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Opinión
Etiquetas:   Tribuna de opinión  

Anomalías cósmicas

Los astros que conforman nuestro Sistema Solar, se están comportando de manera muy anómala
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
lunes, 1 de julio de 2013, 08:13 h (CET)
Con al mismo título de este artículo, publiqué a primeros de marzo de 2012 otro en el que me hacía eco de ciertas anomalías cósmicas que se estaban verificando en nuestro Sistema Solar. Las más llamativas de ellas, por cuanto está a la vista de todo el mundo, son las de la Luna, que crece en «U» y mengua en «U» invertida, cuando en el hemisferio norte en el que nos encontramos, por ser «luna mentirosa», debería crecer con forma de «C» invertida y menguar con forma de «C». Hacerlo con forma de «U», solamente se corresponde a latitudes que están sobre el ecuador terrestre, cosa que no es posible desde Madrid, que se halla en el paralelo 40º norte.

Aquel artículo, por su contenido, aunque fue editado por primera vez en Diario Siglo XXI y algunos otros medios con los que colaboro habitualmente, enseguida fue replicado en publicaciones y páginas web de medio mundo, y aun hoy siguen llegándome comentarios acerca del mismo. Ha habido comentarios de toda clase, incluidos los de algunos lectores que afirmaban en ciertos días del año tal cosa era normal (cuestión harto imposible desde el punto de vista astronómico, salvo que la Tierra o la Luna se tumben en la proporción en que observamos a nuestro satélite); pero desde que hice pública esta anomalía, permanece, y no ha habido astrónomo u organización astronómica que lo justifique con alguna clase de explicación. Sencillamente, el fenómeno sigue ahí, a la vista de todos, y es claro que los astrónomos que estudian nuestro astro —que deben ser miles—, están al corriente de ello.

La cuestión es ¿realmente la Tierra ha podido variar su eje de rotación 40º al sur para que la Luna se siga visualizando como si estuviéramos en el ecuador?... En tal caso, y suponiendo que realmente el paralelo 40ª norte sea equivalente actualmente al ecuador (0º), debiéramos tener un día y noche absolutamente equivalente (14 minutos menos de día que de noche) desde que se comenzó a producir esta anomalía en febrero de 2012. Sin embargo, no es así, y nuestros días y nuestras noches se corresponden con los tiempos previstos para cada estación, aunque es cierto que el clima no se corresponde del todo, habiendo sido el invierno y la primavera extremadamente más suaves y lluviosos, y siendo los veranos igualmente más bonancibles que otros años. Especialmente el pasado invierno y la primavera casi han sido tropicales en nuestra latitud, fenómenos que son bastante anormales.

Por otra parte, en la magnetosfera terrestre se están produciendo fenómenos que los astrónomos y climatólogos no son capaces de (o no quieren) explicar. El viento solar, como muy bien puede comprenderse, debiera presionar la magnetosfera desde y en dirección contraria al Sol —que es de donde provienen—; pero ello es que la magnetosfera parece estar recibiendo una doble influencia, frontal —procedente del Sol— y lateral, de origen desconocido para los legos, y quién sabe si para los mismos científicos, apreciándose con cierta frecuencia tormentas geomagnéticas que no se corresponden con la actividad solar, y aún lecturas en los campos de Van Alen o en la misma magnetosfera que son desde todo punto de vista anómalas e injustificadas. Basta con darle un vistazo a los gráficos de medida de estos valores, para comprender que hay algo que no está bien, más allá que de tanto en tanto se están sufriendo apagones en los datos públicos que convierten al asunto en mucho más que sospechoso.

Sospechas, que se acrecientan con el énfasis que se está poniendo en discutir el llamado “Efecto Carrington” y la vulnerabilidad de la tecnología terrestre ante un fenómeno solar de gran magnitud, precisamente cuando el Sol parece está durmiendo la paz de los justos. No se trata solamente de que algunos científicos quieran ser precavidos o que ciertas organizaciones astronómicas estén buscando recursos para hacer investigaciones punteras, sino que hay varios satélites que han sido inutilizados por esta anómala actividad cósmica ajena al Sol, se han lanzado algunos ingenios recientemente para investigar qué está pasando y, lo que es más alarmante, se están previendo ejercicios en algunos países con un hipotético escenario semejante.

