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Redacción
jueves, 28 de septiembre de 2006, 02:34 h (CET)
El arte callejero o street art engloba a todas las expresiones artísticas desarrolladas en la calle: graffitis, plantillas (stencils), pegatinas, carteles y cualquier otra intervención urbana que sirva para provocar al espectador-transeúnte. El carácter urbano y la influencia de tendencias propias de nuestro tiempo como el cine, el cómic, la televisión, la música y el diseño gráfico, hacen del arte callejero una forma de expresión característica de la sociedad postindustrial. Es, al mismo tiempo, un discurso subversivo, una alternativa a los canales tradicionales de la cultura con sus críticos y galerías.

¿Arte o vandalismo? La subversión como premisa

“If art like this is a crime, let god forgive me” (Si el arte es un crimen que dios me perdone)

Esta pregunta tantas veces planteada se basa en la creencia de que el arte callejero es un síntoma de deterioro urbano, más que una manisfestación artística. Del mismo modo, se la suele señalar como una ocupación juvenil y, por tanto, pasajera que el autor (escritor) abandonará por el arte oficial de salas y exposiciones. Esa tendencia a la comercialización y la huida a lo permitido (el planteamiento de ceder espacios legales a los jóvenes, por ejemplo) chocan con la esencia del arte callejero como expresión individual y clandestina dirigida a cuestionar el sistema.

Ante el conflicto entre autoridades, vecinos y graffiteros, se ha comprobado que las medidas tomadas (persecución policial, expedición de multas) no conducen a ninguna solución ni, desde luego, a la desaparición del fenómeno como se pretende. Lo demuestra el boom que se vivió en los ochenta en España con la llegada de los escritores del otro lado del Atlántico. Los graffiteros americanos, huyendo de las medidas represivas en el suburbano de Nueva York, viajaron a Europa con la intención de seguir con su actividad, siendo ese el germen del nacimiento del graffiti en el viejo continente.

Pero es necesario hacer una distinción básica entre las “pintadas” que ensucian paredes y el graffiti y otras formas de expresión urbana que pueden llegar a convertirse en arte y que, por tanto, no deben ser reprimidas. Entonces, ¿dónde acaba el vandalismo y empieza el arte? Los límites son difíciles de marcar en tanto que estamos hablando de algo tan subjetivo y relativo como lo artístico. La intencionalidad del autor (arte o simple expresión como objetivo) y la visión del propio espectador son claves para responder a esta pregunta.

Las técnicas, la evolución y las nuevas tendencias

Desde los orígenes, con los primeros bombardeos de tags o firmas de Taki 183 (http://en.wikipedia.org/wiki/TAKI_183) en el metro de Nueva York, hasta la actualidad con las plantillas de Noaz señalando a Israel como aniquilador del pueblo palestino, la búsqueda de la trasgresión y el desafío a la sociedad es una constante. El graffiti, que comenzó siendo una forma de marcar territorios en los barrios, de buscar reconocimiento en el underground siendo el mejor en la dura competencia entre escritores, ha evolucionado con la mejora de los materiales y las técnicas y, también, con la persecución a la que se ha visto sometido.

Los utensilios más empleados para dibujar son los rotuladores y los sprays o aerosoles, que eran modificados por los propios autores antes de la apertura de tiendas especializadas para conseguir trazos más gruesos, mayor carga de tinta y acabados distintos. Todo ello para conseguir las formas más básicas, las firmas o “tags”o ya entrar en las llamadas guerras de estilos (“style wars”)

http://www.valladolidwebmusical.org/graffiti/historia/09morfologia.html.

Un caso llamativo, por la notoriedad que consiguió en vida y por la unanimidad al ser considerado un pionero tras su pronta muerte, es Muelle (http://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Carlos_Arg%C3%Bcello). Creador de un estilo propio que sería el autóctono en Madrid, el conocido como flechero, fue el primero en efectuar bombardeos con su firma o en actuar en los trenes. Como reconoció en varias entrevistas, sus propósitos no eran artísticos, sino expresivos, y poco tenían que ver con la actitud de los graffiteros estadounidenses. Incluso llegó a registrar su logotipo en la propiedad industrial, y nunca permitió que su nombre fuera ligado con ninguna marca. En la calle Montera se conserva una de sus firmas, un auténtico resto arqueológico de la época dorada del graffiti en Madrid.

El graffiti comparte espacio urbano, ilegalidad y anonimato de sus autores con otras expresiones como el stencil o dibujo con plantillas, el cartelismo, las pegatinas, los mosaicos, la modificación de señales de tráfico y la utilización de toda clase de elementos colocados en la ciudad con cualquier objetivo, bien sea artístico o político. Muchos diseñadores gráficos y personas ligadas al mundo de la música, el arte o el activismo político se decantan por estas otras manifestaciones.

El stencil
Es la denominación más frecuente para las obras realizadas con plantilla. La pintura o spray se aplica sobre el molde cortado y el juego entre las zonas abiertas y cerradas describe la forma deseada. Esta técnica permite la realización rápida de una cantidad muy grande de impresiones, además de obras de gran precisión y calidad.

Además, la claridad en textos y formas hacen de las plantillas un método ideal para transmitir mensajes de denuncia social y política a un gran número de personas, mientras que el graffiti puede ser complicado de entender para los no iniciados. Son una invitación a la reflexión y a la crítica, o una simple llamada de atención inmersa en el entorno más cotidiano.

