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El talento creador y sus servidumbres

Análisis de los métodos de los creadores literarios
Ana Alejandre
jueves, 13 de marzo de 2014, 09:10 h (CET)
En todas las profesiones existen, en mayor o menor medida, una serie de costumbres, manías u obsesiones que tienen o sufren los distintos profesionales en el ejercicio de sus diferentes parcelas de actividad. Sin embargo, en el ámbito de la literatura y de las artes, estas manías se convierten en algo tan generalizado que pasan a formar parte ineludible de la vida cotidiana de escritores y artistas, como exigencias ineludibles y obligadas siempre vinculadas al propio oficio del creador.

Esas manías obsesivas son innumerables en escritores de todas las épocas -ciñéndonos a la literatura y obviando otras actividades artísticas- que muestran la complejidad de las mentes creadoras, no siempre exenta de neurosis, la que se pone de manifiesto en costumbres repetidas hasta la saciedad por quienes, sin esos extraños ritos, se confiesan incapaces de escribir una sola línea. Todas ellas muestran que el proceso de creación, además de su dificultad, es siempre terreno abonado para que quienes lo ejercen empiecen a establecer un sinfín de ceremonias secretas, repetidas y exigidas por sus creadores que las necesitan para apoyarse en esa especie de "muletas" de todo tipo, algunas de ellas verdaderamente extravagantes e insólitas.

Veamos, pues, cuáles son algunas de estas manías, filias y fobias que sorprenden, algunas por su extravagancia, otras por su peligrosidad, sin olvidar a las que dejan perplejos por su rareza o ridiculez.

Camilo José de Cela, -según afirmaciones del propio escritor en vida y que demuestran su veracidad los manuscritos que se conservan de dicho autor-, era incapaz de escribir una sola línea si no lo hacía con tinta de color marrón que le fabricaban expresamente para él, ya que sin ese requisito no podía comenzar el proceso de escritura que siempre hacía a mano y con pluma estilográfica.

Antonio Gala también ha sido siempre adicto a escribir en papel usado de ordenador, especialmente el de formato continuo, por lo que le pedía a diferentes empresas que le enviaran el papel usado por las mismas y en el que escribía en la cara posterior en blanco. Decía que el hecho de escribir en un papel ya usado le parecía quitarle seriedad y formalidad al proceso creativo, trivializando dicha actividad que, según ha dicho siempre, hubiera sido incapaz de llevar a cabo sobre un papel inmaculado y en blanco.

Francisco Umbral afirmaba que no podía escribir sin haber tomado un optalidón (medicamento que fue retirado de las farmacias en los años ochenta por su peligrosidad) mezclado con güisqui, rito que debía seguir escrupulosamente antes de comenzar a escribir aunque sólo fuera un artículo.

Stephen King, es un ejemplo de la necesidad de cumplir con el deber de escribir una determinada cantidad de páginas al día, aunque, en su caso, cuenta su producción diaria por palabras, pues sólo se siente satisfecho cuando ha escrito 2.000 palabras, no cesando en su labor creadora antes de haber escrito ese límite auto exigido.

Isaac Asimov, escritor estadounidense y autor de obras de ciencia ficción tan emblemáticas como Yo, Robot y La Trilogía de la Fundación, es otro ejemplo de la exigencia de una determinada cantidad de producción literaria, aunque en su caso contabiliza el número de horas dedicadas a la escritura, confesaba que trabajó siempre y sin excusa desde las 7 de la mañana hasta la 1 de la madrugada siguiente; costumbre rígida de horario que afirmaba le venía desde cuando trabajaba en el comercio de caramelos de su padre.

En las manías en cuanto al ambiente en el que desarrollaban su labor de escritores, hay otros ejemplos como es el caso de León Tolstoi, el gran novelista ruso, que, antes de comenzar a trabajar, tenía que asegurarse de que todas las habitaciones de su casa, cercanas a su estudio, permanecían cerradas con llave, a fin de evitar los ruidos que pudieran distraerlo mientras escribía.

