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El carné por puntos, ‘El silencio de los corderos’ y ‘Los chicos del coro’

Herme Cerezo
Herme Cerezo
sábado, 5 de agosto de 2006, 23:25 h (CET)
La nota de prensa, que exhibe la página web de la Dirección General de Tráfico, informa que los muertos por accidentes de tráfico en julio de dos mil seis suman doscientos setenta y nueve, es decir, exactamente sesenta y tres víctimas menos que el año anterior. El dato en sí parece bueno. De hecho lo es porque supone un descenso en la siniestralidad de nuestras carreteras.

Pero no es una verdad absoluta. Es preciso matizar un poco.

Doscientos setenta y nueve fallecidos no son sesenta y tres muertos menos que en 2005, sino doscientos setenta y nueve muertos más que se añaden a los miles de ciudadanos que, año tras año, mes tras mes, semana tras semana, han perdido sus vidas en nuestras carreteras. Ya sé que no se puede reducir a cero la mortalidad, ojalá, pero es que hablamos de vidas humanas, no de tomates, botijos o sillones de mimbre. No es como para subir a bailar en un tablao flamenco y celebrarlo. Doscientos setenta y nueve muertos son muchos muertos, son doscientos setenta y nueve ciudadanos y ciudadanas que ya no están entre nosotros. Por muchos menos muertos, tras el accidente del Metro de Valencia, se ha organizado una comisión de investigación para depurar responsabilidades.

Fuentes bien enteradas atribuyen este descenso al famoso carné por puntos, puesto en marcha el pasado uno de julio. Y yo me pregunto: ¿tan efectivo es el nuevo carné? Pues miren ustedes, no termino de verlo claro del todo. La normativa derivada del nuevo carné es de obligado cumplimiento y acatamiento. Vivimos en un estado de derecho, no de salvajes, gracias a Dios y a las urnas, pero ¿por qué antes del uno de julio no nos obligaban a respetar a rajatabla el código de la circulación? ¿Quedó obsoleto tal vez? ¿O es que la gente se cansó de cumplirlo?

Recuerdo que cuando estudiaba segundo de Bachillerato – hace casi cuarenta años de esto –, en mi colegio pusieron en marcha un sistema parecido. Cada alumno disponía de 10 puntos a principio del mes. Por cada falta que cometía (hablar, mascar chicle en clase, no hacer los deberes, etc.), restaban puntos. Y al que “suspendía en disciplina” lo mandaban primero un día a casa, si reincidía dos y si se convertía en un “delincuente consumado” llegaban a la expulsión definitiva. Este sistema, que ideó alguna lumbrera del momento – por lo que se ve ahora muy avanzado y progresista –, demostró que los que eran revoltosos o simplemente gamberros seguían siéndolo con puntos o sin ellos. Y los que eran bobos, o sea personas normales y corrientes – los del ‘Silencio de los corderos’–, lo seguían siendo igual. Al año siguiente suprimieron aquel sistema. Y santas pascuas. No pasó nada. Por cierto, se trataba de un colegio de curas.

En los países donde está en vigor este sistema desde hace tiempo, se ha creado un nuevo tipo de delincuente: el que conduce sin carné. No importa que los pillen, se arriesgan a todo. Supongo, además, que los límites de velocidad se los pasarán por el arco de triunfo, igual que hacían antes de que les quitaran el permiso. También hay nuevos delitos: las personas mayores, los abuelos, se dejan “quitar” puntos en beneficio de sus nietos haciéndose pasar por ellos. Esto es una estafa encubierta. Incluso existe tráfico de puntos a cambio de dinero, o sea, un auténtico mercado negro donde se paga por estos cambalaches. Y la técnica también se apunta a la vía ilegal: en España algunos vivales ya venden aparatos que detectan los puntos estratégicos donde se ubican los radares que controlan la velocidad.

Por supuesto el nuevo carné también pone multas como el antiguo carné. El aspecto pecuniario, recaudatorio, es importante. El erario público siempre anda huero de fondos. Además establece que, para recuperar los puntos perdidos y poder sentarse de nuevo al volante, hay que efectuar cursos de reciclaje. Esos cursos, evidentemente, no serán gratis. Los afectados tendrán que rascarse el bolsillo si quieren volver a conducir “legalmente”.

Aparte de este sistema represivo – acción-reacción, ‘Los chicos del coro’ –, tampoco estaría de más, si es que realmente se quieren erradicar los cadáveres de las cunetas o de las rectas sin fin, la adopción de otra serie de medidas: ¿qué tal mejorar la red viaria? Todos los técnicos conocen eso que se llama puntos negros de las rutas, ¿por qué no suprimirlos o paliarlos? ¿Qué tal el incremento de kilómetros de autovías de doble carril? ¿Qué tal limitar la velocidad de los automóviles? ¿Para qué queremos turismos que pueden alcanzar los doscientos veinte kilómetros por hora si la máxima velocidad autorizada, según tramos, es de ciento veinte? ¿Qué hacemos con los cien de sobrado? ¿No sería posible que los coches saliesen de fábrica con un tope de velocidad más bajo? Los entendidos aducirán en seguida que la velocidad punta te puede salvar la vida en un momento dado. Pero ¿para qué puñetas hace falta la velocidad punta si se conduce dentro de los límites legales? ¿Tan importante es llegar quince o veinte minutos antes? Entiendo que la gente pague más dinero por coches con mayor capacidad de maletero, mejor equipamiento o mayor confort, pero ¿qué sentido tiene pagar por correr más? ¿Tanta prisa tenemos los seres humanos que nos queremos beber la vida contra un pilar o en una curva peligrosa? Hace un par de siglos, por ejemplo, viajar de Valencia a Madrid en diligencia costaba varios días. Ahora, sin correr, lo hacemos en menos de cuatro horas por carretera y en tres y media con tren. Del avión no hablo porque entre el tiempo de embarque, facturación, recogida de equipajes, etcétera, se desvirtúa el cronometraje (y si encima te encuentras una huelga salvaje en medio de la pista, la demora aumenta).

¿Por qué siempre llevamos espadas de Damocles sobre nuestras cabezas?

¿Por qué hemos tenido que llegar al estrés del carné por puntos?

Acaso ¿no merecía la pena ir un poco más lento y disfrutar de la conducción o del paisaje?

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