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«Atrapar al lector desde el primer momento es una obligación para mí»

Entrevista al escritor vallisoletano César Pérez Gellida, tras la publicación de su nueva novela titulada 'Todo lo peor'
Herme Cerezo
domingo, 22 de diciembre de 2019, 10:07 h (CET)


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Faltan pocos días para que aterrice la Navidad, aunque el frío parece haber olvidado las fechas que vivimos. Apenas hace un mes que César Pérez Gellida ha regresado a las librerías con la segunda, y última, parte de su bilogía formada por ‘Todo lo mejor’ y ‘Todo lo peor’, su nueva entrega, publicada por Suma de Letras, también ambientada en el Berlín de los años ochenta, el del muro, el de la división Este-Oeste. El argumento se centra en la aparición de varios cadáveres de homosexuales brutalmente asesinados en la zona comunista. Las autoridades no parecen preocuparse hasta que un alto cargo de la Stasi, que maneja información sensible para el Estado, aparece muerto en las mismas circunstancias. Viktor Lavrov, que no es otro que Carapocha, buscará la manera de descifrar los asesinatos y atrapar al despiadado criminal mesiánico que los lleva a cabo. Antes de su presentación ante el público en la librería Primado de València, bajo la luz amarilla, sin duda insuficiente, de las farolas, sentados alrededor de una mesa cuadrada, conversé con César durante unos minutos sobre ‘Todo lo peor’, cuya carátula la describe como «una novela fría como el acero, despiadada como el cruel asesino que la habita».



¿César, lo de este asesino es para tanto?

Sí, y mira hasta qué punto que yo no he conseguido empatizar para nada con él. Es un tipo mesiánico, despreciable y cruel, cuyo cometido es terminar con los sodomitas por mandato divino. He escrito sobre muchos personajes de este estilo, pero con Asa me ha costado mucho introducirme en su piel y narrar sus crímenes.



La primera página es fulminante, tienes prisa por atrapar al lector desde el comienzo.

No es prisa, es una pretensión que para mí es como una obligación. Necesito pegarle un hachazo a la cabeza del lector desde el primer momento. Actualmente, hay tantas formas de entretenimiento que cada vez se lleva menos esto de leer y de ser fiel al libro que lees. Yo, el primero... Cuando empiezo una lectura, si no me atrapa le doy un par de oportunidades, pero si me falla me voy a por otra cosa. ¡Hay tantos libros buenos por leer!


Probaste con la Ciencia Ficción, pero regresas al thriller. Además de lo que puedan esperar de ti la editorial o tus lectores, ¿es el género donde te mueves más a gusto?

Lo cierto es que ni la editorial ni los lectores me dicen nada. El thriller es el territorio donde me siento más cómodo. Escribir ‘Quimera’, que para mí significó la confirmación de que podía convertirme en escritor y dedicarme plenamente a la escritura, me costó y me desgastó mucho. Por lo tanto, esa experiencia distinta ya la tuve. Ahora, manteniéndome dentro de los márgenes propios del thriller negro criminal, escribo novelas diferentes y trato de que no se parezcan mucho a la anterior. Ni siquiera ‘Todo lo mejor’ y ‘Todo lo peor’ son lo mismo. Para nada.


"Planificación, procedimiento y perseverancia", así define Victor Lavrov el método que utiliza el asesino de esta novela. Salvando distancias, ¿ésta es también tu metodología para escribir dos libros al año?

[Sonrisa irónica de César] Perfectamente podría serlo, pero yo no empleo demasiada planificación. Soy cortoplacista, no soy capaz de planificar toda la trama de una novela en mi cabeza y luego escribir. Como máximo, proyecto dos o tres escenas que, además, luego tampoco cumplo e introduzco cambios. Los otros dos aspectos, procedimiento y perseverancia, desde luego que sí son míos y es un guiño al método que luego inculcará nuestro amigo Augusto Ledesma.