Tanto graffiteros como plantilleros buscan localizaciones de una alta visibilidad y muy transitadas, si bien estos últimos tienden a trabajar en zonas más céntricas y comerciales, prescindiendo de los grandes muros cercanos a estaciones de tren, vías rápidas o autopistas, muy visitados por los escritores.

La ciudad como escenario artístico

Es un hecho que el arte callejero se sigue asociando a marginalidad e inseguridad, por lo que muchos ayuntamientos le han declarado la guerra sin atenerse a criterio alguno. Sin embargo, la proliferación de artistas que compaginan su actividad en la calle con las salas de arte ha dado notoriedad y seriedad al movimiento. Además, los estudios y análisis detallados, en ocasiones en forma de tesis doctorales favorecen que el street art deje de considerarse un acto vandálico para pasar a considerarse una muestra de arte más.

Internet se ha convertido en un medio muy valioso para el intercambio de ideas y la conexión entre autores. De los fanzines fotocopiados de antaño y la dificultad para conseguir información se ha pasado a webs propias y galerías de fotos, a foros de nuevos artistas y tutoriales sobre cómo hacer una plantilla. Así, las ciudades se saturan de tags, pegatinas y stencils de cada vez mejor calidad, confiriendo al espacio urbano el estatus de escenario artístico en el que cada vez más personas se agolpan con mucho, mucho que decir.

De entre la multitud de artistas que se ven en las calles, destacan los clásicos Bansky (http://www.banksy.co.uk/) y Obey (http://www.obeygiant.com/) y, en España, Dr Hofmann (http://www.drhofmann.org/), el citado Noaz (http://www.fotolog.com/noaz), El Tono (http://www.eltono.com/) y Mambo (http://reyesdelmambo.com/).

El autodenominado “vándalo de calidad”, más conocido como Bansky, es tan famoso sus ya clásicas ratas como por colarse en el Louvre o en el MOMA para colgar piezas suyas burlando todas las medidas de seguridad. Este maestro de la provocación, que se mantiene en el anonimato, utiliza su arte para denunciar la sociedad de consumo y las injusticias de las guerras alcanzando una enorme notoriedad. Un día puede agitar conciencias pintando en el mismísimo muro de Palestina y al otro sabotear los discos recién salidos del horno de Paris Hilton.

El diseñador gráfico Shepard Fairey creó todo un icono de los noventa con su campaña Obey the giant (obedece al gigante), que hasta ha sido homenajeado en videojuegos. Su estilo tiene mucho que ver con la propaganda política, recordando al cartelismo soviético o el del comunismo chino. Las plantillas y carteles de Obey, distribuidas por todo el mundo usando internet como herramienta básica, tienen como objetivo plantear un experimento de comunicación a través del cual los observadores se detengan ante los mensajes, los planteen y cuestionen. “Deja que las cosas se manifiesten por si solas”, dice su manifiesto.

Dr Hofmann, nombre tomado de uno de los creadores del LSD, es un viajero que estampa su muy reconocible firma en los lugares más emblemáticos del planeta. No sólo en las esquinas más transitadas de las calles podemos ver sus conocidos iconos, sino en faros perdidos y en los lugares más remotos.

Las referencias cinematográficas y musicales son una constante en su obra, para provocar la reflexión o, simplemente, la diversión en el espectador hasta llevarle a la famosa pregunta “¿Quién coño es Dr Hofmann?”.

Comenzó su andandura a mediados de los ochenta en el Madrid de Muelle, y desde entonces ha recorrido medio munco con sus “trips”, homologables a los viajes psicodélicos que provocan las drogas y que, a pesar de la persecución e ilegalización, como el street art, son imparables.

Noaz (nombre tomado de una de sus primeras obras, No Azwar) destaca por la calidad de sus plantillas y la precisión de sus cortes, así como por lo cuidado de sus localizaciones. Su actividad comenzó a ser notoria a raíz de la participación de España en la guerra de Irak, con sarcásticos stencils criticando a Aznar y Acebes. La denuncia política es una constante en sus trabajos, teniendo actualmente en el punto de mira el conflicto árabe-israelí. Una frase para la reflexión “¿En qué piensan los gobernantes”, acompaña con frecuencia sus stencils. Colabora además, en su línea de denuncia política, con el periódico alternativo Diagonal (http://www.diagonalperiodico.net/).

ElTono, el artista de los diapasones colocados en los lugares más imposibles, el de la geometría y la cuadrícula aprovechando cualquier puerta abandonada, se atreve hasta con proyecciones a través del cristal de una farola. Pegatinas y carteles parodiando los anuncios de pintores y cerrajeros, camisetas y exhibiciones en salas muestran lo prolífico de este autor que ha sembrado buena parte de Europa con sus trabajos.

Los reyes del Mambo (Spy, Edu y Suso 33, graffitero de los ochenta y coetáneo del Muelle) se dedican con sus “interferencias urbanas” a modificar tipografías y señales de tráfico, reconvirtiendo un paso de cebra en un código de barras, o colocando en plena plaza de Chueca una señal de paso de cebra con dos muñecos masculinos. Además de dejar sus pegatinas por Londres, Nueva York, Lisboa, Berlín, con cada una de sus acciones buscan la provocación, agitar las dormidas conciencias de los viandantes y sacarles a la ciudad de lo gris y monótono de la rutina.

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