En la Tierra, los hombres continúan afanados en sus rutinas y comineos mientras bastaría con levantar la cabeza al cielo, hoy mismo, para comprobar que todos los quebrantos que sufrimos no son nada comparados con esto. ¿Qué está sucediendo?..., y, sobre todo, ¿por qué se está ignorando a propósito este asunto?... Estos son los temas que deberíamos preocuparnos.

Ya informé en aquel artículo de marzo de 2012 que estas anomalías no están verificando solamente en nuestro entorno, sino que están afectando erráticamente a todos los cuerpos estelares que conforman nuestro Sistema Solar, así orbitalmente como en su propia constitución. Libraciones exageradas y anómalas de todos los planetas, desaparición del cinturón ecuatorial de Júpiter, anomalías orbitales de Mercurio y Plutón, variaciones en la composición atmosférica de Urano, variación drástica del eje de rotación de Saturno y hasta el nacimiento de cierta atmósfera de nitrium en la Luna, entre otros muchos casos que han sido detectados. Y es en la Luna, precisamente, en la que, por poder ser visualizada a simple vista, es más fácil comprobar estos cambios, como por ejemplo basta con observarla cada día para poder apreciar variaciones en sus manchas de hasta 85º en el mismo día, cuando su movimiento de libración no debiera sobrepasar bajo ningún concepto los 7º. Da lo mismo qué punto de ella tomen como referencia, las variaciones son tan ostensibles que no hay forma de ocultarlo.

¿Explicaciones?... Ninguna oficial. Medidas anómalas en los campos de energía, anomalías en la magnetosfera, anomalías en la permanencia de los ejes de rotación, anomalías en las libraciones lunares y de otros planetas, y anomalías en la preparación social de eventos como “Efectos Carrington” cuando el Sol está dormido —más allá de las mismas anomalías y presencia de extraños objetos de dimensiones colosales junto al o en el mismo Sol—, nos llevan a concluir que nos están sisando una información capital, a menudo escondiéndola en fruslerías de la política de cada día o en sucesos ridículos que atraigan la atención de las masas. Todo ello, añadido a las superobras (superbúnqueres) que se están llevando a cabo en todo el mundo para prever una catástrofe global sin precedentes y poner a salvo solamente a una microsociedad conformada por unos pocos millones de personas en todo el mundo, no deja de ser un asunto de una magnitud tal, ante la que todos los demás problemas palidecen. (Lean 'Tetragrammaton', mi novela, porque puede ser muy ilustrativa.)

Volviendo al asunto de la Luna con el comencé este artículo, si solamente fuera la Tierra la que hubiera variado la inclinación de su eje de rotación, podría ser que la contempláramos como la vemos, y aunque refuerza esta hipótesis el derretimiento precipitado que está experimentando el polo norte y Groenlandia (con las expulsiones de metano procedentes del permafrost que de sobra saben y están al tanto los científicos), al mismo tiempo lo desdice la duración de los días en nuestra latitud, por lo que lo racional, considerando todos los elementos de información con los que contamos, es considerar que hay un cuerpo masivo en nuestro entorno que está variando las conductas orbitales y las atmósferas de «todos» los cuerpos estelares que conforman el Sistema Solar, incluido el mismo Sol, y lo está haciendo de una forma generalizada, por lo que es lógico presumir que su potencial de influencia va mucho más allá de un cometa o incluso un planetoide. Podríamos incluso pensar en un planeta masivo, una enana marrón o incluso un agujero negro, pero siempre considerando que debe tener un potencial electromagnético extraordinario para afectar como lo está haciendo a cuerpos estelares de proporciones magníficas, y aun, tal y como podemos comprobar, al mismo Sistema Solar en pleno.

La ciencia, y en su nombre los científicos, tienen ahora el deber de informarnos de lo que en verdad está sucediendo en nuestro entorno, el porqué en tiempos de crisis como la que vivimos se están invirtiendo ingentes cantidades de dineros en superobras destinadas a la supervivencia de unos pocos, de porqué este temor anómalo a un «Efecto Carrington» cuando el sol está sesteando, el porqué de las maniobras de Defensa Civil en muchos países previniendo este tipo de escenarios, y por qué nos mantienen en la ignorancia entreteniéndonos con fruslerías, cuando basta con levantar los ojos al cielo para ver que los astros nos están advirtiendo que nuestros miedos pueden ser cosa de juegos infantiles. Una explicación que, de no llegar por sí (sabríamos si nos engañan, sin dudas), debiéramos exigir porque las consecuencias van más allá, mucho más allá que cualquier crisis imaginable.
Comentarios
A.Villar 02/ago/13    20:13 h.
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