Portadatodolopeor

Carapocha es un tipo con mucha geta, tanta que incluso la cita inicial del libro es suya: «Cuando la vida quiere ser cruel no hay mayor crueldad que vivir». ¿Qué deuda pendiente tienes tú con él para haberle dedicado esta bilogía?

[Risas]. Es verdad que yo tenía una deuda pendiente con él. Cuando de alguna manera decidí prescindir de sus servicios, fue porque estaba adquiriendo demasiado protagonismo y me condicionaba mucho la trama, sobre todo si tenemos en cuenta que, en principio, era un tipo que no estaba previsto que participase en mi primera trilogía, ya que me la había planteado como una historia con dos personajes que me llevaban al eterno conflicto entre los que representan el bien y los que representan el mal. Carapocha me permitía salirme de ese corsé y jugar a mi antojo en uno y otro lado. Pero él iba creciendo y creo que, de forma honesta, prescindí de sus servicios, al tiempo que contraía una deuda con él. Y esta deuda es la que he pagado en el momento en que he considerado que yo tenía ya el oficio suficiente para enfrentarme a un proyecto de esta envergadura, sobre todo en lo que se refiere a retroceder en el tiempo, algo que no había hecho hasta ahora en mis libros.


Dedicas un capítulo al Bloomsday y antes salió Trieste, lugares que conoció Joyce y que viviste tú mismo durante tu época de formación universitaria, ¿qué significa James Joyce o su ‘Ulises’ para ti?

Joyce es la representación de ese escritor al que nunca he sido capaz de llegar ni de comprender. No soy de esos que afirman haber leído y entendido el ‘Ulises’. No, todo lo contrario. Lo he intentado muchas veces y de hecho he terminado su lectura, pero no puedo decir que lo haya entendido en su globalidad. No sé, no termino de comprender el concepto, ni la maquinaria de esa novela. Aun así, y aunque a mí me resulte hasta cómico, estoy seguro de que el hecho de que se le considere un hito de la literatura universal está bien fundamentado, pero yo no soy capaz de pillarle el hilo.


Igual que ocurría en la dictadura de Franco, en la D.D.R. tampoco había asesinos en serie.

Como concepto, en todo el Telón de Acero no había asesinos en serie, era un fenómeno que pertenecía exclusivamente al mundo occidental por el tipo de vida licenciosa que llevaban. Chicatilo, el mayor asesino en serie de la historia, que comenzó a matar en 1976 hasta que fue detenido en 1984, era de Ucrania, que entonces estaba bajo el yugo de la URSS. Cuando hay algo que no quieres reconocer, termina por convertirse en un problema. En la Europa del Este, al igual que en cualquier otro lugar, hubo asesinos en serie, aunque no tantos como en Estados Unidos en los años setenta, la época dorada de este tipo de criminales.


Para ambientar ‘Todo lo peor’ has tenido que buscar información acerca de la D.D.R., ¿te ha resultado fácil acceder a la documentación o los archivos alemanes son coto vedado?

Es fácil acceder a esta información, porque el gobierno alemán decidió abrir todos los archivos de la Stasi, asumiendo las implicaciones que ello pudiera acarrear. Fue una decisión muy valiente, pero ellos querían quitarse de encima este problema, sin importar las implicaciones que hubiera, ya que en esta documentación aparecen los nombres de los denunciantes, aquellas personas que provocaron las detenciones y encarcelamientos, que siguen vivas y son tus vecinos de la puerta de al lado. Hay que tener presente que uno de cada cuatro habitantes de la Alemania del Este era informante casual de la Stasi.


Las víctimas de este asesino en serie son homosexuales, ¿cómo se trataba la homosexualidad en la D.D.R.? ¿Se consideraba algo normal, se toleraba, se reprimía, se hacía la vista gorda...?

Creo recordar que en 1972 se despenalizó la homosexualidad en la D.D.R., algo que no ocurrió en la R.F.A. hasta veintidós años después. Los motivos fueron esencialmente económicos, ya que les interesaba mucho el trasiego de la población homosexual del lado occidental al oriental por los marcos que movían. Cuando se hizo la división de la ciudad con el muro en 1961, todos los locales de ambiente quedaron en la parte Este y no les quedó otro remedio que hacer la vista gorda. No estaba tolerado, pero tampoco perseguido.