Thomas Mann, el gran novelista alemán, autor de obras tan emblemáticas como La muerte en Venecia o La Montaña mágica, era otro ejemplo relativo a las exigencias de las condiciones ambientales, porque prohibía a sus hijos que jugaran desde las 9 de la mañana hasta el mediodía, horas que dedicaba a escribir. Pero, aún llevaba su exigencia más allá de los ruidos ambientales, pues respetaba a rajatabla su horario para escribir, por lo que todos los asuntos que llegaran a su conocimiento a partir del mediodía, tuvieran la urgencia que tuvieran, quedaban pendientes hasta el día siguiente, ya que cumplía su horario escrupulosamente y sin excepciones.

Charles Dickens, escritor inglés, autor entre otras de las obras David Copperfield y Oliver Twist, por su parte, era maniático en cuanto al "decorado" en el que escribia, pues exigía que, además del silencio más absoluto, en su estudio tenía que imperar un orden total y en una disposición concreta: el escritorio debía estar frente a la ventana y sobre el mismo tenía que haber siempre un tintero con tinta azul (otro escritor obsesionado por el color de la tinta con la que escribía), plumas de ganso, además de un pequeño jarrón de flores frescas, una conejo sobre una bandeja (se supone que sería de porcelana, claro) y dos estatuillas de bronce.

Saul Bellow, otro escritor americano de origen judío, Premio Nobel de Literatura 1976, era el contrapunto de los adictos al orden y al silencio, porque él afirmaba que podía escribir contestando innumerables llamadas telefónicas de sus editores, agentes, discípulos y amigos. Aunque su "manía", era que, después del barullo de visitas y llamadas, para poder recobrar la concentración tenía que hacer durante unos minutos ¡el pino!.

Agatha Christie, la escritora y dramaturga inglesa creadora de los inefables personajes Hércules Poirot y Miss Marple, era ajena a la exigencia de un escenario determinado y un orden y silencio absolutos, pues decía que era capaz de escribir en cualquier lugar de su casa, tanto fuera el salón, la cocina o el cuarto de baño.

Georges Simenon, el escritor belga en lengua francesa y autor del famoso inspector Maigret, era inconstante en su labor creativa, pues lo mismo podía estar meses sin escribir ni una sola línea, como escribir 80 páginas o más de un tirón y sin levantarse de la mesa. Su fobia era, precisamente, a la rutina obligada de escribir todos los días.

Samuel Beckett, otro escritor compulsivo en sus momentos creativos, no tenía horario fijo ni exigencia conocida para escribir, pero era famosa su capacidad creadora que le hacía escribir de forma continua, obsesiva e incansable por rachas creadoras, sin continuidad ni método.

Están también los escritores adictos al alcohol, las drogas, los somníferos y/o tranquilizantes o antidepresivos que, si alguna vez los tomaron como costumbre social (el alcohol) o como medio terapéutico para curar el insomnio, la ansiedad y el estrés, terminaron convirtiéndose en sus peores enemigos y en armas de doble filo, pero sin las que no podían escribir. Por ejemplo:

William Faulkner, el escritor norteamericano, autor de una veintena de novelas que trataban del grave problema creado por las diferencias de estilo de vida entre el viejo y el nuevo sur de su país, era un adicto al alcohol que le acompañaba siempre en sus procesos creativos.

Sartre era adicto al alcohol, los barbitúricos y el Corydrane que fue también prohibido en Francia a partir de 1971, por ser un compuesto que contenía aspirina y anfetaminas. El consumo de todas estas sustancias le eran imprescindibles antes de ponerse a escribir.

Truman Capote, el novelista autor de la escalofriante novela A Sangre fría, era también un adicto a los excitantes y al alcohol, además de ser un fumador empedernido, pues según afirmaba no era capaz de pensar, y por lo tanto de escribir, si no tenía en las manos un cigarrillo encendido y una copa de alcohol a su alcance.

