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Etiquetas:   Reseña literaria   -   Sección:   Libros

'Los hemiferios'

La obra de Mario Cuenca aprecia su evolución gradual de la poesía a la narrativa
Ana Alejandre
jueves, 13 de febrero de 2014, 09:05 h (CET)
Esta novela, como las anteriores de este autor, muestra su propio y original universo narrativo en el que aparecen incardinados en su obra elementos no literarios entre los que se cuentan dibujos y fotografías, además de otras incorporaciones como pueden ser las citas textuales que pasan así a formar parte de una obra que, en su singularidad, ofrece elementos ajenos a la misma y que en ella toman carta de naturaleza.


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Además de estas aportaciones externas, en esta novela como en los otros títulos que ha publicado anteriormente, aparece nítidamente un contexto filosófico que pone de manifiesto la indudable carga cultural que posee este autor, algo totalmente desacostumbrado en el panorama literario español, además de un talante creativo que permanece ajeno a las imposiciones del panorama editorial y su exigente mercadotecnia.

El argumento está centrado en un accidente de tráfico que ocurrió hace treinta años y que vuelve a la memoria del protagonista, Gabriel, al conocer a la amante de su mejor amigo y a la que identifica con la mujer que viajaba en el otro coche accidentado y que le dejó la huella imborrable de su hermosura en el recuerdo. La pérdida de esa mujer antes deseada y la obsesión amorosa que deviene de ello, da pie a la historia dividida en dos partes que son como dos novelas independientes pero unidas por el nexo común de la narración en la que están imbricadas y que se titulan La novela de Gabriel, la primera; y la segunda, La novela de María Levi, que parecen tener cada una de ellas el fin de representar el contrapunto de la otra, con algunos personajes comunes en ambas como imágenes contrapuestas entre sí que revelan dos formas de entender la vida, el arte y hasta la propia pasión amorosa.

La estructura narrativa parece tener una naturaleza circular que gira alrededor de un único eje que es la propia narración dividida en otras dos y al que parecen converger, trama en la que escasean los hechos narrados y abundan las citas literarias y cinematográficas, las reflexiones del protagonista, los pensamientos y la expresión desnuda de los sentimientos que son, realmente, el tejido del que se nutre esta novela en la que su autor ha querido dar más importancia a las ideas, los conceptos, las reflexiones y hasta una cierta espiritualidad, que a la propia narración de sucesos que sirven sólo como disculpa para el discurso mental del autor. Todo ello servido en escenarios diferentes que van desde el París de los ochenta, hasta una isla nórdica, pasando por la Barcelona de la Transición, para terminar siempre en el escenario mental de los personajes.

En esta novela se encuentran influencias evidentes que van desde Javier Marías, en su obra Los enamoramientos, hasta la Rayuela de Cortázar, obras que también ofrecen un discurso narrativo en el que no importa tanto lo que "sucede" como los pensamientos que a sus respectivos autores les sugiere los hechos narrados.

En este autor se aprecia su evolución gradual de la poesía a la narrativa, pues no hay que olvidar que tiene publicado tres poemarios y dos novelas anteriores a la actual, Boxeo sobre hielo y El ladrón de morfina, obras en las que se advierte una evidente evolución que irá decantándose en sus próximas obras y que ya se define en la novela objeto de este comentario como una evidente inclinación hacia los aspectos estéticos, filosóficos, culturales y hasta místicos de la realidad, pero siempre dentro de un concepto laico de la espiritualidad, entendida como una forma de estar y vivir comprometida con la realidad cambiante, confusa y caótica de este mundo.

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Emilio Porta 20/feb/14    04:01 h.
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