Hay una historia de amor en ‘Todo lo peor’, la que viven Viktor Lavrov y Erika Eisemberg. La pregunta es: ¿en un relato de espías, como es esta novela, queda tiempo y espacio para el amor?

[Risas]. Al leer la novela ya has visto que sí. Los sentimientos y las emociones que hay entre las personas creo que son más fuertes que los escudos, los emblemas y las banderas. Ahora bien, los dos están convencidos de que están en el lado correcto y eso conduce a un choque de trenes. Erika piensa que obra bien trabajando para la Stasi, aunque sabe que comete un error, y Viktor no tiene ese problema porque vive engañado. A mí me parece una historia de amor bonita, con su peso en la novela, aunque las otras tramas adquieren más importancia.


No se trata de hacer un spoiler, pero en la novela aparece un aparato de tortura muy importante: la pera de la angustia. ¿Ese artilugio existe o es invención tuya?

No, no, existe. Lo conocí hace unos años cuando visité el Museo de la Tortura de Santillana del Mar. Entre otros instrumentos que allí vi se encontraba la pera de la angustia y, en aquel momento, supe que algún día la utilizaría en una de mis novelas. Y en ‘Todo lo peor’ encajaba perfectamente.


Lavrov y Oldfield, dos apellidos con sabor a balonmano y a música, dos referentes tuyos de siempre, tu impronta personal en las novelas que escribes.

Exacto, me sigue gustando dejar mi huella personal en las novelas y que parezca algo completamente aséptico para quien no sabe nada de mí. Esas pinceladas son guiños para la gente que me conoce y sabe que aparecen ahí por un motivo concreto.


Si volvemos la vista atrás hasta 2012 y contemplamos tu trayectoria, ¿podemos decir que tus deseos literarios de entonces se han cumplido?

Claro, el principal objetivo, que era dedicarme profesionalmente a este oficio y vivir de él, sí está cumplido. Ahora bien, es cierto que cada vez me cuesta más conseguirlo, porque son ya muchas novelas escritas y es difícil ser original, honesto y verificar que no repito escenas. En este momento se abre un panorama un tanto incierto y, si quiero seguir en esto tras diez novelas publicadas en siete años, ignoro cómo podré mantener el ritmo.


En algún lugar he leído que también escribes audiolibros, ¿este tipo de soporte cultural representa el futuro de la literatura?

Los audiolibros que escribo son historias originales con la misma extensión que una novela, pero ajustadas a unos parámetros determinados, como son diez capítulos de diez mil palabras cada uno de ellos. Los estructuro como una serie de televisión, con un guion donde el diálogo cobra un peso específico mayor, la descripción es anecdótica, solo pinceladas, y el ritmo ha de ser más intenso, porque hay que enganchar al oyente.



¿El futuro de la literatura pasa por ahí?

No creo que solo pase por ahí. El audiolibro ha venido a sumar, no a restar, y todo lo que sume viene muy bien para llegar a un público al que ahora mismo no alcanzamos como son los jóvenes. Estamos perdiendo los lectores que mueren, no los recuperamos, y el ritmo de publicación es el mismo de siempre, pero con menos lectores. Creo que hay que hacer una revisión de dónde estamos y a dónde queremos ir. Eso requeriría hacer una parada, algo que no es posible ahora porque la gente ha de trabajar, pagar, comer, vivir…


Acabamos por hoy, César: ¿futuros proyectos literarios, si puedes adelantar algo?

Actualmente, trabajo en un thriller negro que no tiene nada que ver con este, que me recuerda bastante a mis escritos de la primera etapa, al estilo de ‘Memento mori’ o ‘Sarna con gusto’. Es un libro cañero, rápido, sangriento…

Lo que te es propio, claro.

[Risas].

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