John Cheever, otro escritor estadounidense, conocido por sus relatos cortos en los que habla con ironía de la sociedad contemporánea, era otro adicto al alcohol, y confiesa que durante un cierto tiempo se propuso y mantuvo la rutina de bajar todos los días a los trasteros de su edificio que le servían de estudio improvisado para escribir, por su silencio y aislamiento, vestido correctamente. Después de instalarse en el suyo, se quedaba en calzoncillos para escribir, aunque confesó que se iba dando cuenta de que cada vez sus sesiones de escritura eran más cortas y la hora en la que empezaba a beber era cada vez más temprana.

Hay otra variedad de manías o ceremonias secretas de los escritores a los que se podrían llamar "escritores horizontales", es decir, aquellos que tenían por costumbre y necesidad escribir acostados o, al menos, recostados cómodamente, mientras hacían equilibrio con la máquina de escribir sobre las rodillas. Entre ellos se pueden citar a los siguientes:

Marcel Proust, autor de la monumental obra en siete volúmenes En busca del tiempo perdido, escribía completamente tumbado en la cama y con la cabeza recostada sobre almohadones, quizás debido al asma que sufría desde su infancia.

Vladimir Nabokov, escritor norteamericano de origen ruso y autor de la famosa novela Lolita que lo consagró mundialmente, comenzó escribiendo en la cama, costumbre que cambió un poco y sólo en lo referente al lugar, porque siguió haciéndolo tumbado en un sofá de su estudio.

Otros escritores que utilizaban también la "modalidad horizontal", pero no de forma tan continua y exclusiva, eran Truman Capote, antes mencionado y Juan Carlos Onetti, novelista uruguayo, Premio Cervantes 1981, y al que consideran el iniciador de la novela contemporánea sudamericana, quien también utilizaba en ocasiones la horizontalidad para escribir sus obras.

La modalidad a la que se puede llamar escritores "a tiempo parcial", por gusto o por necesidad, son aquellos que escriben un poco "a salto de mata", pero no por inconstancia o incapacidad para poder seguir una rutina, sino por incompatibilidad de seguir un horario para escribir con otras obligaciones ineludibles. Pero hablemos de algunos de ellos:

Alice Munro, escritora canadiense de relatos, reciente Premio Nobel de Literatura, ha confesado que escribía durante muchos años en las horas libres que tenía desde que su hija mayor se iba al colegio y la menor dormía la siesta.

Para terminar con esta saga de escritores y sus manías, fobias y filias, el caso de Kafka, el famoso autor de La metamorfosis, también forma parte de esta modalidad de escritores "a salto de mata", pues decía que sólo podía escribir a partir de las 11 de la noche y seguía hasta las 2 o 3 de la madrugada, aunque había veces que aguantaba hasta las 6 de la mañana, según su inspiración, capacidad de resistencia o suerte, a pesar de que trabajaba en una oficina y por las mañanas se encontraba agotado, somnoliento, e incapaz de poder llevar a cabo su trabajo y sólo deseaba acostarse dentro del enorme carrito que les servía para transportar los expedientes y que -como no podía ser de otra forma, tratándose de Kafka-, tenía forma de ataúd. Nada mejor ni más "kafkiano" que esta anécdota de un escritor genial que supo crear un universo literario singular e incomparable.

Aunque la lista sería interminable de escritores maniáticos, fóbicos, obsesivos y exigentes a la hora de escribir, con esta relación se pueden hacer los lectores una idea del complejo universo creativo de quienes, por ejercer una actividad creadora en solitario, son los dueños y señores de su pequeña parcela de trabajo en la que pueden imponer sus leyes, mandatos y exigencias con la autoridad que les da ser dueños de un talento creador para el que no existen fronteras.
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