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‘La gran belleza’, el gran vacío

Gambardetti siente como todo cuanto le rodea se marchita irremisiblemente
Alfonso Gutierrez Caro
martes, 3 de diciembre de 2013, 09:26 h (CET)
No se puede hablar de ‘La gran belleza’ sin hacer obligada referencia a ‘La dolce vita’, ya que la a ratos excesiva, a ratos profunda película de Paolo Sorrentino bebe directamente del clásico de Fellini. ‘La gran belleza’ recoge el modelo argumental de ‘La dolce vita’, adaptándolo a los nuevos tiempos y sus personajes. En esta ocasión el protagonista no es un joven periodista que comienza a introducirse en el mundo de la jet set, la película de Sorrentino sigue las andanzas de Jep Gambardella, un maduro escritor de sesenta y cinco años, un tipo culto y refinado, un snob, un animal nocturno que va de fiesta en fiesta codeándose con la más alta capa de la sociedad romana y que evidencia un gran vacío en su interior. Hace años escribió su primera y única novela, una obra que le reportó cierta fama y le ayudó a adquirir cierta posición que ya no abandonaría. Pero a pesar de los lujos y la preeminente posición, de sus contactos y su gran nivel de vida, Gambardetti no es feliz, lleva años buscando algo que nunca ha encontrado. Algo que quizás no existe, algo que puede que tan solo sea una ilusión.



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Gambardetti siente como todo cuanto le rodea (incluso él mismo) se marchita irremisiblemente ante sus ojos, no pudiendo hacer nada para evitarlo. En cuanto a lo material ha conseguido todo lo que se puede lograr: es rico y reconocido, vive en un apartamento con vistas al Coliseo y disfruta de una calidad de vida opulenta. En cambio, en materia espiritual, emocional, no ha logrado lo que esperaba de la vida. Dejó escapar el tren del amor cuando era muy joven, quizás para dedicarse a ese estilo de vida basado en el lujo y la falsedad que conlleva, y eso es algo que Jep nunca ha olvidado. Vive con ese pesar, una angustia de lo que pude ser y no fue. ‘La gran belleza’ nos habla pues de nostalgia, de decepción, de sueños no cumplidos, de la búsqueda de respuestas para preguntas que probablemente no la tengan.

El film de Sorrentino es como un carrusel, un gran carnaval en el que se van sucediendo una de serie de personajes enmarcados en fastuosos lugares en los que, a menudo, se llevan a cabo estrafalarios espectáculos. Gente rica pasándolo bomba en impresionantes fiestas y curiosas representaciones artísticas. Tan pronto estamos en una fiesta chic en una terraza como que pasamos a la discoteca más oscura, caminamos junto a los personajes en un encantador paseo a orillas del Tíber o asistimos a una extraña sesión de administración de votox. Por supuesto hay un orden dentro de ese caos, lo que podríamos llamar un ‘caos calculado’, una sucesión de experiencias que conducen a una serie de sensaciones y cuestiones. Como suele pasar en películas de este tipo, ‘La gran belleza’ aúna escenas realmente buenas con otras quizás más prescindibles. Unas de fuerza tanto formal como poética y otras más chabacanas y extravagantes, con canciones de Raffaella Carrá y dinosaurios estirados bailando.


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Lo más destacado del film es su incontestable potencia visual. Estamos ante una película hermosa, preciosista, que consigue llenarte los ojos en todo momento. La cámara de Sorrentino apenas para quieta, sobrevuela las escenas, se para aquí y allá, busca el detalle, la belleza. La fotografía y la escenografía, con la espectacular ciudad eterna de fondo, consiguen fascinarte, te atrapan en ese mundo de lujo en el que conviven las hermosas raíces de los milenarios monumentos con las horteradas propias de los pijos millonarios.

Toni Servillo se luce sobremanera dando vida al personaje principal de este particular viaje entre el lujo y la decadencia. Su personaje es un Marcello de ‘La dolce vita’ con treinta años más de fiestas nocturnas, cócteles, reuniones snobs y amantes, un hombre hastiado que convive con un vacío existencial que ni todo el oro del mundo puede llenar.

‘La gran belleza’ es una buena película con grandes momentos, de una estética maravillosa y una narrativa distinta a lo que la cartelera nos tiene acostumbrados, una película bellísima y sobrecargada que bien podría ser considerada como ‘La dolce vita’ del siglo XXI, si bien carece del encanto y el impacto que aquella tuvo en su época.

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