sin embargo, creo que el dinamismo de la acción decae hacia el final. Los últimos capítulos no consiguen mantener el mismo nivel de ritmo que el resto del texto, a pesar de la triple voltereta puesta en práctica por el escritor catalán para tratar de conseguirlo.

‘Els ambaixadors’, probablemente porque no podía ser de otro modo, incluye un extenso y singular dramatis personae, en el que se biografían las vidas de los personajes que protagonizan la aventura. Escribo singular porque es un dramatis humorístico, falso, de broma, en el que la imaginación de Villaró se ha desatado por completo. Bajo esta efervescencia, nos enteramos que Andreu Nin no desapareció asesinado el 22 de junio de 1937, que Felipe II fue un rey prudente al que las crisis de Flandes provocaban urticaria, que Enrique VIII jugaba al tenis y coleccionaba esposas o que Samaranch consiguió que la gente olvidase su pasado falangista para alcanzar la presidencia del COI, entre otras muchas anécdotas.

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